‘X-Men Noir‘, la única versión en la que el sueño de Xavier tiene sentido
La línea Marvel Noir que la editorial lanzó en 2009 tenía un problema estructural en su premisa: tomar personajes definidos por sus poderes sobrenaturales y preguntarse qué quedaría de ellos si se los quitabas. Con Spider-Man, la respuesta era relativamente manejable; con los X-Men, la pregunta se volvía filosófica de golpe, porque los X-Men no son sólo un conjunto de individuos con habilidades especiales: son una metáfora sobre el miedo a la diferencia que funciona precisamente porque esa diferencia es visible, innata y biológica. Fred Van Lente y Dennis Calero resolvieron el problema con una de las inversiones más elegantes de la historia del cómic de superhéroes: si los poderes mutantes son la metáfora de lo que hace que la sociedad quiera destruir a quienes no encajan, y si en el género negro es la sociopatía lo que convierte al individuo en un animal al margen de las convenciones sociales, entonces el siguiente paso de la evolución humana no son los mutantes: son los sociópatas. Y el hombre que lo dice, el hombre que construyó una escuela de reforma en Westchester para reclutar adolescentes delincuentes y entrenarlos en sus talentos criminales con esa justificación teórica, es Charles Xavier. Cuatro números, Nueva York, 1937.

La inversión que lo justifica todo
La decisión de convertir a Xavier en el villano —o más exactamente, en el arquitecto de todo el daño que precede a la historia— no es sólo un giro provocador: es la única forma en que el reencuadre noir funciona sin traicionar la lógica original de los X-Men. En el universo estándar, Xavier es el hombre que cree que mutantes y humanos pueden coexistir, la contraposición racional al extremismo de Magneto. Aquí, la eugenesia que recorre el pensamiento académico del período —y 1937 es un año en que esa pseudociencia tenía credibilidad científica real en Europa y en Estados Unidos— le da a Xavier un marco teórico que es a la vez perfectamente de época y perfectamente perverso: su escuela no reforma a los adolescentes sociópatas, los emplea. Los X-Men de este universo no son héroes ni víctimas del sistema; son los productos de un experimento que apostaba por la criminalidad como ventaja evolutiva.
Magneto, en consecuencia, es aquí el jefe de detectives de homicidios del NYPD y el líder de una sociedad secreta que controla el crimen organizado de la ciudad, y su creencia en la eugenesia tiene el barniz de respetabilidad institucional que en 1937 todavía podía tener. Jean Grey aparece muerta en la primera página con marcas de garras en la cara y una X tatuada en el omóplato izquierdo: el sello de la escuela de Xavier como marca de fábrica criminal. Thomas Halloway, periodista y alter ego del Ángel reimaginado como detective amateur, investiga. Logan es contrabandista en Chinatown. Scott Summers, Bobby Drake y Hank McCoy están en fuga. Van Lente traslada los temas de siempre —el miedo al otro, la persecución del diferente, el mundo que no sabe qué hacer con quienes no caben en su orden— a un contexto en que esas mismas dinámicas tenían en los años treinta una carga histórica específica y documentada. La alienación X-Men no es ya ficción especulativa: es el presente real del período.

El noir de Calero y el arte de la penumbra
Dennis Calero toma el encargo con la solvencia de alguien que entiende el noir como tradición visual, no como colección de clichés. Los tonos apagados y la paleta granular que usa para Nueva York de 1937 —los apagados ocres del Lower East Side, el verde húmedo de los muelles, el azul noche de las callejuelas de Chinatown— construyen una ciudad que pertenece al género sin parecer un pastiche del mismo. La influencia del claroscuro cinematográfico es evidente y está bien asimilada: las sombras no decorán las páginas, las organizan. El trabajo de Calero con la arquitectura urbana es especialmente eficaz porque entiende que en el noir el espacio no es decorado sino presión, y Nueva York aquí tiene la densidad de un lugar donde el crimen no es la excepción sino el sistema operativo.
El problema, y es un problema genuino, es que Calero lleva la oscuridad al límite de la legibilidad en los momentos de mayor acción. Los X-Men originales son identificables a distancia por sus uniformes y sus poderes; los de este universo son hombres y mujeres de traje en una ciudad llena de hombres y mujeres de traje, y cuando la iluminación cae hasta el mínimo narrativamente exigible, distinguir quién está haciendo qué a quién puede requerir un segundo y a veces un tercer vistazo. No es suficiente para romper la lectura, pero sí para recordarle al lector que está haciendo un trabajo que el dibujante podría haberle ahorrado con un poco más de contraste. La virtud y el defecto de Calero en esta serie son la misma cosa: su compromiso total con la atmósfera.

El problema de cuatro números y lo que quedó dentro
La franquicia X-Men existe desde 1963 y en ese tiempo ha acumulado uno de los elencos más poblados del cómic de superhéroes. Van Lente intenta darle presencia a Logan, a Cíclope, a Bobby, a Hank, a Rogue, a Gambito y a una docena de personajes más dentro de cuatro números de veintidós páginas, y el resultado inevitable es que la mayoría de los reimaginados más interesantes —Logan como bootlegger en Chinatown es la versión más inmediatamente atractiva del personaje en años— apenas tienen tiempo para convertirse en algo más que apariciones. El protagonista, Thomas Halloway, funciona como vehículo de la investigación pero no siempre como centro emocional: el guion lo necesita para que la trama avance más de lo que lo necesita para que la historia importe.
El dato más revelador sobre el potencial de la premisa es que X-Men Noir fue una de las dos únicas series de toda la línea Marvel Noir que recibieron una secuela directa. Mark of Cain, publicada en 2010, traslada a los personajes a Madripoor y funciona como confirmación de que Van Lente y Calero sabían perfectamente que habían dejado material sin explorar. La primera entrega es la que asienta el universo y resuelve el caso inaugural; lo hace con la competencia de quien domina el género y la frustración de quien tiene más que decir del que el formato le permite. El TPB que recoge los cuatro números originales es la mejor manera de leerlo —el ritmo de lectura continua ayuda donde la publicación mensual podía hacerse confusa— y es también la manera correcta de valorarlo: como el inicio de algo que merecía más espacio del que tuvo.





