El escándalo del primer vídeo viral convertido en un demoledor retrato de machismo y morbo: ‘Pam & Tommy’

La historia real tiene todos los ingredientes del delirio: Tommy Lee y Pamela Anderson se casaron cuatro días después de conocerse en enero de 1995, grabaron su propia luna de miel en vídeo con cámara propia, guardaron la cinta en una caja fuerte en su mansión de Malibu, y Rand Gauthier —el electricista al que Tommy había echado de la obra sin pagarle un dólar— entró a robar la caja fuerte entera, contenido incluido, y vendió las copias de la cinta a través de una web creada expresamente para ello en la World Wide Web de 1996, cuando la World Wide Web tenía dieciséis meses. El escándalo que siguió no fue el primero de la historia del entretenimiento, pero sí fue el primero de la historia del entretenimiento en internet, lo cual significa que fue el primero en el que la velocidad de distribución era técnicamente ilimitada y la posibilidad de suprimirlo era técnicamente cero. Todo lo que ha pasado desde entonces con la privacidad, la imagen pública, la violencia digital y la asimetría de cómo los escándalos sexuales afectan a las mujeres de forma diferente a los hombres tiene su certificado de nacimiento en algún servidor de 1996 con esa cinta dentro. Craig Gillespie, el director de I, Tonya, lo entendió antes que nadie y construyó ocho episodios que son al mismo tiempo una comedia oscura sobre un tipo que quería cobrar lo que le debían y una autopsia de cómo la cultura pop aprendió a destruir mujeres a escala industrial antes de que existieran las redes sociales para facilitarlo.

Los años noventa como escena del crimen

La miniserie funciona con más inteligencia de la que su premisa podría sugerir porque Gillespie y el creador Robert Siegel tienen claro desde el principio que la historia no es el escándalo. El escándalo es el detonador. La historia es lo que el escándalo revela sobre un momento concreto —1995, 1996, Los Ángeles, el amanecer del internet comercial— y sobre las reglas de un sistema que castigó a la víctima del robo y premió al hombre que estaba en la misma cinta. Cuando Pamela le dice a Tommy que no es lo mismo para los dos —que él va a salir de esto con fama de macho y ella va a salir de esto con fama de lo que nadie quiere tener fama— la serie pone en boca de su personaje el argumento que lleva ocho episodios construyendo. No es un momento de revelación porque el espectador ya lo sabe; es un momento de documentación. Seth Rogen como Rand Gauthier y Nick Offerman como el distribuidor de pornografía que le compra los derechos de la cinta son el motor cómico de la historia: dos hombres mediocres, patéticos y perfectamente convencidos de que lo que hacen es legítimo porque tienen agravios reales que justificarlo, construidos con el tipo de comedia que convierte la vergüenza ajena en algo que uno no puede dejar de mirar. El episodio en el que el pene de Tommy Lee cobra literalmente voz propia y negocia su futuro con su dueño es, en su absurdismo calculado, probablemente la escena más honesta sobre los años noventa que la televisión ha producido: la única perspectiva que nadie consideró en todo el asunto fue la de Pamela Anderson, y la serie lo dice a gritos con una marioneta animada de dos minutos. Gillespie mueve la cámara como si la década le pusiera nervioso —que es exactamente como debería sentarse—, y el diseño de producción reconstruye Los Ángeles de mediados de los noventa con la fidelidad turbia de quien sabe que la nostalgia aquí no es una opción.

Lily James, Sebastian Stan y el asunto de convertirse en otra persona

La primera discusión que generó Pam & Tommy antes de estrenarse fue si era posible que Lily James se convirtiera en Pamela Anderson. Cuatro horas diarias de prótesis —frente, dentadura, silueta entera— lo resuelven en cuanto arranca el piloto: James no es Anderson, pero tampoco es James. Es algo en el espacio entre las dos, una construcción física tan meticulosa que cuando la cámara la captura con la misma luz de los noventa y el mismo movimiento de pelo, el cerebro del espectador deja de preguntar. Lo que ninguna prótesis podía garantizar —y lo que la serie necesitaba si quería ser algo más que un ejercicio de caracterización— era que James encontrara a la persona debajo de la imagen, y eso es exactamente lo que hace: una Pamela Anderson que es inteligente, ambiciosa y perfectamente consciente de las reglas del juego que juega, a quien el robo de la cinta le arrebata la única cosa que en esa industria y en esa época era suya, que era la decisión sobre su propia imagen. Sebastian Stan aprendió a tocar la batería, se sentó durante horas diarias para que le pintaran encima los cientos de tatuajes de Tommy Lee, y construyó un personaje que empieza en el registro del rockero irresponsable y va encontrando, episodio a episodio, una humanidad que el material podría haber negado y que la serie tiene la inteligencia de no negar. La relación entre los dos —ese matrimonio de cuatro días que contra todo pronóstico parece real cuando la cámara los coloca juntos en el mismo plano— es el corazón emocional que la comedia necesita para no quedarse en sátira. Cuando funciona, y funciona con frecuencia, Pam & Tommy consigue algo raro: que el espectador quiera que las cosas les vayan bien a dos personas cuya historia sabe exactamente cómo termina.

La contradicción que la serie no puede disolver

Pamela Anderson no participó en la producción de Pam & Tommy. No fue consultada, no dio su aprobación, no vio los episodios antes del estreno. Lo que la miniserie hizo fue contar la historia de una mujer a quien unos hombres difundieron material íntimo sin su consentimiento, sin pedir el consentimiento de esa mujer para contarla. La paradoja es visible desde el primer episodio y la serie no puede resolverla porque la paradoja es su condición de existencia: para hacer esta historia con honestidad habría necesitado la cooperación de la única persona cuya perspectiva importa, y sin esa cooperación hizo la historia de todas formas. Anderson respondió a su manera: en 2023 publicó sus memorias, colaboró en un documental propio y protagonizó su propia versión de los hechos desde su propia voz. Que la miniserie de Hulu funcionara tan bien como funciona —con una Lily James que hace el mejor trabajo de su carrera, con diez nominaciones a los Emmy, con una lectura de los años noventa más lúcida que la de la mayoría de los productos nostálgicos que ese periodo ha generado— no absuelve la decisión de hacerla sin su consentimiento ni convierte en irrelevante la pregunta de si el entretenimiento de calidad puede construirse sobre los mismos mecanismos que denuncia. Lo que sí hace es dejar al espectador con una serie que es, simultáneamente, un logro formal y un problema ético sin resolver: la historia de un robo, contada con un robo menor.