La mejor villana que ha tenido: Harley Quinn vol. 3: Verdict

Hay una pregunta que la etapa de Stephanie Phillips en Harley Quinn lleva evitando desde el primer número y que Verdict —el tercer tomo, los números 13 al 17— decide hacer frontal: ¿puede Harley Quinn ser realmente responsable de lo que hizo mientras era la novia del Joker? No reencuadrar la culpa, no extenuarla con el contexto del abuso, no suavizarla con una redemption arc que le conceda más crédito del que los hechos soportan: responsable, en el sentido de que hubo víctimas reales y que esas víctimas tienen nombre. Sam —la novia de Kevin, la persona que más cerca estaba del personaje más querible de esta etapa de la serie— era agente de policía cuando Harley escapó de un traslado. Su compañero murió en esa huida. Sam dedicó los años siguientes a construirse en Verdict: un vigilante embozado en capa roja que ejecuta a los corruptos de Gotham y que ha situado a Harley Quinn en el primer puesto de su lista. La originalidad del arco no está en la mecánica del misterio —quién es Verdict no es el tipo de incógnita que mantiene al lector en tensión durante cinco números— sino en el hecho de que cuando se resuelve, el resultado no es un villano al que refutar sino una grieta que el tomo no cierra porque no puede cerrarse con un puñetazo.

El dilema de la culpa retroactiva

Lo más valioso que hace Verdict como arco es tomarse en serio el pasado de Harley Quinn de una manera que el cómic de superhéroes rara vez se permite. No para convertir la serie en una reflexión existencial —Phillips sabe que el personaje no lo soportaría y el lector tampoco— sino para establecer que las consecuencias de ese pasado existen en el mundo de la historia y que ignorarlas sería una deshonestidad narrativa. Sam tiene razón. Su compañero está muerto. El plan de Harley de hacer el bien y seguir adelante no borra eso, y el tomo no pretende que lo borre. Lo que convierte a Verdict en la mejor antagonista de esta etapa no es la sofisticación de su plan —que en el número diecisiete acumula demasiados cabos sueltos para sostenerse— sino la legitimidad de su origen: es una víctima con nombre, una persona con historia propia antes de ponerse la capa, y su punto de partida moral es más sólido que el de la mayoría de los villanos que ha enfrentado Harley en esta colección. El pivote emocional de todo el arco es Kevin descubriendo que su novia es la persona que ha estado enmarcando a su mejor amiga, y Phillips escribe ese momento con la honestidad que merece: no como una traición simple sino como la demostración de que la misma historia puede producir, dependiendo de quién la viva, a una persona que intenta redimirse y a una que intenta cobrar lo que se le debe. Que las dos tengan razón en parte es más interesante que si solo la tuviera una.

La Blackgate y el arte de alargar lo que funciona

El número catorce —Harley encerrada en la prisión de Blackgate, acusada de los crímenes de Verdict, teniendo que demostrar su inocencia desde el otro lado de los barrotes— es el punto más alto del tomo y uno de los mejores números individuales de la etapa de Phillips. El balance entre la comedia de situación carcelaria y la gravedad del dilema moral que la rodea es exactamente el registro que la serie lleva número a número intentando calibrar, y en el catorce lo consigue con más eficacia que en ningún otro sitio. La llegada de Batwoman como aliada funciona porque Phillips no la usa como rescatadora sino como compañera funcional: Kate Kane no llega a sacar a Harley de la cárcel por buena voluntad sino porque las matemáticas del caso le exigen esa alianza, y esa distinción importa más de lo que parece. El problema estructural del tomo es que el material que el catorce establece con tanta solidez se extiende durante tres números más de los que necesita. El quince y el dieciséis son solventes —el escape de Blackgate, la investigación paralela, el crescendo hacia la revelación de Sam— pero la sensación de que el concepto habría respirado mejor en tres números que en cinco es difícil de ignorar. Phillips escribe bien la tensión y escribe bien el humor, pero el ritmo del arco acusa la decompresión en sus momentos menos inspirados, y el lector de tomo lo percibe con más claridad que el lector de número por número.

Riley Rossmo: el idioma visual que divide el tomo

Verdict es el último arco de Riley Rossmo en la serie, y eso le concede al conjunto una doble lectura. Su estilo —figuras elásticas, composiciones que desafían la geometría convencional del cómic de superhéroes, paneles en rombos y óvalos insertados en la cuadrícula cuando la emoción del momento lo demanda— ha sido la firma visual de esta etapa desde el número uno, y su efecto sobre el tomo depende completamente de la relación que el lector tenga con esa elección desde el principio. Quien lo ha seguido desde el inicio encuentra en Verdict la aplicación más coherente de su lenguaje: la Batwoman de ángulos imposibles, el traje de Verdict construido para que su capa roja genere el contraste que la narrativa necesita, la paleta de Ivan Plascencia haciendo el trabajo de separar las escenas de acción —donde el rojo y el negro dominan— de los momentos de intimidad entre Harley y Kevin, donde los tonos se ablandan. Quien llega sin ese bagaje previo encontrará el número diecisiete —la batalla final, la bomba, el desenlace— como el lugar donde el estilo más cuesta: la acción necesita legibilidad y Rossmo le pide al espectador un esfuerzo de interpretación que no todos los lectores están dispuestos a hacer en el momento en que la trama debería estar acelerando. Que sea también su número de despedida convierte ese esfuerzo en algo que vale la pena hacer de todos modos. No como acto de piedad hacia el artista, sino porque el resultado —con sus imperfecciones narrativas incluidas— es una propuesta visual que ha definido esta versión del personaje de una manera que ningún dibujante que llegue después va a poder ignorar del todo.