Nadie sobrevive ileso a una app de cuernos en el Medio Oeste: DTF St. Louis (HBO)
Las siglas del título son exactamente lo que parecen. DTF es la abreviatura que en las aplicaciones de citas anglófonas significa «Down to Fuck»: disponible y sin rodeos. DTF St. Louis es la miniserie de HBO de Steven Conrad —el mismo de Patriot, el mismo de Bliss— sobre una aplicación diseñada específicamente para que personas casadas pongan los cuernos a sus parejas en los suburbios ficticios de Twyla, Missouri, y sobre lo que sucede cuando una de esas aventuras termina en un muerto, una investigación policial y la pregunta de si el cadáver es víctima de un crimen o de los años que llevaba acumulando. Siete episodios, un triángulo amoroso, dos detectives que no se parecen en nada y una ciudad donde todo el mundo sabe el nombre de sus vecinos y nadie sabe lo que están haciendo.

La premisa más oscura de la temporada
Steven Conrad no hace las series que hace nadie. Patriot, su apuesta anterior para Amazon, era una comedia de espionaje concebida para no gustarle a nadie y que terminó siendo la favorita de todo el mundo que la encontró. DTF St. Louis opera desde una lógica similar: toma una premisa que podría ser el arranque de una sátira fácil —la app de citas para casados, los suburbios del Medio Oeste como escenario del crimen— y la trabaja desde dentro, sin necesidad de señalar a sus personajes para dejar claro que están haciendo algo mal. La historia arranca con Floyd Smernitch muerto y con dos detectives radicalmente distintos —el veterano Richard Jenkins y la investigadora Joy Sunday, cuya fricción produce algunos de los mejores minutos de la serie— reconstruyendo los meses previos a través de una estructura no lineal que revisita las mismas escenas a medida que aparece información nueva. La geografía de Twyla, Missouri —una ciudad ficticia con web oficial creada por el equipo de producción, que actualiza sus contenidos siguiendo la cronología de la investigación— es el tipo de detalle que explica por qué DTF St. Louis funciona: hay alguien detrás que se ha tomado en serio incluso lo que nadie va a notar.

Bateman, Harbour y Cardellini: la trinidad correcta
Jason Bateman lleva años siendo el actor que hace las comedias oscuras de otros: el hombre que sonríe mientras todo se derrumba, una especialidad que Arrested Development y Ozark establecieron y que aquí se rompe de una manera deliberada. Clark Forrest, el presentador del tiempo local que usa la app para tener una aventura con la mujer de su mejor amigo, es un hombre cuya simpatía superficial no alcanza para cubrir el vacío que tiene debajo, y Bateman lo trabaja con una incomodidad nueva, menos calculada, que es —con diferencia— lo mejor que le hemos visto en años. David Harbour tiene la parte más difícil: Floyd Smernitch, el marido cornudo que quizá sabe más de lo que dice, es el personaje que obliga a revisar todo lo que has visto cada vez que aparece una pieza nueva, y Harbour lo habita con la densidad física que le caracteriza y con algo que raramente se le ve: una vulnerabilidad sin artificio que convierte a Floyd en el personaje más difícil de juzgar de los tres. Linda Cardellini, por su parte, transforma a Carol —que en el arranque parece simplemente la mujer del medio— en el hallazgo más inesperado de la miniserie: alguien a quien la serie convierte progresivamente de posible villana en mujer que lleva demasiado tiempo cargando con demasiado, y a quien la cámara va entendiendo a medida que el espectador también lo hace.

El misterio como excusa para algo más grande
El whodunnit de DTF St. Louis funciona —quién mató a Floyd, si es que alguien lo mató, es una pregunta que la serie mantiene abierta con más honestidad que la mayoría de los thrillers televisivos— pero termina siendo casi una excusa para lo que Conrad quiere explorar de verdad: la invisibilidad del hombre de mediana edad en sus propias relaciones, la amistad entre Clark y Floyd como el único espacio donde ninguno de los dos tiene que actuar, y el peso de la mujer que sostiene una casa y una familia y no cabe en ninguno de los planos disponibles. Con un 87% de valoraciones positivas y algo más de reservas de quienes vieron el conjunto completo —hay cierta tendencia de Conrad a la manipulación emocional en la recta final, y los episodios centrales acusan un ritmo más lento antes de recuperar la velocidad—, DTF St. Louis es el tipo de miniserie HBO que recuerda para qué sirve HBO cuando no está intentando ser otra cosa. No es perfecta. Es exactamente lo suficientemente imperfecta para ser real.





