La monumental obra maestra de Sorogoyen sobre la violencia, la tierra y el amor: ‘As bestas’
En enero de 2010, un hombre holandés llamado Martin Verfondern desapareció en Santoalla, una aldea semiabandonada del municipio de Petín en Ourense. Había llegado con su pareja trece años antes buscando vivir directamente de la tierra, había tenido disputas con los vecinos sobre un bosque comunal y sobre un parque eólico cuyo dinero él se negaba a aceptar, había grabado amenazas y tentativas de agresión en vídeo y las había distribuido en internet, y la administración local le había tomado nota cada vez que denunció y había hecho, en lo esencial, nada. Cuatro años después encontraron su coche y sus restos a doce kilómetros de su casa. As bestas, la quinta película de Rodrigo Sorogoyen, traslada la historia al presente, cambia las nacionalidades —la pareja es francesa, los vecinos son gallegos, el conflicto es el mismo— y tarda alrededor de noventa minutos en demostrar que la historia que tiene que contar no es la del hombre asesinado sino la de la mujer que se queda. Que Sorogoyen rodó el filme queriendo que pareciera un western —la Galicia interior como el Far West, los códigos de honor que nadie ha acordado pero todo el mundo aplica, la violencia como única gramática disponible cuando la razón ha fallado— y que el resultado ganó nueve Goya, el César francés a Mejor Película Extranjera y el Premio del Público a Mejor Película Europea en San Sebastián no es el éxito de quien eligió el género correcto: es el de quien entendió que el género era la herramienta y el duelo de Olga era el asunto.

Antoine, Xan y el conflicto que la razón no puede resolver
Denis Ménochet construye a Antoine como un hombre que cree fundamentalmente que los problemas se resuelven hablando, y que cuando el diálogo no funciona es porque no se ha encontrado todavía el argumento adecuado. Es una creencia que en su contexto cultural tiene todo el sentido y que en el contexto de la aldea gallega donde él y Olga se han instalado constituye el error más grave que puede cometer. Xan —Luis Zahera en la mejor interpretación de su carrera, que ya era notable— no es el villano de un thriller de género: es un hombre cuya comunidad se está muriendo, que ha visto cómo la compañía eólica ofrecía suficiente dinero para cambiar varias vidas, y que tiene enfrente a un extranjero que se puede permitir el lujo de rechazarlo porque llega de un sitio donde ese dinero no cambiaría nada fundamental. El choque no es entre el bien y el mal sino entre dos lógicas que no comparten ni los presupuestos básicos: Antoine habla de derechos, de procedimientos, de documentación; Xan habla de lo que es suyo, de lo que le pertenece por el hecho de haber nacido ahí, de la humillación de que alguien de fuera decida qué se hace con su tierra. Que la posición moral de Antoine sea la correcta en términos abstractos no lo protege de nada, que es exactamente lo que el guion de Sorogoyen y Peña quiere demostrar: la razón es una herramienta útil en los contextos donde la razón es la moneda de cambio aceptada, y hay contextos donde no lo es. Diego Anido compone a Lorenzo —el hermano menor, más silencioso, más oscuro— con la contención de quien reserva la violencia para cuando ya no hace falta anunciarla. Los dos juntos forman el tipo de amenaza que el thriller español no había filmado antes con esta precisión: una amenaza que el espectador entiende sin poder aprobar, lo que es mucho más incómoda que la amenaza que simplemente se demoniza.

Olga y la segunda mitad: lo que queda cuando el protagonista ya no está
El cambio de estación —el verano de la primera mitad se convierte en el invierno de la segunda— es el cambio de película. La paleta cromática de Álex de Pablo lo señala con claridad: los azules y verdes intensos de los campos de cultivo dan paso a los blancos y marrones apagados del invierno gallego, y con ellos cambia el tipo de historia que se está contando. Donde Antoine ponía argumentos, Olga pone resistencia. No se va. No acepta que la muerte de su marido sea el final de nada que no sea la vida de su marido. Continúa con la granja, busca el cuerpo, espera a que la cámara de Antoine —encontrada dañada en el monte— revele lo que tiene dentro. Marina Foïs tiene la tarea más difícil de la película: existir en el espacio que ha dejado una presencia tan física como la de Ménochet sin que el vacío aplaste el relato, y hacerlo con una quietud que es lo opuesto de la pasividad. Su Olga no hace aspavientos, no llora en primer plano, no recita el duelo de las formas reconocibles: lo habita como un estado permanente que ha reemplazado a la vida normal y que ella ha decidido que no va a dejarla hasta que tenga lo que necesita para cerrar. La escena en que se enfrenta a la madre de los hermanos —la advertencia sobre lo que les espera— es el momento de mayor tensión moral de la película, el único en que el espectador no sabe con certeza si está viendo a alguien que tiene razón o a alguien que se ha convertido en el espejo de lo que combate. Sorogoyen no resuelve esa ambigüedad. La deja ahí, que es donde le corresponde estar.

Cannes, nueve Goya, el César francés y lo que el cine europeo reconoció antes que el español
As bestas se proyectó en la sección Cannes Première en mayo de 2022, se estrenó comercialmente en Francia antes que en España —julio frente a noviembre—, ganó el César a Mejor Película Extranjera antes de que hubiera terminado la temporada de Goya, y fue el cine francés, con todas sus instituciones y su capacidad para adoptar un filme que considera suyo, el que primero trató a Sorogoyen como el director europeo que ya era. Los nueve Goya de 2023 —incluyendo Mejor Película, Mejor Director, Mejor Actor para Ménochet, Mejor Actor de Reparto para Zahera y Mejor Guion para Sorogoyen y Peña— confirmaron el diagnóstico con la acumulación de quien ya no tiene que demostrar nada pero lo demuestra de todas formas. Lo que As bestas representa en la filmografía que lleva diez años construyéndose desde Stockholm es la síntesis de todo lo que Sorogoyen ha ido aprendiendo: la tensión psicológica de la primera película, el territorio físico hostil y la ambigüedad moral de Que Dios nos perdone, la capacidad de análisis político de El reino, la mirada compasiva sobre el dolor femenino de Madre, y encima un cambio estructural a mitad de película que en otro director habría sido un riesgo de producción y aquí es la razón por la que la película existe. El ser querido, que llega a las salas este mes, es la primera película de Sorogoyen desde este pico. Que cuente con Javier Bardem y con el mismo equipo creativo no garantiza que sea mejor que As bestas —nada puede garantizar eso—, pero sí garantiza que alguien que ha llegado hasta aquí sabe exactamente lo que está haciendo.





