Buena defensa y veredicto suspendido, como la serie de Tatiana Maslany: ‘Planet She-Hulk’

Jennifer Walters lleva décadas siendo el tipo de superhéroe que el universo Marvel trata como segunda opción: lo que su primo puede hacer pero con menos kilos y más ironía. Stephanie Phillips entendió que la forma correcta de escribir a She-Hulk no era corregir ese prejuicio sino convertirlo en motor narrativo. Mandó a la mejor abogada del universo Marvel al peor sitio posible para una abogada y se quedó mirando. Planet She-Hulk, la miniserie de seis números publicada entre noviembre de 2025 y abril de 2026 y recogida en este recopilatorio lanzado hace cuatro días —el 25 de agosto de 2026—, parte de ese único axioma: Jennifer Walters prometió a Bruce Banner que vigilaría Sakaar cinco días. Llevan meses. El planeta funciona a base de fuerza y dinero y el código legal terrícola no aparece ni en la constitución de los vencidos. La premisa es la correcta y Phillips lo sabe.

Orden y lógica en un planeta que opera a golpes

El hilo conductor de los primeros cinco números es la fricción entre el instinto profesional de Jen Walters —abogada, argumentadora, creyente en el procedimiento— y la brutalidad institucionalizada de Sakaar, donde el poder no se debate sino que se demuestra con el cuerpo o con la cuenta bancaria. Phillips no suaviza esa contradicción: la agudiza. En el tercer número, Jen acaba actuando como defensora en un juicio de Sakaar que no tiene ninguna de las garantías que convertiría ese rol en algo funcional, y la escena resume lo que la serie tiene de mejor: la abogada encuentra el resquicio legal que nadie más vio y el planeta se lo permite a regañadientes porque nadie ha conseguido derrotarla todavía.

El sentido del humor es el pegamento. Phillips trabaja la voz característica del personaje con precisión —la ironía, el quiebre de cuarta pared, la tendencia de Jen a comentar lo que el narrador de cualquier otra serie dejaría sin explicar— y lo combina con referencias que van desde la sátira política clásica hasta el absurdo de Monty Python, cuyos diálogos sobre la legitimidad del poder aparecen citados literalmente en algunos momentos del texto. La frase del campesino Dennis —las extrañas señoras repartiendo espadas desde estanques no son la base de ningún sistema de gobierno— cobra en el contexto de Sakaar un peso que el sketch original no podía anticipar: el planeta entero es ese estanque, y Jennifer Walters es la única que lo ve. El resultado es un cómic que sabe que está siendo gracioso y que además tiene algo que decir, que es más difícil de conseguir de lo que parece.

La trama central —el asesinato de Myrren, la acusación contra Jen, el juicio, la aparición de los Thousand Eyes como movimiento de resistencia— funciona como estructura de misterio político más que como thriller de acción, y eso es una apuesta real porque Sakaar es un escenario que el cómic Marvel ha utilizado durante décadas para hacer estallar edificios. Phillips usa esos edificios como localizaciones de negociación, no de demolición. El quinto número amplía la perspectiva hacia la gente del planeta —los de abajo, los que no tienen ni flota ni trono ni acceso al sistema de justicia corrupto— y es el episodio donde la serie adquiere más peso genuino, con la revelación de que un miembro de los antiguos Warbound lidera la rebelión y convierte lo que podría haber sido un capítulo de transición en el episodio donde el mundo de Sakaar cobra más dimensión.

Kuder construye el planeta desde los márgenes del panel

Aaron Kuder no es un artista de viñeta sencilla. Su aproximación a Sakaar pasa por dar a cada encuadre la sensación de que existe algo fuera del corte: paisajes que se intuyen, multitudes que continúan más allá del margen, arquitecturas que tienen historia aunque no se la hayan contado al lector. Es la diferencia entre un mundo dibujado y un mundo construido, y en Planet She-Hulk esa distinción importa porque el argumento de Phillips depende de que Sakaar parezca un sitio con reglas propias y no un decorado marciano de conveniencia.

Las secuencias de acción —los enfrentamientos contra los Wildebots y los ejercicios de fuerza callejera que Jen usa como moneda diplomática— tienen la claridad cinética de alguien que entiende que el movimiento se lee en la composición antes de leerse en el trazo. Kuder dibuja los cuerpos de She-Hulk con una fisicidad que pocas veces se le ha dado al personaje: no el peso aplastante del Hulk de Banner, sino algo más específico, más consciente de sus propias proporciones, más cómico en el contraste con los ceremoniales de una corte que no sabe qué hacer con ella.

Sonia Oback es el eslabón que mantiene la coherencia visual entre los números donde aparece Emilio Laiso como artista invitado y los que dibuja Kuder en solitario. Su paleta para los verdes de She-Hulk —que muta entre el jade del poder y el oliva del agotamiento según el estado emocional de la protagonista— y su construcción de la luz alienígena de Sakaar como algo que siempre tiene un grado demasiado de amarillo dan al recopilatorio una identidad cromática que sobrevive a los cambios de lápiz. En un cómic donde el equipo artístico no es único durante los seis números, eso no es un detalle menor.

Lo que Imperial se llevó y lo que el recopilatorio no puede ocultar

La sombra que cae sobre Planet She-Hulk no la proyecta ninguno de sus creadores. El evento Imperial de Marvel, bajo el que esta serie nació como derivación directa, fue cancelado antes de completarse y arrastró consigo el arco que Phillips había trazado más allá del número seis. Lo que debía ser el arranque de una historia más larga —Jen integrando la democracia en Sakaar, la posibilidad de una relación con Elloe Kaifi, la arquitectura política de un planeta que había conocido a su Hulk y todavía no sabía qué hacer con ese legado— se convirtió en una salida forzada. Jennifer Walters regresa a la Tierra sin recuerdos de lo que ocurrió en Sakaar. Es, en el mejor de los casos, una ironía no intencionada: el personaje que no recuerda y el lector que sí lo hace.

El número seis se nota. No en la calidad técnica, que sigue siendo competente, sino en la sensación de que el volante ha girado bruscamente sin que nadie anunciara el cruce. La resolución no es mala como escena —Jen ante la decisión de tomar el trono o volver a los pozos en desgracia tiene el peso correcto— pero como desenlace de una historia que había construido sus tensiones con cuidado durante cinco episodios tiene el sabor específico del capítulo que rescribe lo que la siguiente temporada iba a explicar. La propia Phillips reconoció que no fue lo que nadie del equipo quería. El recopilatorio contiene esa historia y también su amputación, y ambas cosas son legibles a la vez.

La forma correcta de leer Planet She-Hulk es entenderla como una premisa excelente ejecutada con honestidad durante el tiempo que le dejaron. Phillips encontró el ángulo justo para el personaje —la abogada como figura extraña en un mundo que no reconoce la argumentación como poder— y lo desarrolló con humor y convicción durante cinco sextos de lo que tenía planeado. Kuder y Oback construyeron un Sakaar que tenía aire propio. Lo que el recopilatorio ofrece es ese trabajo, más un final que pertenece a otra negociación editorial. Para quien llega sin saber nada de cancelaciones ni eventos interrumpidos, la experiencia es la de un cómic bueno que termina de forma extraña. Para quien conoce el contexto, es la de un cómic que era mejor de lo que le dejaron demostrar.