Sin luz, sin cobertura y sin certezas: ‘Apagón’ convierte el caos en un brillante ejercicio autoral

La idea de partida de Apagón es suficientemente grande para justificar cinco aproximaciones distintas. Una tormenta solar deja el hemisferio norte sin electricidad, sin telecomunicaciones y sin transporte, y la miniserie de Movistar+ —producida por Buendía Estudios y basada en el podcast El gran apagón de José A. Pérez Ledo— decide que la pregunta no es cómo se repara eso sino qué tipo de sociedad deja al descubierto cuando ya no está el sistema que la sostenía. Para responderla, el proyecto convoca a Rodrigo Sorogoyen, Raúl Arévalo, Alberto Rodríguez, Isaki Lacuesta e Isa Campo: cinco cineastas con registros propios que no se parecen entre sí en casi nada, con guiones escritos por Isabel Peña, Rafael Cobos, Alberto Marini, Isa Campo y Fran Araújo. El resultado, estrenado en septiembre de 2022, es una antología que funciona mejor en sus piezas que en su totalidad, que oscila entre el episodio de tensión política y el de reflexión contemplativa sin que ninguno de los dos cancele al otro, y que tiene suficiente personalidad en cada capítulo para que la irregularidad —inevitable cuando cinco directores con este grado de independencia formal trabajan en paralelo— se lea como variedad antes que como fractura.

«Negación«: cuarenta minutos de Sorogoyen e Isabel Peña con un funcionario al que el protocolo ya no le alcanza

La colaboración entre Rodrigo Sorogoyen e Isabel Peña lleva ya suficientes títulos —Que Dios nos perdone, El reino, Madre, Antidisturbios— para que el primer episodio de Apagón no sorprenda en su metodología pero sí en lo que hace con ella dentro del formato. «Negación» abre la serie con Luis Callejo interpretando a Ernesto, un responsable de Protección Civil cuya noche empieza siendo la de un funcionario con protocolo y acaba siendo la de un hombre al que el protocolo ya no le alcanza. El guion de Peña trabaja desde la misma lógica que ha definido al dúo desde el principio: sin catastrofismo de escala, sin secuencias de masas, sin efectos visuales que conviertan el colapso en espectáculo. Lo que hay es la escala humana de la crisis —una oficina, una radio, una cadena de decisiones que alguien tiene que tomar aunque no sepa cuál es la correcta— y la dificultad de decidir como eje de un relato que no ofrece salida limpia. Luis Callejo lleva el episodio de principio a fin con la eficiencia de quien no necesita el primer plano para decir lo que dice. La ironía del título —»Negación» como primera fase del duelo, como respuesta de un sistema diseñado para funcionar que se niega a aceptar que no puede— es exactamente el tipo de precisión conceptual que Isabel Peña lleva a todos los proyectos que firma, y que aquí funciona como tono para el conjunto antes de que cada director lo lleve a donde considera.

Cinco directores y el apocalipsis con cinco geografías

Lo que hace interesante a Apagón más allá del episodio de apertura es la geografía emocional que cada director decide habitar. Raúl Arévalo lleva su episodio a un hospital sin electricidad —el escenario donde la ausencia de tecnología mata de forma más literal y más inmediata que en cualquier otro contexto—, y filma la crisis sanitaria con una atención al detalle que funciona como diagnóstico de lo que ya falla en el sistema antes del apagón. Alberto Rodríguez construye «Supervivencia» como el episodio más físico de los cinco, el más cercano al western rural: un relato donde la adaptación al campo convierte en protagonistas a quienes el sistema urbano había dejado en los márgenes, con Jesús Carroza en el centro de un capítulo donde la dirección de fotografía sostiene visualmente lo que el guion plantea sobre la diferencia entre quienes dependen de lo que no funciona y quienes nunca dependieron de ello. Isa Campo dirige el episodio que más incomoda y que más dura: el que enfrenta a adolescentes en un entorno donde la crisis amplifica las fracturas preexistentes, con Patricia López Arnaiz en un papel que obliga al espectador a revisar quiénes son los buenos desde el primero hasta el último plano. Isaki Lacuesta cierra la serie con «Equilibrio», un episodio más contemplativo que los anteriores, más dispuesto a quedarse en la pregunta que a llegar a la respuesta, y esa disposición es tanto su virtud como su limitación dentro de un conjunto que había funcionado con mayor tensión narrativa. La desigualdad que produce este modelo de trabajo no es un error de diseño: es lo que una antología con cineastas de este perfil tiene que aceptar como condición de existencia.

Lo que Apagón dice sobre el cineasta que dirige a solas

Que Rodrigo Sorogoyen aparezca en Apagón como uno de cinco y no como el único responsable de lo que se ve en pantalla dice algo sobre el tipo de proyectos que la televisión española de este período convoca y sobre la disposición de sus mejores cineastas a participar en ellos sin condiciones de autoría total. Antidisturbios (2020) ya había demostrado que Sorogoyen puede operar con coherencia de autor dentro de un formato que no le pertenece del todo; Apagón va más lejos: aquí el episodio de apertura existe dentro de un marco que otros cuatro cineastas también construyen, y la pregunta que el conjunto plantea solo puede responderse si los cinco funcionan. Que Isabel Peña escriba el primer capítulo no es un accidente de producción: es la decisión de poner en el arranque la voz más reconocible del dúo para establecer el tono antes de que los otros cuatro lo amplíen, lo cuestionen y lo lleven en direcciones que Sorogoyen no habría tomado solo. El resultado —cinco episodios, cinco miradas, un colapso que funciona como espejo de lo que ya está sucediendo antes de que suceda del todo— es la demostración de que la ciencia ficción española tiene algo que decir cuando decide tomarse en serio lo que imagina. El ser querido, que Sorogoyen estrena este mes con Javier Bardem y el mismo equipo habitual, vuelve a poner el foco en la historia de un solo cineasta con una sola película. Lo que Apagón añade al mapa es la prueba de que ese cineasta también sabe trabajar dentro del conjunto sin perder lo que tiene cuando trabaja solo.