Jason Momoa demuestra que el hombre más letal del planeta no necesita ver: See (Temporada 1)

Jason Momoa lleva el 2026 haciendo equilibrios entre franquicias: una aparición como Lobo en la película de Supergirl que no terminó de encontrar a su público en taquilla, el placer culpable más declarado de Prime Video junto a Dave Bautista en Los hermanos demolición, y la inminente aventura de interpretar a Blanka en la nueva adaptación cinematográfica de Street Fighter. Es el tipo de carrera que confirma que la industria lo quiere en pantalla y no siempre sabe muy bien cómo. La primera temporada de See —estrenada en noviembre de 2019 como una de las apuestas inaugurales de Apple TV+, creada por Steven Knight —el mismo hombre detrás de Peaky Blinders— y dirigida por Francis Lawrence— sigue siendo la pieza más convincente para entender lo que Momoa puede hacer cuando el proyecto le da el espacio y la escala que necesita. La premisa es radical en su sencillez: un virus erradicó la vista de la especie humana varios siglos atrás, la civilización entera se ha reorganizado en torno a la ceguera como estado natural y la mera posibilidad de ver se ha convertido en herejía. Los que pueden hacerlo son brujos. Baba Voss —el guerrero que Momoa interpreta, líder de una tribu nómada del Pacífico Noroeste— es tan ciego como todos los demás. Y el más peligroso del mundo conocido.

Ciegos de nacimiento, de fe y de conveniencia

Steven Knight construyó el mundo de See con la honestidad intelectual de quien sabe que una premisa así exige trabajo. Para que los espectadores acepten una sociedad humana que lleva siglos sin vista, la serie necesita hacer creíble cada detalle de cómo esa sociedad funciona: cómo habla, cómo combate, cómo cría a sus hijos, cómo reza, cómo construye. El equipo de producción contrató a consultores ciegos y a biólogos evolutivos para desarrollar los sistemas sensoriales del show, y el resultado —filmado en la isla de Vancouver con un presupuesto de quince millones de dólares por episodio— se siente con más frecuencia de lo esperado como un mundo genuinamente extraño en lugar de un mundo familiar con los ojos cerrados. Los personajes usan la ecolocalización, se orientan por el sonido y el tacto, y tienen rituales de comunicación que la cámara registra sin necesidad de explicación. Lo que la temporada pide a cambio es un salto de fe considerable en algunos flancos —una civilización sin escritura que de algún modo mantiene estructuras políticas feudales complejas— que la serie negocia por la vía más honesta posible: con Francis Lawrence, director de las tres últimas películas de Los juegos del hambre, manejando la escala visual con la misma autoridad con que construyó Panem. El mundo de See tiene grietas. Tiene también la coherencia interna suficiente para que esas grietas sean el precio a pagar por algo que nadie había intentado antes, y no una negligencia de guion.

Baba Voss no necesita ver para ser el más peligroso de la sala

Lo más inteligente que hace See en su primera temporada es no presentar la vista como una ventaja. Los gemelos Kofun y Haniwa —hijos adoptivos de Baba Voss, hijos biológicos de un profeta hereje que lleva años sembrando descendencia vidente por el continente— pueden ver en un mundo que durante siglos ha aprendido a existir sin esa facultad, y eso los convierte en observadores extraordinarios de su entorno e inadaptados perfectos a todo lo demás: al combate, al movimiento en la oscuridad, a la navegación táctil de un mundo construido para quienes no los necesitan. Baba Voss, en cambio, se ha adaptado tan completamente al mundo que existe que es una máquina en él. Las escenas de acción de la temporada son su argumento formal más sólido: coreografiadas en torno a la ecolocalización y el sonido, diseñadas para mostrar que el combate en un mundo sin vista opera por reglas completamente distintas —el movimiento silencioso, el control de la respiración, la memoria táctil del terreno— y con Momoa en el centro haciendo algo que sus papeles anteriores no le habían pedido con la misma insistencia. No solo ser grande. También escuchar. La escena donde Haniwa intenta describirle el color por primera vez es uno de los mejores momentos de la temporada no porque sea espectacular sino porque pide a Momoa que esté quieto y reciba, y resulta que eso también lo sabe hacer.

La reina, el profeta y el veneno de la visión

El motor narrativo real de la temporada es Sibeth Kane, reina del Reino Payan y hermana de Maghra, la mujer de Baba Voss. Sylvia Hoeks la construye como algo más inquietante que una villana convencional: una gobernante que mantiene su poder mediante una combinación de doctrina religiosa —la vista como blasfemia, los videntes como agentes del demonio— y tecnología eléctrica que sus súbditos viven como milagro. Lo que hace imposible leer a Sibeth Kane como simple oportunista político es que la actriz nunca decide del todo si la reina cree en lo que predica o solo explota lo que necesita creer el pueblo; esa ambigüedad es el corazón de su amenaza. Christian Camargo como Tamacti Jun —el general cazabrujos, un hombre cuya forma de moverse y de hablar sugiere que la institución que representa le ha reestructurado el cuerpo— es la otra gran aportación interpretativa de una temporada que tiene más densidad de reparto de lo que su premisa de acción haría prever. El arco de la temporada converge en Jerlamarel, el padre biológico de los gemelos: un profeta que resultó ser un proyecto eugenésico, un hombre que lleva años engendrando hijos videntes a escala continental y que cuando finalmente se encuentra cara a cara con los suyos les traiciona sin vacilar. La resolución en una biblioteca —el espacio más inútil del mundo en una civilización sin lectura— donde Baba Voss ciega a Jerlamarel en la oscuridad, en el único terreno donde él siempre habrá ganado, es el momento que mejor resume lo que See hace bien: la paradoja de que la vista pueda ser una desventaja, y de que el hombre que la ve todo no sirva de nada cuando apagan la luz.

See no es una serie sin problemas. El ritmo de la temporada flaquea en sus episodios centrales, algunos personajes secundarios funcionan más como piezas de trama que como personas, y hay momentos donde el andamiaje del worldbuilding cruje con demasiado estrépito. Pero como ejercicio de ciencia ficción comprometida con sus propias reglas, como vehículo para un Momoa que aquí hace más de lo que le exigen sus franquicias más rentables, y como primera temporada de algo que todavía está aprendiendo a hablar, tiene suficiente carácter propio para que volver a ella en 2026 no sea solo nostalgia. Es recordar que a veces las plataformas se atreven a financiar ideas que no tienen precedente, y que eso, aunque salga irregular, vale más que hacerlo bien dentro de algo que ya existía.