El Nobel que España parece haber olvidado: ¿Qué pasó con Jacinto Benavente?

El regreso de La Malquerida al Teatro Español, con Aitana Sánchez-Gijón encabezando una nueva lectura del clásico de Jacinto Benavente, ha devuelto momentáneamente a la conversación cultural un nombre que resulta tan fundamental como desconcertante. Porque Benavente ocupa un lugar único en la historia de nuestras letras: es el único dramaturgo español que ha obtenido el Premio Nobel de Literatura por una carrera desarrollada casi exclusivamente sobre los escenarios. Y, sin embargo, fuera de los círculos especializados, hoy parece mucho menos presente que autores que jamás recibieron semejante reconocimiento. La pregunta resulta inevitable: ¿qué ocurrió para que el Nobel español del teatro terminara convertido en una figura tan discutida e incluso olvidada?

Cuando Benavente era más famoso que todos los demás

Resulta difícil comprender la magnitud del fenómeno Benavente desde la perspectiva actual. Durante las primeras décadas del siglo XX fue, sencillamente, el dramaturgo más exitoso de España. Sus obras se representaban de forma constante, sus estrenos eran auténticos acontecimientos sociales y su influencia sobre el teatro comercial resultaba enorme. Cuando la Academia Sueca le concedió el Nobel en 1922, la decisión apenas sorprendió a nadie fuera de determinados círculos intelectuales. Benavente era una celebridad internacional y sus textos se traducían y representaban por toda Europa gracias a hitos como Los intereses creados (1907), esa brillante farsa de polichinelas que, con su cinismo ilustrado y su radiografía de la manipulación humana, se convirtió en su obra más universal y en el principal argumento para consolidar su candidatura en Estocolmo.

El problema llegó después. Mientras figuras como Ramón María del Valle-Inclán o Federico García Lorca fueron creciendo con el paso del tiempo gracias a su capacidad de ruptura formal y a su inmensa fuerza poética, Benavente quedó asociado a una forma de entender las tablas que las generaciones posteriores comenzaron a considerar demasiado burguesa, demasiado elegante y demasiado cómoda. El ingenio agudo y la comedia de salón que maravillaron en Los intereses creados, o el drama rural de La Malquerida, empezaron a verse como artefactos de una época sepultada. La comparación histórica no le favoreció: Valle parecía más moderno, Lorca parecía más universal y Benavente empezó a convertirse, poco a poco, en el representante de un teatro que muchos consideraban superado.

La incómoda pregunta del Nobel

Con los años, la concesión del premio acabó generando una de las polémicas más persistentemente incómodas de la cultura española. ¿Fue realmente Benavente el escritor más importante de su tiempo? ¿Habría recaído hoy ese galardón en Valle-Inclán? ¿En los hermanos Machado? ¿En algún otro autor cuya obra ha envejecido mejor ante los ojos contemporáneos? No existe una respuesta definitiva.

Lo que sí es evidente es que la Academia Sueca no premia trayectorias futuras, sino presentes. En 1922, Lorca apenas comenzaba su carrera, Valle-Inclán seguía siendo una figura mucho más minoritaria de lo que hoy imaginamos y Benavente, espoleado por el aplauso internacional a su pícaro Crispín, era el dramaturgo español más reconocido dentro y fuera de nuestras fronteras. La paradoja es que la historia literaria no siempre coincide con la historia de los premios. Con el paso de las décadas, su prestigio se ha ido erosionando mientras otros contemporáneos crecían hasta convertirse en gigantes culturales. El resultado es una situación casi única en nuestras letras: un Premio Nobel cuya condición de clásico parece discutirse más de lo que se celebra.

Veredicto: El veredicto del tiempo frente a la Academia Sueca

Quizá por eso el regreso de La Malquerida resulta un ejercicio tan interesante, porque obliga a volver al texto desnudo y dejar a un lado la leyenda o los prejuicios editoriales. Nos invita a comprobar si tras las bambalinas de su producción sigue latiendo la maestría de aquel autor que deslumbró al mundo con los hilos invisibles de Los intereses creados, o si estamos ante un caso donde el tiempo simplemente ha emitido un veredicto distinto al de Estocolmo.

Sea cual sea la respuesta, una cosa parece clara: pocos premios Nobel españoles generan hoy una conversación tan esquiva en las aulas y los teatros. Y probablemente eso, más de un siglo después de que el dramaturgo recogiera su medalla, siga siendo una excelente razón para apagar las luces de la sala, levantar el telón y volver a escucharlo.