‘The Office Australia’, mejor que su cancelación pero peor que su premisa
En octubre de 2025, Amazon Prime canceló The Office Australia después de una sola temporada. La noticia no sorprendió a nadie: los números de audiencia no acompañaron, las reseñas fueron lo suficientemente tibias como para que la plataforma no viera motivo de renovar, y el tráiler había recibido en su día una acogida lo bastante fría como para que muchos espectadores se hubieran bajado antes de subirse. Todo eso es cierto. Lo que también es cierto es que la primera y única temporada de esta decimoquinta adaptación de la franquicia —ocho episodios lanzados simultáneamente el 18 de octubre de 2024, producción de BBC Studios Australia con Amazon MGM Studios, dirigida por Jackie van Beek y Julie De Fina— tiene en su interior una razón de ser que la mayoría de las versiones anteriores no tuvo: la oficina de Sídney de Flinley Craddick va a cerrar porque tras la pandemia nadie quiere volver a la presencialidad, y la directora regional Hannah Howard tiene que convencer a su equipo de que hay motivos para seguir yendo. Que ese gancho no rinda todo lo que podría es la historia de la temporada.

La primera jefa de la historia del formato
The Office original plantea desde su primer episodio que el personaje del jefe funciona como una máquina de incomodidad: alguien cuya necesidad de ser querido es exactamente proporcional a su incapacidad para hacer que eso ocurra. David Brent lo hace con la patética grandiosidad del fracasado que se cree un genio; Michael Scott lo hace con el carisma descontrolado de un niño grande que no ha aprendido que hay cosas que no se dicen. Felicity Ward construye a Hannah Howard desde otro sitio: una mujer que ha llegado a directora en una empresa que nunca la preparó para serlo, que ha internalizado la obligación de caer bien y ser competente al mismo tiempo, y que en el momento en que esas dos exigencias chocan queda paralizada de una manera específicamente femenina y específicamente australiana. Es un material genuino y Ward lo trabaja con precisión. El problema es que el guion no siempre está a la altura de lo que ella encuentra en el personaje: Hannah con demasiada frecuencia resulta simplemente «incómoda» cuando el rol necesita que sea trágica, y la diferencia entre la incomodidad y la tragedia es exactamente la que hace que el formato funcione o no.

La decisión de hacer la primera adaptación de The Office con una protagonista femenina lleva implícita la pregunta de qué cambia cuando el personaje del jefe incompetente es una mujer, y la respuesta que la serie da es interesante sin llegar a ser definitiva. El episodio «Women in Business» es el más explícito al respecto y también el más irregularmente escrito: tiene sus mejores momentos cuando deja que la ironía trabaje sola y los peores cuando la necesita subrayar. Pallavi Sharda como Alisha, la directora regional que visita la oficina y funciona como contrapunto de Hannah, es el personaje que más claramente articula lo que la serie quiere decir sobre el género y la jerarquía, y Sharda lo hace con la eficiencia de alguien que no necesita más espacio del que le dan.

Los momentos en que Australia importa
La mejor versión de The Office Australia es la que no se preocupa de demostrar que merece existir y simplemente existe como comedia australiana. El episodio del Melbourne Cup —la carrera de caballos que paraliza el país un martes de noviembre y que tiene el estatus de fiesta nacional no oficial— captura algo específico del lugar y la cultura que ninguna versión anterior de la franquicia podría replicar, y es el tipo de apuesta que la serie hace demasiado poco. Zoe Terakes como Stevie Jones, el empleado del almacén con la energía de alguien que ha decidido conscientemente no tomarse nada de lo que ocurre en la oficina demasiado en serio, es la presencia más fresca del reparto y la que más claramente pertenece a este Sydney específico y no a Slough ni a Scranton. Las referencias a las cuestiones indígenas, integradas con la naturalidad de algo que en Australia en 2024 es parte de cualquier conversación de oficina, hacen que la serie se asienten en un lugar sin necesidad de anunciarlo.

El episodio «Pyjama Day» —quinto de la temporada— es donde la serie encuentra con más consistencia el equilibrio entre la comedia de incomodidad del formato y el tono propio que Australia le añade: más seco que la versión americana, menos oscuro que la británica, con un absurdismo de fondo que pertenece específicamente a la tradición cómica del país. Los ocho episodios en conjunto funcionan mejor de lo que el primer capítulo —el más cercano al plano del original, el más ansioso por demostrar su linaje— podría sugerir.

El precio de ser la decimoquinta
El problema estructural de cualquier nueva versión de The Office en 2024 no es de ejecución sino de posición histórica: el mockumentary se ha expandido tanto en los últimos veinte años que el formato que en 2001 era una novedad formal es ahora la gramática por defecto de media comedia de situación, y el espectador llega con la deuda de todas las versiones anteriores ya pagada. Lizze Moyle, la recepcionista que Edith Poor interpreta con competencia, es tan directamente el Dwight Schrute de esta versión que el personaje no tiene espacio para respirar fuera de la referencia; la subtrama romántica entre Nick y Greta, los Jim y Pam de Sídney, está telegrafada desde el primer episodio con una transparencia que hace que el arco pierda la tensión que en las versiones anteriores se construía número a número durante temporadas enteras.

Amazon canceló la serie sin darle la oportunidad de encontrar el espacio que necesitaba. Es posible que una segunda temporada, liberada ya de la obligación de establecer los personajes y demostrar que el formato funciona en Australia, hubiera sido la que la premisa merecía. No lo sabremos, y eso también es parte del diagnóstico: una serie que apostó por algo inteligente —el trabajo remoto como amenaza existencial a la comunidad de oficina que el formato lleva dos décadas explorando— y no tuvo tiempo suficiente para convertirlo en lo que prometía.





