La princesa que renunció al príncipe y se quedó con el océano: Vaiana (2016)

El 10 de julio llega a los cines su adaptación con actores de carne y hueso —con la australo-samoana Catherine Laga’aia como protagonista y Dwayne Johnson repitiendo de demidiós—, lo que es excusa perfecta para volver al original de 2016 y preguntarse si resiste. Vaiana fue la película Disney que decidió que su princesa no necesitaba príncipe, que el destino puede ser el océano en lugar de un hombre, y que la voz de una actriz hawaiana de dieciséis años con cero créditos podía llevar dos horas de animación a sus espaldas sin que se notara el esfuerzo. Diez años y treinta y siete mil millones de minutos en streaming después —la cifra oficial de Disney+, que la convirtió en el título más visto de la plataforma entre 2020 y 2025—, la pregunta tiene respuesta.

La princesa que el mar eligió y el príncipe no apareció

Lo más importante que hizo Vaiana en 2016 fue decidir que su historia de amor iba a ser con el océano. No hay interés romántico: hay un demidiós con crisis de identidad que funciona como compañero de aventuras, un padre que no entiende a su hija y un mar que, literalmente, ha elegido a esta chica para una misión que nadie le ha explicado del todo. La protagonista, en manos de Auliʻi Cravalho —hawaiana, dieciséis años, primera película—, lleva ese peso con una naturalidad que no debería ser posible en un debut. Cravalho no hace la voz de princesa Disney: hace la voz de una persona concreta con una voluntad específica, y la diferencia entre las dos cosas es exactamente la diferencia entre una película que se olvida y una que se queda. Maui —Dwayne Johnson haciendo lo que sabe, que es ser más grande que el espacio que ocupa— es el contrapunto perfecto: un ego monumental que resulta ser una herida más monumental todavía, y cuyos tatuajes animados por Eric Goldberg narran su historia con más eficacia que varios de sus diálogos.

Lin-Manuel Miranda en el Pacífico Sur

Lin-Manuel Miranda escribió las canciones de Vaiana en el intermedio entre los ensayos de Hamilton, lo cual es el tipo de contexto biográfico que no explica el resultado pero tampoco resulta irrelevante. How Far I’ll Go es el número de apertura emocional de la película —el equivalente a Part of Your World o Let It Go— y cumple exactamente esa función: presentar a un personaje a través de lo que desea, no de lo que es. Lo que lo distingue es que el deseo de Vaiana no es abstracto sino geográfico: quiere cruzar la línea donde el océano se encuentra con el horizonte, y la canción tiene la precisión de quien sabe que los buenos deseos tienen dirección. El trabajo de Opetaia Foa’i y Te Vaka añade la textura de las tradiciones musicales polinesias que Miranda no habría podido fabricar solo, y el resultado es una banda sonora que suena a ningún otro musical de Disney. La excepción, y es una buena excepción, es Shiny: Jemaine Clement interpretando a un cangrejo gigante que vive rodeado de sus tesoros en el fondo del océano y que canta una balada glam rock de los setenta es exactamente tan absurdo como suena y exactamente tan eficaz.

La fórmula, por qué funciona y cuándo no

Vaiana sigue la estructura Disney con la fidelidad de quien no tiene intención de reinventarla: protagonista que quiere algo más que su vida actual, conflicto con la figura paterna, viaje iniciático, revelación de identidad, regreso transformado. Los críticos que señalaron esto en 2016 tenían razón. También tenían razón los que señalaron que la ejecución de esa fórmula es lo suficientemente sólida como para que el andamiaje no se vea. Lo que sí se ve, para quien quiera verlo, es que la mitología polinesia queda algo simplificada en la traducción: los dioses de Vaiana son más genéricos que los que pueblan las tradiciones maorí, hawaiana o samoana reales, y hay momentos en que la película prefirió la accesibilidad sobre la especificidad. No es un error fatal —el Oceanic Story Trust de asesores del Pacífico trabajó durante toda la producción para que el resultado fuera honesto—, pero sí es el lugar donde el deseo de Disney de hacer una película para todo el mundo deja sus huellas más visibles. Diez años después, Vaiana aguanta como lo que es: una película de animación bien ejecutada, con una protagonista que importa y una banda sonora que no desaparece. No es la mejor película Disney de su década, pero sí es la que más tiempo lleva siendo la favorita de alguien.