El mundo siempre miró a Lizzie: La otra hermana Bennet (2026)
En Orgullo y prejuicio, Mary Bennet tiene las páginas contadas. Jane Austen la perfiló como un personaje deliberadamente menor: la chica estudiosa, algo pedante, que toca el piano en los bailes sin que nadie le pida que pare. No tiene la agudeza de Lizzie, ni la bondad de Jane, ni la fogosidad de Lydia. Mary existe para hacer bulto y, de paso, para que el lector entienda que la familia Bennet es un campo minado de personalidades difíciles. Si en algún momento te preguntaste qué habría pasado si alguien le hubiera dado la oportunidad de ser protagonista de su propia historia, La otra hermana Bennet —ahora disponible en Movistar Plus+— tiene una respuesta, y es bastante mejor de lo que cabría esperar.

Lo que Austen nunca tuvo tiempo de contarnos
La serie, producida por BBC One y BritBox y adaptada de la novela de Janice Hadlow, arranca en territorio familiar: los mismos eventos de Orgullo y prejuicio, pero vistos desde los ojos que nadie miraba. La primera parte funciona como un espejo invertido del original —los mismos personajes, el mismo universo de la Regencia inglesa— con la diferencia de que ahora el centro de gravedad está en la chica del piano. Es el tipo de recurso que en manos menos seguras derivaría en un ejercicio de nostalgia decorativa, pero los guionistas Sarah Quintrell y Maddie Dai tienen la suficiente inteligencia como para no quedarse demasiado tiempo mirando al pasado prestado.
Cuando la narración se separa del material original y Mary empieza a construir su propia vida —trabajando como institutriz en Londres, viajando al Distrito de los Lagos con sus tíos Gardiner— la serie encuentra por fin su voz. Deja de ser fan service para convertirse en algo más interesante: la historia de alguien que siempre fue ruido de fondo y que, por primera vez, decide escucharse a sí mismo. La tentación del género austiniano es que el romance actúe como destino, como redención, como recompensa a la espera paciente. La otra hermana Bennet entiende que Mary no necesita que la elijan. Necesita elegirse.

Ella Bruccoleri se adueña de cada escena
El éxito o el fracaso de la serie dependía casi en su totalidad del casting de Mary. Si no crees en esa chica —en su torpeza social, en su inteligencia mal calibrada para la sala de baile, en su deseo de ser vista sin saber cómo pedirlo— todo lo demás se cae. Ella Bruccoleri consigue algo difícil de lograr sin caer en la condescendencia: hace que Mary sea encantadora sin redimirla del todo. No le quita sus bordes, no la transforma en la heroína luminosa que todos querríamos ser. La Mary de Bruccoleri es excéntrica, a veces exasperante, y en sus momentos de mayor vulnerabilidad comunica algo que muy pocos actores consiguen con tan pocos gestos: la sensación de asistir a algo íntimo, de haber sido invitado donde nadie más entra.
El reparto de apoyo está a la altura. Richard E. Grant entrega un Mr. Bennet más melancólico y complicado de lo que Austen dejó escrito; Indira Varma como Mrs. Gardiner aporta calidez sin empalago. En el capítulo romántico, Dónal Finn como Mr. Hayward tiene presencia suficiente para que uno entienda por qué Mary podría desviar la mirada del libro. La única nota discordante es Ruth Jones como Mrs. Bennet, empujada hacia la caricatura cuando la serie habría ganado más con algo de matiz —es el tipo de decisión que irrita a los puristas de Austen y no les falta razón.

La Regencia como punto de partida, no como punto de llegada
La otra hermana Bennet es, visualmente, una producción cuidada. La fotografía tiene la textura reconocible de las grandes series británicas de época —luz natural, interiores recargados, exteriores de paisaje inglés que hacen exactamente lo que tienen que hacer— sin llegar al exceso operístico que a veces amenaza al género. Los diez episodios de treinta minutos cada uno dan a la historia un ritmo ágil, aunque los dos primeros, mientras la serie orbita alrededor del material original, son los más rutinarios. A partir del tercero, cuando ya no mira por encima del hombro a Austen sino que empieza a caminar sola, el tono se asienta y la serie gana en confianza lo que antes invertía en establecer credenciales.
Lo que La otra hermana Bennet propone no es exactamente una revisión feminista del canon, aunque tiene algo de eso. Es, más bien, una pregunta sencilla: ¿y si la que siempre estaba en el fondo resultaba ser la más interesante de todas? La respuesta, durante diez episodios, es que sí. Es el tipo de serie que empiezas un domingo por la tarde sin comprometerte con nada y acabas viendo entera antes de medianoche, un poco sorprendido de que Mary Bennet, de todos los personajes posibles, fuera la que más tenía que contarte.





