El villano es un fan tóxico que no acepta que ella haya crecido: Harley Quinn vol. 2: Keepsake

El primer tomo de esta cabecera —publicado bajo el título Funcionarias del caos y que recogía los números uno al seis— dejó claro que Stephanie Nicole Phillips entendía a Harley Quinn mejor de lo que nadie parecía esperar de una autora sin un historial especialmente extenso en los grandes sellos. La premisa era deceptivamente sencilla: una Harley que ha decidido, de verdad y en serio esta vez, pasarse al lado de quien intenta ayudar a la gente, instalada en un nuevo barrio pero presa de sus propios traumas y de una Gotham que no sabe del todo qué hacer con alguien que no encaja en ninguna categoría limpia. Lo que Phillips construyó en esos primeros seis números fue un tono propio, una dinámica de apoyo entre personajes que funcionaba de verdad y, sobre todo, una versión de Harley que por fin merecía protagonizar una serie propia sin necesitar al Joker como sombra estructural. Este segundo volumen —que recoge los números siete al doce de la serie más el Annual de 2021— tiene que hacer algo todavía más complicado: sostener eso mientras gestiona un evento crossover de DC y presenta al antagonista principal que va a ocupar la segunda mitad del arco. Consigue lo primero con nota. Lo segundo es otra historia.

Lo que el Fear State no pudo llevarse

Fear State es el tipo de evento que puede destrozar una serie si el autor no tiene muy claro qué historia está contando. El evento afecta a toda Gotham —el miedo como arma política, el control de la ciudad como objetivo— y exige que Harley se incorpore al caos colectivo cuando su plan original era irse de acampada a desconectar de todo aquello. Lo que Phillips hace aquí, y por lo que merece un reconocimiento genuino, es usar el crossover sin dejar que el crossover la use a ella. Los números siete y ocho están anclados en el evento, sí: Harley forma equipo con Catwoman y con la Jardinera para rastrear la conciencia fragmentada de Hiedra Venenosa, que flota en piezas por Gotham como consecuencia directa del estado de la ciudad. Hugo Strange, en su variante más paranoica y desquiciada, actúa de tercer antagonista con su propio proyecto de control. El lector que llegue aquí sin haber seguido la cabecera de Catwoman se va a perder contexto que esta colección no explica —una de las trampas habituales del formato crossover que tampoco Keepsake consigue esquivar del todo—, pero Phillips diseña sus páginas de tal manera que la historia central sigue siendo legible y emocionalmente coherente aunque te hayas saltado los deberes. Lo importante, la relación entre Harley e Ivy y lo que significa para ambas, está todo ahí.

En esto, Riley Rossmo hace un trabajo que va bastante más allá de ilustrar el guion. Su estilo —ligeramente abstracto, con proporciones que quiebran el canon superheroico, un trazo que insinúa en lugar de definir— encaja con la lógica interna del personaje de una manera que no es accidental: ver Gotham a través de los ojos de Harley Quinn tiene que parecer un poco deformado, un poco más ruidoso de lo normal, y Rossmo consigue eso con una coherencia visual que hace que los números en los que entra a cubrir alguno de los artistas de apoyo —Lafuente, Failla, Braga— noten el cambio más de lo que debería. No porque los suplentes sean malos. Sino porque Rossmo ha construido un mundo visual tan específico que cualquier alteración se percibe de inmediato.

Kevin, el grupo de terapia y la razón de que todo esto funcione

Lo que diferencia esta cabecera de las encarnaciones anteriores de Harley Quinn no es el giro de heroína en proceso de redención —ese ya existía— sino la arquitectura de relaciones que Phillips ha construido a su alrededor. Kevin, el joven al que Harley salva de sus propias malas decisiones en el primer arco y que acaba funcionando como una especie de sidekick genuino, es aquí quien lleva el peso emocional más directo de varios números: mientras Harley está en misión con Catwoman, Kevin tiene su propio arco paralelo en el Gotham en caos, conoce a un personaje cuya identidad real el volumen insinúa sin revelar y tiene que decidir qué tipo de persona quiere ser. Es un hilo que podría haberse sentido como relleno y que resulta ser donde la serie se permite su mayor honestidad.

El número once, que construye toda su premisa alrededor de un problema del tranvía en versión Harley —bomba en un tren, elige entre salvar cientos de desconocidos en Central Station o rescatar a Kevin— es el tipo de juego filosófico que Phillips tiende a intentar con resultados variables. La metáfora es algo demasiado visible, el gag de la disonancia entre la gravedad del dilema y la manera en que Harley lo procesa funciona a medias, y el número en general acusa la presión de ser el penúltimo episodio de un arco que necesita tensar el resorte antes del cierre. Pero lo que sí funciona, con una consistencia que recorre todo el volumen, es el grupo de terapia que Harley coordina: los supervillanos menores en proceso de desradicalización que sirven simultáneamente de coro griego y de recordatorio de que la rehabilitación es posible aunque nunca sea limpia ni lineal. El número doce los pone en el centro de la resolución del arco, y es probablemente la decisión narrativa más elegante de todo el tomo.

El problema que se llama Keepsake

El antagonista que da nombre a la colección es Eli Kaufman, un exsicario de segunda fila que roba gadgets de villanos más famosos, los repinta de naranja y ha construido una identidad entera alrededor de su obsesión con Harley Quinn. La lectura temática que Phillips propone es transparente: después de una vida entera definida por la obsesión de un hombre —el Joker, siempre el Joker— el nuevo villano de Harley es otro hombre que necesita que ella siga siendo lo que era para que su visión del mundo tenga sentido, incapaz de procesar que el personaje haya crecido y cambiado. Es una idea brillante. El problema es que Keepsake en papel no consigue ser amenazante en ningún momento, sino simplemente patético, y hay una diferencia enorme entre un villano que es peligroso a su manera patética y uno que es solo patético.

El Annual, que funciona aquí como prólogo al arco principal y presenta al personaje desde el punto de vista de Kevin, es la parte más débil del tomo. La estructura antológica —varios dibujantes con estilos muy distintos alternando secciones— produce un objeto visualmente irregular y narrativamente fragmentado, y las bromas que rodean la revelación de Keepsake no aterrizan con la fuerza que necesitarían para que el personaje arranque con algún carisma. Parte de la crítica señaló que la dinámica de otro villano que busca controlar y redefinir a Harley repite exactamente el patrón que la serie estaba intentando dejar atrás. Es una objeción válida y no menor. Phillips lo compensa, en los números siguientes, convirtiendo la falta de peligrosidad real del personaje en parte del tono —su ejército de calabazas robóticas en el número doce confirma que el camp es completamente deliberado—, pero hay momentos en los que no queda del todo claro si la mediocridad de Keepsake como amenaza es una elección artística o simplemente una limitación de ejecución. El cierre, con un nuevo personaje llamado Veredicto rescatando y disparando al villano en los últimos paneles, sugiere que la propia serie es consciente de que este antagonista ha cumplido su función y toca pasar página. Esa honestidad tiene su mérito. No resuelve del todo el problema de haber tenido durante doce números y un anual un villano que nunca estuvo del todo a la altura de la protagonista para la que fue diseñado.