Humo, gritos y juicios sumarísimos: ‘Cortafuego’ o cómo quemar un thriller en Netflix
David Victori vuelve a la carga con una premisa de supervivencia extrema que, a pesar de contar con un reparto de lujo, termina asfixiándose entre clichés, comportamientos inverosímiles y una tensión que se diluye antes de que llegue la primera llama.
Un escenario asfixiante bajo la firma de Victori
Hay algo irónico en que la nueva película de David Victori se titule ‘Cortafuego’. El director de la notable ‘No matarás’ intenta aquí construir un thriller psicológico de alta combustión, pero el resultado es una cinta que se queda sin oxígeno a mitad de camino. La premisa tiene el gancho clásico de la «N roja»: Mara (Belén Cuesta), una viuda que viaja con su familia a un bosque para cerrar heridas, se ve atrapada en un incendio forestal masivo mientras su hija pequeña desaparece. Es el escenario perfecto para un descenso a los infiernos, una suerte de ‘Prisioneros’ (Denis Villeneuve) bajo una lluvia de ceniza.

El dilema moral frente a la paranoia ciega
El gran problema de la película no es su atmósfera, que resulta inmersiva gracias a un diseño de sonido opresivo y un uso inteligente del humo como elemento de aislamiento, sino su guion. En cuanto la pequeña Lide se pierde, la película entra en un bucle de decisiones irracionales que agotan al espectador. El personaje de Joaquín Furriel —quien se confirma como un animal interpretativo— encarna la violencia ciega de quien busca una confesión a base de tortura, pero el ensañamiento con el guardabosques (Enric Auquer) se siente forzado. Auquer, siempre excelente en su ambigüedad, interpreta a un ermitaño con rituales espirituales que el guion utiliza como mera carnaza para justificar el maltrato, dejando tramas abiertas que nunca llegan a puerto.

Cuando el grito anula la tensión
A medida que el fuego avanza, la cinta se convierte en un festival de gritos y paranoia que resta profundidad al debate moral que pretende plantear. Se nos pregunta qué estaríamos dispuestos a hacer por un hijo, pero cuando la respuesta es comportarse de forma absurda, la empatía se rompe. La niña, más que un personaje, funciona como un diabolus ex machina cuya única función es complicar la trama de la manera más inverosímil posible, restando credibilidad a la urgencia de la búsqueda.

Un desenlace que se apaga antes de tiempo
El final, extrañamente apresurado y carente de consecuencias reales para los actos atroces cometidos durante la noche, termina por apagar un incendio que prometía arrasar con todo. No hay un coste moral proporcional a la violencia ejercida, lo que deja al espectador con una sensación de vacío. Es un thriller competente para una tarde de domingo, pero queda la amarga sensación de que, teniendo a Belén Cuesta y Enric Auquer frente a frente, Victori ha desperdiciado el fósforo en un bosque que nunca llega a arder de verdad.






