Carter no supo repetirlo, Duchovny lo intentó y Anderson se reinventó: el después de Expediente X
Expediente X era una anomalía antes de que nadie supiera que era una anomalía. Once temporadas, dos largometrajes y doscientos dos episodios sobre extraterrestres, paranoias gubernamentales y la tensión sexual más celebrada de los noventa: cuando su novena temporada concluyó en 2002 —con revivals en 2016 y 2018 que demostraron que algunos misterios son mejores sin resolver— ya había cambiado lo que la ciencia ficción televisiva podía ser. Actualmente puede verse íntegra en Disney+, donde cada nuevo espectador descubre lo que los millennials mayores saben de memoria: que la serie envejeció mejor de lo que nadie esperaba, y que Gillian Anderson era mejor actriz de lo que el formato dejaba demostrar. Pero la pregunta que el revisionismo nostálgico no suele hacerse es la que, en realidad, resulta más interesante: ¿qué fue de las tres personas que la hicieron posible una vez que los platillos volantes aterrizaron definitivamente?

Chris Carter y el misterio que no supo volver a crear
La historia de Chris Carter empieza donde nadie buscaría el origen de uno de los grandes fenómenos televisivos del siglo XX: en Surfing Magazine, donde editó páginas sobre tablas y olas antes de convencer a Fox de que el mundo estaba preparado para una serie sobre conspiraciones y hombrecillos verdes. La pregunta sobre si Expediente X fue suerte, talento o la combinación perfecta de los dos llegó demasiado tarde: Carter ya estaba dentro del mito y tenía que probar que había algo detrás del golpe de efecto.
Su respuesta fue Millennium (1996), un drama de investigación criminal protagonizado por Lance Henriksen como un perfilador con dotes de visión profética. El piloto era genuinamente bueno —oscuro, perturbador, cinematográficamente ambicioso—, suficientemente bueno para que Fox lo emitiera durante tres temporadas. El problema es que tres temporadas fue exactamente lo que la audiencia aguantó antes de que la oscuridad se volviera rutinaria y los índices de audiencia hicieran lo que hacen con las series que no encuentran su público masivo. Millennium terminó, pero terminó dignamente, con un crossover final con Expediente X que tuvo la gentileza de cerrar el arco de su protagonista.
Menos gentil fue la historia de The Lone Gunmen (2001), el spin-off sobre el trío de paranoicos informáticos que actuaban como recursos cómicos y fuentes de información para Mulder. Carter los tenía en más estima que el resto del mundo y les dio su propia serie: trece episodios de los que solo se emitieron tres antes de la cancelación. Lo que convierte a The Lone Gunmen en algo más que una nota al pie es su piloto: una historia sobre terroristas que planean estrellar un avión comercial teledirigido contra las Torres Gemelas para provocar un estado de excepción y disparar el negocio armamentístico. Se emitió el 4 de marzo de 2001. Seis meses después llegó el 11 de septiembre. Carter declaró en múltiples entrevistas que el silencio de los servicios de inteligencia ante un guion que describía exactamente lo que ocurriría le resultaba tan desconcertante como a cualquier conspiranóico del dial.
Después vinieron Harsh Realm —cancelada en tres episodios y demandada por los creadores del cómic original, que alegaron adaptación no autorizada—, un piloto para Amazon llamado The After que la plataforma encargó, celebró y luego canceló calladamente en enero de 2015, y Fencewalker, un thriller con Natalie Dormer y Katie Cassidy que nunca llegó a ningún cine. El patrón se fue haciendo demasiado claro: Carter tenía universos en la cabeza y no encontraba el formato que los convirtiera en televisión regular. Los revivals de Expediente X en 2016 y 2018 no cambiaron el diagnóstico; lo confirmaron. Un spinoff animado lleva años en desarrollo teórico. Carter es el ejemplo más nítido de que la genialidad de una idea no garantiza la capacidad de repetirla, y de que a veces la cosa más complicada es saber qué hiciste exactamente para que algo funcionara la primera vez.

David Duchovny o qué haces cuando eres Fox Mulder
Hay algo poéticamente justo en que el hombre que interpretó durante nueve temporadas a un agente del FBI convencido de que el gobierno oculta la verdad haya dedicado el resto de su carrera a demostrar que él, en realidad, tiene muchas verdades que ofrecer. Duchovny llegó a Expediente X con un doctorado en literatura inglesa a medias en Yale —la tesis sobre Samuel Beckett se quedó sin defender— y una presencia en pantalla que combinaba el sarcasmo con una melancolía que el formato de procedimiento policial solo dejaba asomar en momentos concretos. Lo que hizo con la fama fue más interesante que lo que hace la mayoría.
En cine probó lo obvio y lo no tan obvio. Evolution (2001), comedia de ciencia ficción con Ivan Reitman sobre alienígenas que invaden un campus universitario, era exactamente el tipo de película que tiene sentido hacer cuando acabas de pasar nueve años cazando extraterrestres y decides que el siguiente paso lógico es reírte de ti mismo. La lógica era correcta; la película, mediocre. Hubo intentos de cine más ambicioso —House of D (2004), que dirigió y protagonizó con resultados que la crítica juzgó con escasa generosidad— antes de que encontrara el rol que demostraba que la fama de Expediente X podía usarse de trampolín hacia algo completamente distinto.
Ese rol fue Hank Moody: el novelista alcohólico y mujeriego de Californication (Showtime, 2007-2014), atrapado en Los Ángeles, que escribe poco y sufre mucho durante siete temporadas, y con el que Duchovny ganó el Globo de Oro a mejor actor en comedia en 2008. La serie tiene la rareza de ser, simultáneamente, la más autoindulgente de su generación y la más honesta sobre lo que es ser un hombre en cierto tipo de crisis creativa. Después llegó Aquarius (NBC, 2015-2016), donde interpretó a un detective de homicidios en el Los Ángeles de 1967 que investiga al joven Charles Manson antes de que Manson sea Manson; veintisiete episodios que funcionan mejor como thriller de época que como fenómeno de audiencia.
Pero el dato más llamativo de la carrera post-Expediente X de Duchovny no es la televisión ni el cine: son los cinco libros que ha publicado —Holy Cow, Bucky Fcking Dent*, Miss Subways, The Reservoir, Truly Like Lightning— y los tres discos de rock alternativo editados entre 2015 y 2021. Los álbumes son exactamente lo que esperas de un actor con aspiraciones musicales moderadas y producción decente; los libros son considerablemente mejores de lo que nadie anticipó. Duchovny parece uno de esos personajes que necesitan múltiples proyectos simultáneos para no aburrirse, y la pregunta de qué habría hecho sin la fama de Expediente X para abrir puertas tiene una respuesta probable: exactamente lo mismo, pero con menos audiencia.

Gillian Anderson cruza el Atlántico y ya no vuelve
El arco de Gillian Anderson después de Expediente X es, de los tres, el más sorprendente y posiblemente el más instructivo. Anderson nació en Chicago, creció en varias ciudades por los traslados profesionales de su padre —incluyendo años en Gran Bretaña— y cuando la serie terminó tomó una decisión que, en retrospectiva, parece la más inteligente que alguien en su posición podía tomar: se mudó a Londres y empezó a construir otra carrera desde cero.
La carrera teatral que desarrolló en el West End de los años siguientes tiene una consistencia poco habitual. Su debut en 2002 fue modesto; lo que vino después no lo fue. La Casa de muñecas de Ibsen en el Donmar Warehouse en 2009 la puso en la conversación seria. Un tranvía llamado deseo en el Young Vic en 2014 —con Anderson como Blanche DuBois en una producción que se convirtió en la más vendida en la historia del teatro y se retransmitió en directo a más de mil salas en todo el mundo— la consolidó como una de las intérpretes de referencia del teatro británico contemporáneo. All About Eve en 2019 añadió una tercera nominación al Olivier a una lista que empezaba a parecer estructural.
En televisión el balance es igualmente sólido. The Fall (BBC/RTÉ, 2013-2016), donde interpretó a la inspectora Stella Gibson investigando a un asesino en serie en Belfast, funcionó como el tipo de demostración que una actriz hace cuando decide que ya lleva suficiente tiempo haciendo otra cosa: fría, precisa, con una presencia en pantalla que convirtió a Gibson en uno de los personajes femeninos más citados de la televisión de esa década. Sex Education en Netflix (2019-2023) llegó después, con Anderson como la terapeuta sexual Jean Milburn de la que el protagonista adolescente se avergüenza, y amplió su audiencia hacia un público que no había visto Expediente X. Y luego llegó la que es probablemente su interpretación más discutida desde Dana Scully: Margaret Thatcher en la cuarta temporada de The Crown (2020), una actuación que generó debate en el Reino Unido sobre si una actriz americana podía y debía interpretar a la primera ministra más divisiva de la historia reciente, y lo resolvió de la única manera que importa, que es demostrando que sí podía.
A Anderson se le concedió una OBE en 2016 por servicios a la actuación. Tiene una estrella en el Paseo de la Fama de Hollywood desde 2018. Lleva en una relación con Peter Morgan —el creador de The Crown— desde 2016. Ha publicado una trilogía de ciencia ficción, un manifiesto feminista coescrito y, en 2024, Want, una antología de fantasías sexuales femeninas que generó exactamente el tipo de debate que buscaba generar. Es, de los tres artífices de Expediente X, la que salió más lejos del punto de partida; lo cual dice algo sobre lo que ocurre cuando decides que la fama que construiste en un sitio es exactamente el capital que necesitas para empezar en otro.





