‘La Hipótesis del Amor’, la romcom que no necesita sorprenderte para funcionar

La historia de esta película lleva más capas de lo que parece. Ali Hazelwood publicó en 2018 en Wattpad un fanfic de Star Wars llamado «Head Over Feet» centrado en el shippeo de Rey y Kylo Ren; cuando ese texto se convirtió en la novela La Hipótesis del Amor en 2021, los nombres cambiaron y las referencias a la galaxia desaparecieron, pero el DNA permanece: el personaje masculino se llama Adam Carlsen porque está basado en Adam Driver, el actor que interpreta a Kylo Ren. En la adaptación cinematográfica de Prime Video estrenada el 23 de septiembre de 2026 y dirigida por Claire Scanlon, Adam Carlsen lo interpreta Tom Bateman —que en la vida real está casado con Daisy Ridley, la actriz que da vida a Rey en la franquicia de Lucasfilm. El fanfic se tragó su propio origen y lo convirtió en destino. Sobre ese bucle improbable se asienta una película que, apartada la anécdota, es una romcom competente con dos protagonistas que hacen más con el material de lo que el material podría haber esperado.

Lo que Lili Reinhart hace con la ansiedad

Olive Smith es una candidata al doctorado en biología en una universidad californiana que, para convencer a su mejor amiga de que tiene el camino libre para liarse con el chico que les gusta a ambas, le besa al azar al investigador más temido del departamento. El investigador es Adam Carlsen. Adam Carlsen acepta el juego con una lógica propia. La relación falsa empieza. El espectador sabe exactamente lo que va a ocurrir desde ese momento porque el contrato del género no deja lugar a ambigüedades, y La Hipótesis del Amor no hace ningún intento de fingir que lo ignora.

Lo que Lili Reinhart construye dentro de esa estructura predecible es más específico de lo que el guion de Sarah Rothschild le pide. La ansiedad social de Olive no es solo un rasgo de personaje que la hace simpática: Reinhart la encarna en el cuerpo, en las risas artificiales que salen medio segundo antes de que la situación lo justifique, en los gestos físicos de alguien que está constantemente calculando cómo parecer más normal de lo que se siente. Es un tipo de actuación que en el género romántico suele deslizarse hacia la torpeza graciosa como performance — la chica que tropieza y cae y resulta adorable — y que aquí tiene la textura más incómoda y más real de alguien que genuinamente no sabe cómo estar en el mundo y lo está gestionando segundo a segundo. El material la hace simpática. Reinhart la hace creíble.

La ciencia como decorado

El elemento más original de la novela de Hazelwood —y lo que la distingue de gran parte de la romántica universitaria contemporánea— es que Olive no está en la universidad por accidente narrativo: está haciendo una investigación sobre el cáncer pancreático, tiene una hipótesis científica real que defiende contra el consenso de su campo, y la estructura de poder que la enfrenta con Carlsen no es solo la del estudiante intimidada por el profesor sino la de la investigadora joven cuyo trabajo depende de que el sistema la valide. Esa dimensión —las mujeres en la ciencia, las jerarquías académicas, el coste de ser brillante en un entorno que te pide también que seas invisible— es lo que hace que la novela funcione más allá de la premisa romántica.

La película la reduce a decorado. Los laboratorios están bien fotografiados y hay suficientes pizarras con fórmulas como para que el espectador recuerde que estamos en una universidad de ciencias, pero las sesiones de trabajo, las disputas intelectuales, el tejido real de lo que significa construir una carrera académica siendo mujer — todo eso aparece en la superficie y no debajo. El guion también abandona a mitad de camino el arco de Anh, la mejor amiga de Olive cuya trama era el motor narrativo del arranque, y recupera su presencia solo en las escenas finales con la precipitación de quien ha recordado que el personaje existía. No son errores que rompan la película. Son la distancia entre lo que la novela prometía y lo que la adaptación entregó.

Claire Scanlon y el arte de la fórmula

Claire Scanlon dirigió Set It Up en 2018 para Netflix y demostró entonces que sabe exactamente qué hace falta para que una romcom de plataforma funcione: ritmo, calidez, protagonistas que se caigan bien al espectador antes de caerse bien entre ellos, y la voluntad de no pretender que la fórmula es más sofisticada de lo que es. La Hipótesis del Amor sigue el mismo método con resultados similares: es una película que no inventa nada, que sabe que no va a inventar nada, y que dentro de esos límites hace lo que puede con lo que tiene.

Tom Bateman construye a Adam Carlsen desde la frialdad hacia fuera, desde el investigador que ha decidido que las emociones son una variable que se puede controlar y que lleva demasiado tiempo creyéndolo. No es el Kylo Ren de la ficción de origen — es algo más cercano a un Mr. Spock de laboratorio, alguien cuyo descontrol emocional, cuando llega, resulta convincente precisamente porque el personaje ha puesto tanto trabajo en suprimirlo. La química entre Reinhart y Bateman no es la del chispazo inmediato sino la de dos personas que se construyen una confianza lentamente, y esa gradualidad es la que la película maneja mejor. La Hipótesis del Amor es una romcom que sabe lo que es y se conforma con ello. En ese género y en esa plataforma, eso no es poco.