‘Enfrentados: Marfil’: Ester Expósito contra un guion que no se decide entre el romance y el thriller
Mercedes Ron empezó a publicar en Wattpad en 2017 y Prime Video adaptó Culpables —la primera de sus novelas— en 2023. El resultado fueron más de cien millones de espectadores en todo el mundo y un contrato que en la industria llaman House of Ron: hasta diez adaptaciones, un universo que la plataforma puede sostener durante años, y la conversión de una autora de romance juvenil en la apuesta española más sólida de una de las plataformas más grandes del planeta. Enfrentados: Marfil es la primera entrega de la siguiente bilogía dentro de ese plan y lleva, como cualquier segunda etapa de una franquicia que funcionó, el peso extra de tener que demostrar que el modelo no fue un accidente. Que lo que ocurrió antes puede ocurrir de nuevo, con personajes distintos y una historia que la misma autora no habría escrito si no hubiera aprendido del éxito de la anterior.

La película la dirige Óscar Pedraza, cuya trayectoria incluye episodios de Patria y de Sky Rojo, con guion de Sofía Cuenca y producción de Pokeepsie Films —la productora de Álex de la Iglesia y Carolina Bang—, en coproducción hispano-estadounidense que repartió el rodaje entre Madrid y Nueva York. Dura una hora y cuarenta y cuatro minutos. Ester Expósito interpreta a Marfil Cortés: veinte años, estudiante de ballet, Upper East Side, hija de un empresario cuyo dinero tiene el tipo de origen que en las novelas de Ron siempre introduce la necesidad de un guardaespaldas. El guardaespaldas es Sebastián Moore, y lo interpreta Hugo Diego García, que antes de este proyecto apareció en La sustancia de Coralie Fargeat: la diferencia entre las dos películas es, en sí misma, una declaración sobre la versatilidad que el mercado pide a los actores jóvenes europeos en este momento. El reparto incluye también a Pablo Molinero como el padre de Marfil, a Lluís Homar como Logan y a Enric Massip, entre otros.

El modelo del guardaespaldas y lo que el guion tiene que resolver
La premisa lleva décadas funcionando en la cultura popular, y tiene un problema específico que cualquier versión del esquema tiene que resolver: la relación entre protector y protegida depende de que el primero sea inaccesible el tiempo suficiente para que la tensión se construya, pero la inaccesibilidad sostenida demasiado tiempo empieza a parecerse al vacío narrativo. El guion de Sofía Cuenca intenta resolver ese problema con la conspiración: la familia Cortés tiene enemigos lo suficientemente organizados como para haber secuestrado a Marfil en Central Park, y la investigación de quiénes son y qué quieren tendría que ser el otro motor de la película, el elemento que justifica la presencia permanente de Sebastián más allá del deseo y que introduce la tensión de thriller que el romance por sí solo no puede sostener durante hora y cuarenta y cuatro minutos.

En teoría el diseño funciona. En la práctica, la subtrama criminal de los Cortés, el FBI y las mafias que la rodean queda relegada a la segunda mitad del metraje, aparece de forma apresurada cuando la primera parte ya lleva demasiado tiempo consumida en una dinámica de acercamiento y rechazo que el espectador familiarizado con el género ha visto resolverse de una sola manera. Pedraza tiene experiencia en televisión y sabe cómo mantener a una audiencia mirando sin que demasiado pase todavía, pero esa lógica episódica impregna la primera mitad con una inercia que la pantalla —o el equivalente streaming de ella— necesitaría que alguien hubiera corregido en el guion. Nueva York fotografiada por David Acereto tiene una presencia real en las escenas exteriores, y la banda sonora de Luis Almau construye la tensión de los momentos en los que la trama la necesita. Son los elementos de producción que funcionan con solidez dentro de un marco que no siempre les da suficiente material al que acompañar.

Ester Expósito, Hugo Diego García y la asimetría que el reparto no puede absorber
Expósito lleva el papel de Marfil con la fluidez que da haber construido en los últimos años una carrera que ha tenido la inteligencia de no quedarse quieta: Élite la estableció, Perfect Strangers demostró que podía hacer drama con actores de otra generación, y sus trabajos más recientes la habían movido hacia registros más oscuros. Marfil es, en cierto sentido, un paso hacia atrás en esa trayectoria —una protagonista de romance juvenil en un universo diseñado para una audiencia específica—, pero Expósito la lleva con la solvencia de quien sabe que el material puede ser convencional y la interpretación no tiene por qué serlo. Su trabajo es especialmente sólido en la segunda mitad, cuando el guion le permite mover a Marfil desde el control sobre su entorno habitual hacia una situación en la que ese control ha desaparecido completamente: ahí la actriz tiene algo real con lo que trabajar y lo aprovecha.

El problema es que esa evolución necesita que el personaje frente al que Marfil evoluciona sea algo más que una serie de gestos herméticos y silencios calculados. Hugo Diego García construye a Sebastián desde la reserva, que es lo que el guion le pide, pero la diferencia entre un personaje hermético que oculta algo y un personaje hermético que oculta la falta de desarrollo es perceptible, y la química que la película necesita que funcione entre los dos protagonistas requiere que el espectador invierta en los dos, no solo en uno. La decisión de mantener a Sebastián deliberadamente opaco —probablemente con la intención de reservar sus revelaciones para Ébano, la segunda parte— tiene un coste que la primera película paga durante todo su metraje. Pablo Molinero como el padre tiene momentos de solidez en las escenas en las que el guion le permite ser algo más que el obstáculo que pone el conflicto en marcha. Lluís Homar, en el papel de Logan, aporta peso dentro del tiempo de pantalla que se le da. Son los componentes de un reparto secundario que funciona con eficiencia dentro de los límites que el guion les marca, que son más estrechos de lo que la subtrama que comparten merecería.

El desenlace abierto y las preguntas que Ébano tendrá que responder
Enfrentados: Marfil mejora en su segunda mitad, y eso es un diagnóstico que no suena como el que le gustaría a la productora pero que el resultado justifica. El problema no es que la película sea mala en lo que hace en su primera parte —hay momentos de tensión real entre los dos protagonistas y la puesta en escena de Pedraza aprovecha el escenario neoyorquino con eficacia—, sino que lo que hace en esa primera parte es exactamente lo que cualquier variación del mismo arquetipo ha hecho antes, sin introducir la chispa de originalidad que convertiría el esquema conocido en algo que valga la pena ver aunque no seas fan de la novela. La mezcla de romance y thriller que el marketing prometía se resuelve como romance al que el thriller llega tarde y sin la preparación suficiente.

El desenlace lo confirma: la película termina abierta, con la transparente intención de establecer el territorio que Ébano va a explorar, y esa apertura se siente como el final de una primera temporada de televisión que ha terminado antes del clímax en lugar de como el cierre satisfactorio de una historia que puede sostenerse por sí sola. Lo que queda es una película que tiene en Expósito su mejor argumento, en la subtrama criminal de los Cortés su mayor oportunidad desperdiciada, y en la bilogía como estructura de distribución la explicación más honesta de sus limitaciones. Que el modelo de Prime Video con Mercedes Ron funcione a escala global es un hecho que ninguna de sus objeciones narrativas va a cambiar. La pregunta que Marfil deja abierta no es si habrá Ébano —habrá Ébano—, sino si la segunda parte tendrá la energía suficiente para resolver lo que la primera dejó sin resolver, que es bastante.





