‘Prácticamente Magia 2’, la hermandad que sobrevive a la película que la rodea
En 1998, Griffin Dunne hizo algo con Prácticamente Magia que la convirtió en película de culto sin que nadie lo hubiera planeado del todo: tomó un material de novela popular, lo rodó con un sentido del color y del grano y de la luz que parecía hechicería técnica, y produjo una película cuya textura visual era ella misma un argumento. La maldición de las mujeres Owens —los hombres que las aman mueren— se resolvía al final, y Sandra Bullock y Nicole Kidman salían de ahí convertidas en leyenda de Friday Night de cable de los noventa para los siguientes veinticinco años. Prácticamente Magia 2, estrenada en septiembre de 2026 y dirigida por Susanne Bier a partir de El libro de la magia de Alice Hoffman, quiere ser la continuación de esa película. El problema de base es que para continuarla tuvo que resucitar exactamente lo que aquella había resuelto.

La maldición que vuelve porque el guion no tiene otra idea
La maldición Owens estaba rota. Eso fue, narrativamente, lo que ocurrió en 1998: el arco de Sally terminaba con el conjuro colectivo, el amor que se defendía, la comunidad que redimía a la familia. Traer de vuelta la misma maldición —ahora activada porque el novio de Kylie, la hija mayor de Sally, cae en coma— es la decisión que contamina todo lo que viene después, porque obliga a la película a ignorar que ya había ocurrido algo que debería haberlo impedido. El guion de Akiva Goldsman, Georgia Pritchett y Kelly Marcel resuelve esto con una vuelta de tuerca argumental —la maldición nunca se rompió del todo, hay una condición que el primer film no reveló— que funciona como pieza de fontanería y como poco más.

Susanne Bier es una directora de primer nivel en determinados registros: el melodrama nórdico, la tensión doméstica, la intimidad que se fractura. Lo que no trae a Prácticamente Magia 2 es el código visual del original. Donde Dunne usaba la paleta —azules vivísimos contra naranjas cálidos, el grano de la película como elemento dramático en sí mismo— Bier rueda en un digital plano que parece diseñado para no ofender a ninguna pantalla en ningún contexto. El traslado a Inglaterra, con rodaje en los estudios Leavesden de Hertfordshire, añade una frialdad arquitectónica que choca con el universo cálido y ligeramente caótico que el original construyó en esa casa de Nueva Inglaterra con el jardín de hierbas y el techo que goteaba. El resultado visual es competente sin ser evocador, que es exactamente lo opuesto de lo que este material necesita.

Lo que Bullock y Kidman salvan a pesar de todo
La razón para ver Prácticamente Magia 2 es la misma razón por la que tiene sentido que exista: cuando Sandra Bullock y Nicole Kidman comparten plano, ocurre algo que el guion no garantiza pero que las actrices construyen desde la memoria muscular de haber sido estas hermanas hace casi treinta años. La química no se ha ido. Gillian sigue siendo la que toma las decisiones impulsivas y sonríe mientras el mundo se complica; Sally sigue siendo la que soporta el peso de todo con la mandíbula apretada. Hay secuencias —especialmente en la primera mitad— en que la película desaparece y lo que queda son dos personas que se conocen de toda la vida, y esos momentos tienen una autenticidad que ninguna cantidad de CGI mediocre puede fabricar.

La sorpresa del reparto nuevo es Lee Pace como Ian Wright, el profesor de magia que se convierte en el interés romántico de Sally: trae una calidez y una energía de pantalla que funciona con Bullock mucho mejor de lo que el planteamiento prometía, y hay algo en la dinámica entre los dos que da a Sally un espacio que la primera película nunca le dio. Stockard Channing y Dianne Wiest como las tías Frances y Jet tienen más tiempo que en el original y lo aprovechan con la economía silenciosa de las actrices que no necesitan hacer mucho para que la cámara las encuentre. Joey King, con el peso de llevar la trama de Kylie en Inglaterra, aguanta el tipo: no es un papel fácil —la hija que hereda la maldición tiene que ser simultáneamente impulsiva e inteligente, y King equilibra eso con más gracia de la que el guion merece.

El peso del metraje y las víctimas colaterales
Ciento treinta minutos es demasiado para lo que Prácticamente Magia 2 tiene que contar. La segunda mitad de la película desliza hacia un modo de aventura sobrenatural —hay un villano warlock llamado Tom Lockland, hay un libro mágico que hay que recuperar, hay un demonio con pretensiones de epicidad— que no pertenece al universo emocional que hizo especial al original. El Tom Lockland de Solly McLeod apenas alcanza veinte minutos de presencia y tiene la profundidad de un antagonista de temporada de serie secundaria: una amenaza que existe porque el guion necesita que alguien quiera el MacGuffin. El tono de «aventura mágica en Londres» compite mal con el de «drama familiar íntimo sobre lo que se hereda y lo que se puede romper», y la película nunca resuelve cuál de las dos quiere ser.

La víctima más injusta de esta confusión es Maisie Williams. Antonia, la hija menor de Sally, aparece en los materiales promocionales al mismo nivel que Joey King y luego pasa el metraje completo en segundo plano, reducida a función decorativa con muy pocas líneas y ningún arco. No es un problema de la actriz —es un problema de un montaje que claramente sacrificó material que existía en el rodaje y que habría dado al personaje el espacio que su posición en el reparto prometía. La película que incluía a esa Antonia sería una película mejor. La que llegó a los cines es la que queda después de que alguien decidiera que ciento treinta minutos ya eran suficiente desorden para gestionar. Son demasiados y son insuficientes a la vez, que es la contradicción más difícil de resolver en una sala de montaje.





