Dark Nights: Metal, Snyder y Capullo se despiden con el infierno a todo volumen
Hay una pregunta que cualquier creador que haya pasado cinco años construyendo algo debería poder responder antes de cerrar la puerta: ¿cómo terminas? Scott Snyder y Greg Capullo llegaron juntos a Batman en 2011, en el arranque del New 52, con la misión de demostrar que el personaje más sobreexpuesto de DC podía sorprender todavía. Lo hicieron. El tribunal de los búhos estableció una mitología de Gotham que la editorial no había tenido antes; Death of the Family convirtió al Joker en algo auténticamente aterrador; Zero Year reescribió el origen sin traicionarlo; Endgame mató a los dos protagonistas y al escritor que los manejaba en el mismo arco, con la elegancia de quien sabe que el punto final es parte del argumento. Cuando Snyder y Capullo volvieron para un último acto, la pregunta era si iban a atreverse a subir el volumen hasta donde la lógica de todo lo anterior parecía señalar. Dark Nights: Metal, publicado entre agosto de 2017 y marzo de 2018 y recogido en esta edición deluxe que agrupa los seis números de la serie principal, es la respuesta: no subieron el volumen. Lo pusieron a reventar.

El multiverso que nadie esperaba y que DC necesitaba
El concepto central de Metal merece explicarse antes de cualquier otra cosa porque es, simultáneamente, la mayor virtud del evento y el filtro que separa a los lectores que van a disfrutarlo de los que van a pedir que alguien les explique qué está pasando. Bajo el Multiverso de DC —los cincuenta y dos universos paralelos que la editorial ha codificado, expandido y colapsado a conveniencia durante décadas— existe el Dark Multiverse: un océano de realidades inestables nacidas de los miedos y los fracasos, universos de pesadilla que surgieron de un pensamiento torcido o de una elección catastrófica y que nunca debieron existir como tal. Snyder lo describe con una economía poética que el comic book mainstream raramente se permite: son los sueños malos de la creación, y hay un dios con cabeza de murciélago —Barbatos— que lleva eones intentando arrastrar todo lo demás hasta ese fondo.

Lo que Metal añade a esa premisa es la idea de que Batman ha sido marcado desde el principio. Que cada trauma, cada obsesión, cada metal raro con el que entró en contacto a lo largo de cincuenta años de historia —el electrum, el dionesio, el prometio, el Nth Metal, el batmanium— era una pieza de un ritual que Barbatos llevaba cocinando desde antes de que Bruce Wayne naciera. Toda la vida del personaje como patrón de invocación. Es una idea que requiere cierta disposición a aceptar la lógica del cómic de superhéroes en su versión más operística, pero para quien esté dispuesto a dar ese paso, la recompensa es considerable: convierte a Batman en algo más que el detective más preparado del mundo. Lo convierte en el punto donde la oscuridad del Multiverso encuentra su puerta de entrada, y la paradoja de que sea exactamente su obsesión por estar preparado para todo lo que lo hace tan útil a las fuerzas que quieren destruirlo tiene una densidad temática que va más allá del espectáculo.

Los siete Batman oscuros que Barbatos manda como vanguardia de la invasión —los Dark Knights— son la ejecución de esa idea en formato de pesadilla interactiva. Cada uno es un Bruce Wayne de un universo donde algo salió irremediablemente mal: el que adquirió la velocidad de Flash y fue consumido por ella, el que construyó una inteligencia artificial que se comió a Alfred y luego al resto del mundo, el que se infectó con el virus de Doomsday para detener a Superman y nunca salió de eso, el adolescente que encontró el anillo de Green Lantern en el momento de mayor rabia y oscuridad y no tuvo a nadie que lo corrigiera, el que robó el yelmo de Ares, el Bruce Wayne femenino que se convirtió en anfibio después de perder a su universo. Son conceptos que funcionan como pensamiento rápido —¿qué pasaría si?— llevados al extremo con la lógica inflexible de los cuentos morales. Ninguno tiene profundidad psicológica real, pero no la necesitan: su función es ser el horror de lo que podría haber pasado, y esa función la cumplen.

Y luego está el Batman que Ríe, que es una categoría aparte. Un Bruce Wayne que mató a su Joker y fue contaminado por la toxina que el cadáver liberó al morir: la fusión perfecta de los dos extremos del personaje, el que quiere el orden y el que disfruta el caos, mirando el mundo a través de gafas con pinchos y sin ninguna de las inhibiciones que cualquiera de los dos tenía por separado. Es el antagonista más memorable que el evento produce y, en retrospectiva, el personaje más duradero que Snyder creó en toda su etapa en Batman: dio lugar a su propia miniserie, contaminó crossovers posteriores y se convirtió en uno de los villanos más fotografiados en merchandising DC de la segunda mitad de la década. Que surgiera de este evento, casi de pasada, entre seis compañeros igualmente inverosímiles, dice algo sobre la densidad de ideas que Metal maneja incluso cuando el argumento no tiene tiempo de profundizar en ninguna de ellas.

El peso de la épica y el precio de la velocidad
El problema central de Metal —y es útil nombrarlo con claridad porque es un problema real, no un pretexto para el malhumor— es que el evento fue diseñado para vivirse en clave de saga y sufrió unos retrasos editoriales que rompieron ese ritmo en tiempo real. Los números cuatro y cinco llegaron tarde al quiosco, con semanas de distancia de los anteriores, y el acto medio de la historia —que de por sí es el tramo más dependiente del momentum, el que tiene que conectar la promesa del arranque con la resolución del final— acusó ese bache con una lentitud que en la lectura de los issues individuales podía desesperar. Leerlo ahora en el TPB, de un tirón, disuelve gran parte del problema: el segundo tramo sigue siendo el más irregular, con algunos momentos donde la escala aplasta al personaje y la Liga de la Justicia se convierte en una procesión de puntos de trama que avanzar, pero la distancia entre lo que se promete y lo que se entrega es mucho menor que el relato contemporáneo al lanzamiento sugería.

Lo que Snyder hace bien durante los seis números, y que en ocasiones se da por sentado porque es un territorio muy diferente al de su Batman más conocido, es el equilibrio tonal. Metal es deliberadamente heavy metal: maximalist, ruidoso, dispuesto a hacer que Batman monte a dinosaurio en la primera secuencia del primer número sin pedir perdón, lanzado hacia el espectáculo con la convicción de quien sabe que el lector adulto que lleva años siguiendo la run puede permitirse bajar la guardia intelectual y simplemente pasar un rato bien. El Snyder de El tribunal de los búhos era un escritor que construía sus grandes momentos con precisión quirúrgica y reservaba las revelaciones. El Snyder de Metal es un escritor que coloca todas sus mejores cartas sobre la mesa en el primer acto y confía en que el mundo que ha construido sea lo suficientemente sólido como para aguantar el peso. Esa apuesta no siempre funciona —la resolución final, con Batman y el Joker aliados recuperando el Tenth Metal para encadenar a Barbatos, tiene algo de deus ex machina que los apasionados de los finales cerrados encontrarán insatisfactorio— pero cuando funciona, lo hace con una generosidad que la ficción de superhéroes raramente se permite.

El regreso de Daniel Hall —Sueño, el personaje de los Endless de Neil Gaiman, en su primera aparición significativa en el universo DC post-New 52— es quizás el mejor ejemplo de esa generosidad. Aparece en el momento preciso en que el argumento lo necesita, hace exactamente lo que los fans de Sandman llevan años esperando que alguien le permita hacer en el DC Universe mainsteam, y desaparece sin overstay. Es una decisión de escritura de alguien que sabe que la sorpresa tiene fecha de caducidad y que el regalo pierde valor si se insiste demasiado en él.

Capullo y los colores del apocalipsis
Greg Capullo es el tipo de dibujante que la cultura del cómic mainstream trata con reverencia a veces excesiva, pero en Metal esa reverencia es proporcional al trabajo. Lo que tenía que dibujar —siete variaciones de un personaje que ya ha sido dibujado miles de veces, en entornos que van desde la tecnología de Gotham hasta realidades de pesadilla con su propia lógica visual, en una escala que incluye la Liga de la Justicia entera más una invasión interdimensional— era un encargo que habría exigido a cualquier dibujante la máxima concentración durante meses. Capullo lo resuelve con una solvencia que solo se consigue cuando se conoce el personaje con la intimidad de quien lo ha dibujado durante cinco años: cada Dark Knight tiene su propia silueta, su propio lenguaje corporal, su propia manera de ocupar el espacio en el panel. El Batman que Ríe en particular es un logro de diseño que debería estudiarse: reconociblemente Batman —la capa, la cowl, la postura— y al mismo tiempo irreconocible en todo lo que importa.

FCO Plascencia, el colorista que acompañó a Snyder y Capullo en toda la run, lleva aquí su trabajo a un territorio más extremo que el del Batman urbano que manejaba antes. La paleta del Dark Multiverse —purpuras, azules profundos, negros que nunca son del todo negros— contra la de la DC principal —más caliente, más primaria, más Kirby— crea una dicromía visual que hace que los cruces entre un mundo y otro se lean con inmediatez física, sin necesidad de texto que explique al lector dónde está en cada momento. Es un trabajo de color que sirve a la narrativa en lugar de decorarla, lo cual en el cómic de evento mainstream —donde el color a menudo se aplica como capa final sobre un trabajo ya terminado— es más raro de lo que debería ser.

Dark Nights: Metal no es la historia más matizada de Snyder con Batman. Es posiblemente la más ambiciosa. La diferencia importa: Snyder eligió terminar su etapa en el personaje no con el cierre íntimo de quien recoge la vajilla con cuidado sino con el del que tira la mesa entera y prende fuego al mantel. El Dark Multiverse se convirtió en parte permanente de la mitología DC y sigue dando material todavía. El Batman que Ríe se convirtió en uno de los villanos más reproducidos de la siguiente década. Y el Source Wall, el muro que delimitaba los bordes del Multiverso, terminó destruido, expandiendo el universo hasta donde ninguna historia anterior había llegado. Puede que no sea la forma más elegante de poner un punto final, pero como declaración de intenciones de dos personas que decidieron que si se iban se iban haciendo ruido, resulta difícilmente discutible.





