Una amenaza para tres arácnidos, una pérdida para la eternidad: Spider-Man: No Way Home

Cuando el MCU introdujo a Peter Parker en Captain America: Civil War en 2016, tomó la decisión consciente de saltarse el origen. No había tío Ben, no había laboratorio de Oscorp, no había mordedura de araña: el chico ya era Spider-Man cuando Tony Stark llamaba a su puerta, y la audiencia que había visto dos trilogías anteriores no necesitaba que nadie le explicara cómo. Lo que esa decisión aplazaba sin decirlo era la otra mitad del origen: no el accidente que da los poderes, sino la pérdida que convierte al chico con poderes en el héroe que asume la responsabilidad de usarlos. Esa escena —la que todas las versiones anteriores habían filmado en el primer acto— No Way Home (2021) la reservó para el tercer acto de la tercera película, la puso en boca de la persona equivocada según el canon y la ejecutó de un modo que hace que todas las versiones previas del mismo momento suenen ensayadas a su lado. Es la decisión más inteligente que Jon Watts tomó en la trilogía, y lo es precisamente porque requería haber filmado veinte horas de metraje previo para que funcionara.

El origen que nadie había hecho, o lo que pasa cuando la tía May sustituye al tío Ben

Marisa Tomei lleva dos películas y media siendo la tía May más joven, más guay y menos canónica de la historia del personaje: la que va a los congresos de activismo, la que coquetea con Happy Hogan, la que trata a Peter más como hermana mayor que como figura de autoridad. Esa caracterización, que durante dos películas pareció una excentricidad del MCU sin mayor consecuencia narrativa, resulta ser la inversión a largo plazo más calculada de toda la trilogía. Cuando el Duende Verde la ataca y May, moribunda en los brazos de Peter, le dice que «con un gran poder debe llegar también una gran responsabilidad» —la frase que en el canon lleva siempre el tío Ben, el muerto antes de que empiece la acción, el fantasma que el héroe porta desde el primer fotograma—, el efecto no es la ilustración de una máxima conocida sino la ruptura de algo real. Holland lleva tres películas construyendo la relación con ese personaje. La audiencia también. La escena no necesita presentar al muerto ni explicar el peso de la pérdida porque todo eso ya está en el terreno sembrado antes. Es el origen de Spider-Man filmado con la acumulación de tres películas detrás, y golpea de una forma que ningún tío Ben ha golpeado en ninguna versión anterior, porque ninguno tenía ese recorrido.

Los villanos: lo que Willem Dafoe desequilibra deliberadamente y con razón

No Way Home trae de vuelta a cinco villanos de las dos trilogías anteriores, y la honestidad intelectual de la película consiste en no pretender que los ha tratado a todos igual. El Hombre de Arena de Thomas Haden Church y el Lagarto de Rhys Ifans existen fundamentalmente para dar cuerpo al grupo y para recibir la cura que Peter ha decidido administrar antes de devolver a nadie a su universo: tienen presencia pero no peso, participan pero no importan. Jamie Foxx como Electro tiene más que decir que en The Amazing Spider-Man 2 —no es difícil—, pero sigue siendo un personaje que el guion resuelve con el rediseño visual y poco más. Alfred Molina como el Doctor Octopus es otro asunto: su primera escena, con el «diálogo» entre los tentáculos que intentan dominarlo y el científico que todavía está ahí dentro, es lo más cercano al cine de personajes que la película se permite fuera del tramo final. Y después está Willem Dafoe. El actor puso una condición para volver como el Duende Verde: nada de cameo, nada de aparecer dos escenas para completar el cartel. Quería acción, quería hacer sus propias escenas de combate porque eso era lo que le daba acceso real al personaje, y consiguió exactamente eso. El resultado es que el Duende Verde de No Way Home es físicamente aterrador de un modo en que el de 2002 no llegó a ser: Dafoe a los sesenta y seis años haciendo sus propios stunts, la dualidad Norman Osborn / Goblin resuelta en el mismo rostro sin máscara, la escena en el apartamento donde los ojos cambian y el personaje baja dos registros en el mismo plano. Es el mejor villano que el MCU ha tenido en el personaje, y funciona precisamente porque el actor entendió que no venía a rendir homenaje a su trabajo anterior sino a terminarlo.

Tres hombres-araña en un apartamento, y el momento en que Andrew Garfield salda una deuda de nueve años

La secuencia en la que los tres Peter Parker comparten escena por primera vez —comparando poderes, comparando traumas, comparando cuánto duele ser Spider-Man en cada universo— es la mejor razón para ver No Way Home en el contexto de la franquicia entera, y la segunda mejor razón para verla sin ese contexto. El guion hace algo poco habitual con el material de fan service: lo usa para hablar del personaje en lugar de simplemente celebrarlo. El Peter de Maguire es el mayor, el que ha cargado el peso más tiempo y lleva la serenidad de quien ya no tiene nada que demostrar. El de Holland es el más joven, el que está en el peor momento de su historia y al que los otros dos funcionan como imagen de lo que puede llegar a ser. El de Garfield es el del medio, y es el que la película convierte, inesperadamente, en su momento emocional más honesto. Cuando MJ cae y el Spider-Man de Garfield la atrapa —sin dudar, con precisión, con la técnica de alguien que ha ensayado mentalmente ese momento durante nueve años— las lágrimas que le siguen no son del personaje abstracto sino de alguien que en The Amazing Spider-Man 2 no llegó a tiempo para salvar a Gwen Stacy y que acaba de saldar esa deuda con el universo equivocado. Es la escena más pequeña y más verdadera de la película, y funciona porque nadie la anuncia: ocurre y se va, y la mitad de la sala la entiende en el momento en que pasa.

La película termina con Peter Parker eligiendo el único final que cerraba de verdad la trilogía y abría la siguiente: Strange borra a Peter de la memoria de todos, y el chico que empezó siendo el protegido de Tony Stark termina siendo un desconocido sin dinero, sin amigos que lo recuerden, sin plaza en la universidad y sin nadie que sepa su nombre. Es el final más oscuro que ha tenido el personaje en pantalla, y es el único que hacía posible Brand New Day.