Lleva una temporada sonriendo para no romperse, y la segunda le obliga a hacerlo: Ted Lasso (Temporada 2)

Jason Sudeikis apareció como Ted Lasso en el show del descanso de la final del Mundial 2026 y el estadio respondió como responde ante alguien a quien reconoce: con el afecto de quien ya tiene historia con ese personaje. La aparición no fue exactamente una sorpresa —Apple TV+ lleva meses construyendo el regreso de la serie con una cuarta temporada que nadie esperaba después de que la tercera pareciera cerrar definitivamente el ciclo— pero sí fue un recordatorio de la escala de fenómeno cultural que la ficción futbolística más divertida de la última década ha llegado a ser. Con esa nueva entrega en el horizonte, tiene sentido recorrer lo que la serie hizo antes de llegar ahí, y la segunda temporada es el tramo más interesante del trayecto: la que demostró que el éxito de la primera no fue un accidente y que, cuando una comedia decide apostar sus mejores fichas al drama emocional, puede ganar las dos manos a la vez. AFC Richmond está en el Championship tras el descenso de la temporada anterior. Ted Lasso sigue siendo el entrenador más optimista de la Premier League, excepto que ya no está en la Premier League. Y entre el esfuerzo colectivo por ascender y la vida personal de una docena de personajes que la serie ha decidido desarrollar simultáneamente, la temporada encuentra espacio para la pregunta más incómoda que puede hacerse sobre alguien que nunca para de sonreír: ¿qué pasa cuando la sonrisa es el síntoma y no la cura?

La doctora Sharon y el año en que Ted se sentó en el diván

La incorporación de la psicóloga deportiva Sharon Fieldstone —Sarah Niles, en una de las actuaciones más contenidas y precisas de la temporada— no es un giro de trama sino una declaración de intenciones sobre en qué clase de serie quiere convertirse Ted Lasso en su segundo año. El primer episodio ya establece el conflicto: Dani Rojas mata accidentalmente al perro mascota del club durante un entrenamiento, pierde la confianza en sus pies y la dirección decide contratar a una profesional de la salud mental para el equipo. Ted, que lleva toda la primera temporada construyendo su filosofía personal sobre la empatía y la escucha activa, se niega a entrar en la consulta de la doctora Sharon. Pasan varios episodios. La negativa es obstinada, casi absurda, y la serie la trabaja con la inteligencia de quien sabe que esa incomodidad no es cómica sino reveladora: el hombre que le pregunta a todos los demás cómo están no sabe responder cuando alguien le hace la misma pregunta a él. Cuando Ted tiene su primer ataque de pánico visible en el banquillo durante un partido, y cuando en el episodio ocho la temporada revela que su padre se suicidó cuando él tenía dieciséis años, el edificio entero de la primera temporada se relee de golpe con otra luz. La escena en que Ted finalmente entra en la consulta —después de que la doctora Sharon sufra un accidente de bicicleta y él se sienta culpable por no haberla dejado ayudarle antes— tiene la sencillez de las cosas que funcionan sin necesidad de refuerzo: dos personas, una habitación pequeña y algo que llevas demasiado tiempo sin decir.

Nate: la gran traición que la temporada construye durante doce episodios sin que el espectador la vea venir

Lo que le hace a Nate Shelley la segunda temporada de Ted Lasso es uno de los ejercicios de construcción de personaje más pacientes y mejor ejecutados que el drama televisivo ha producido en los últimos años. Nate empezó la primera temporada como el kit man que nadie veía, el más pequeño de la jerarquía invisible que rodea a un vestuario de fútbol, y su arco de ascenso —de asistente a uno de los entrenadores de más talento táctico del equipo— era genuinamente emocionante. La segunda temporada lo recoge exactamente donde la dejó: elevado, reconocido, con una estrategia de tres sustituciones que le dio la victoria al equipo en un partido imposible. Y entonces la temporada hace algo que los espectadores que llegaban del primer año no podían prever: empieza a mostrar las costuras de ese personaje. La necesidad de validación que nunca fue saciada por completo, el resentimiento acumulado cuando Roy Kent llega al staff y eclipsa su protagonismo, la crueldad que aparece primero en detalles pequeños —una humillación a un jugador joven, un gesto de desprecio que nadie más ve— y que va creciendo hasta el momento en que filtra la historia de los ataques de pánico de Ted a la prensa. Nick Mohammed lo juega con la sutileza de quien entiende que el trabajo de la temporada es hacer que el espectador sienta que lo vio venir y que no lo vio venir al mismo tiempo. Cuando en el episodio final Nate abandona el club para convertirse en entrenador del West Ham de Rupert —el ex marido de Rebecca, la figura antagonista que lleva dos temporadas esperando en los márgenes—, la escena no necesita música ni discurso. El personaje ya ha dicho todo lo que tenía que decir.

El ensemble, Beard After Hours y una serie que ya no puede pretender ser pequeña

La segunda temporada de Ted Lasso es, entre otras cosas, el momento en que el programa acepta que tiene demasiados personajes buenos para dedicarle tiempo a uno solo y decide dar a casi todos un arco propio. Roy Kent atraviesa la transición del futbolista retirado al comentarista de televisión y de ahí al cuarto entrenador del Richmond, y Brett Goldstein lo hace sin perder ni una sola capa de la complejidad del personaje. Rebecca pierde a su padre en el episodio diez y la temporada le dedica un funeral que es también una de las escenas de comedia más eficaces del año —Ted bailando de manera inapropiada en un contexto inapropiado es Ted en su estado más puro— y a la vez un momento genuinamente doloroso. Sam Obisanya enfrenta la contradicción de que el patrocinador del club, Dubai Air, está vinculado a una empresa petrolífera que daña su Nigeria natal, y la temporada no resuelve el dilema con facilidad. El episodio nueve, «Beard After Hours» —una pieza experimental que sigue a Coach Beard por un nocturno caótico de Londres después de una derrota, sin ninguna conexión con el resto del arco de la temporada—, divide todavía hoy a los seguidores de la serie: demasiado largo para algunos, el tipo de digresión que solo una serie segura de sí misma se puede permitir para otros. Las dos lecturas son correctas. Lo que no es discutible es que la temporada termina con AFC Richmond ascendido a la Premier League, con Ted un poco más entero de lo que empezó, y con la sensación de que la serie ha madurado de maneras que la primera temporada no podía prever. Lo que viene después —una cuarta entrega que Apple TV+ ha anunciado para este verano y que los fans de la serie recibieron con la sorpresa de quien creía haber dicho adiós— tendrá que partir de ahí.

Ted Lasso (Temporada 2) hace lo que muy pocas series de comedia han hecho con la misma honestidad: obliga a su personaje más optimista a admitir que el optimismo puede ser una forma de huida, y lo hace sin abandonar el tono que hizo la primera temporada memorable. El resultado es una ficción más compleja, más adulta y, en sus mejores momentos, más emocionante que su predecesora. El banquillo de AFC Richmond nunca ha sido un lugar tan lleno de cosas que no se dicen en voz alta.