Mundo en peligro, rutina en viñetas: ‘Assorted Crisis Events Vol. 1’ es la sorpresa más fresca del año

Assorted Crisis Events llega en 2025 con la imagen más absurda y más honesta de lo que siente vivir ahora mismo: el tiempo se ha roto, los cavernícolas comparten vagón de metro con los oficinistas, los soldados del futuro piden permiso para salir de servicio en el mismo bar donde beben los debutantes victorianos, y el autobús de las tres y cuarto ha tomado un desvío incorrecto en dirección al Neolítico. Image Comics lleva cinco números publicando una antología mensual protagonizada exclusivamente por personas normales atrapadas en catástrofes temporales que nadie puede explicar del todo, y el primer tomo recopilatorio —que volvió a imprenta varias veces tras los reconocimientos de fin de año— demuestra que la imagen absurda era lo de menos. Lo que Deniz Camp y Eric Zawadzki están haciendo en estos cinco números es algo bastante más difícil: usar el colapso del tiempo como metáfora del único estado de ánimo que el mundo contemporáneo no deja de renovar, y hacerlo con la disciplina formal de quien sabe que una gran idea sin estructura es simplemente un gran desorden.

El tiempo como pretexto: lo que Deniz Camp está contando en realidad

Camp no está escribiendo ciencia ficción sobre catástrofes temporales. Está escribiendo sobre lo que le pasa a gente concreta cuando el mundo en el que viven no tiene ya ninguna coherencia interna. Ashley, la protagonista del primer número, intenta reparar el reloj heredado de sus padres muertos mientras su barrio se convierte simultáneamente en el plató de una película posapocalíptica y en el escenario real de una catástrofe que nadie sabe distinguir de la ficción. El reloj roto es lo primero que el lector entiende y lo último que se olvida. El segundo número, Slaughterhouse 9-5, mete a un trabajador de un matadero —se llama Jesús, y el nombre no es accidental— en una historia sobre el coste humano de los sistemas que procesan vida como si fuera materia prima, con los canales entre viñetas saturándose de sangre conforme avanza el relato hasta que el formato mismo se convierte en argumento. El tercero construye dos ciudades idénticas en dos planetas distintos en proceso de extinción, abre una puerta entre ellas y deja que sus habitantes se enfrenten a la pregunta más incómoda del subgénero de refugiados: ¿qué pasa cuando el prójimo al que no quieres ayudar es literalmente una versión alternativa de ti mismo? Camp es explícitamente didáctico en esa historia y no se disculpa por ello. El cuarto número comprime sesenta años de vida en seis días. El quinto cierra la colección con una secuencia en cinta de Möbius que el cómic es el único medio capaz de hacer exactamente así. Cada número tiene su premisa, su personaje y su tono propio. Camp los conecta no por trama sino por temperatura: la de un mundo que procesa más catástrofes de las que puede digerir y que ha aprendido a seguir funcionando como si eso fuera normal. La comparación con Black Mirror es la más justa que se puede hacer: misma frialdad, mismo rigor formal, mismo modo de usar lo imposible para hacer preguntas que la realidad pura no permite formular con la misma claridad.

Eric Zawadzki y el problema de cómo se ve el tiempo cuando se rompe

Zawadzki hace algo que los ilustradores de series de antología raramente intentan: cambia de registro visual de número a número sin perder la coherencia del conjunto. La maquetación circular que describe el trauma en bucle de la protagonista del primer número no parece el mismo tebeo que la saturación progresiva del matadero del segundo, que a su vez no parece el mismo tebeo que el paralelismo simétrico y especular de las dos ciudades del tercero. Lo que los une es la disposición a que el formato haga el trabajo narrativo: el espacio entre viñetas no es neutro en ningún número de esta colección, y la cinta de Möbius del quinto es la cima formal de un volumen que lleva cuatro números construyendo hacia ella sin que el lector sepa que eso es lo que está pasando. Jordie Bellaire, que es la colorista que el cómic necesita exactamente donde está, usa el color no para decorar sino para orientar: en los momentos de mayor distancia emocional, la paleta se retira y deja que el dibujo de Zawadzki respire con un solo color de apoyo; en los de mayor presión, vuelve con la intensidad calculada de quien sabe exactamente cuánto puede apretar antes de que se rompa la credibilidad. Hassan Otsmane-Elhaou rotula los estados mentales tanto como los diálogos: la tipografía que se fragmenta cuando la protagonista pierde el hilo, el espacio entre palabras que se expande cuando el personaje no sabe qué está mirando. El tomo funciona también como un catálogo de lo que el cómic puede hacer con sus herramientas específicas cuando los cuatro miembros del equipo creativo están hablando el mismo idioma sin que ninguno de ellos tenga que explicarlo.

La temperatura del conjunto y el debate que el primer tomo no cierra

La crítica más lúcida que se le puede hacer a este volumen es también la más incómoda para quien ha disfrutado los cinco números: el formato de antología, que es la mayor fortaleza de la serie, es también su mayor limitación estructural. Los personajes de Camp existen para ilustrar ideas —sobre el trabajo, sobre la inmigración, sobre la mortalidad, sobre cómo vivir cuando el mundo no para de colapsar— y las ilustran con precisión y con honestidad, pero el tiempo que tienen en pantalla no es suficiente para que se conviertan en alguien a quien echar de menos cuando se cierra el libro. Ashley, Jesús, los residentes de las dos ciudades, el hombre que envejece sesenta años en una semana: son funciones narrativas de alta calidad antes que personas. Camp lo sabe y la apuesta es consciente: que la idea valga más que el personaje, que el lector conecte con el malestar antes que con el individuo. En cuatro de los cinco números la apuesta sale bien. En el segundo, el más agresivo formalmente, la distancia calculada entre el lector y lo que está pasando en la página produce en algún momento algo más parecido al alejamiento que a la reflexión, y eso es el único punto en el que el volumen no termina de convencer del todo. El primer tomo de Assorted Crisis Events es un objeto irritante en el mejor sentido posible: un cómic que no te deja cómodo donde estás, que te niega la satisfacción fácil y que te exige algo a cambio de bastante más de lo que la mayoría de las series de su presupuesto y su distribución ofrecen. Que haya encontrado la audiencia que los primeros números no tuvieron sugiere que el cómic ha llegado a quienes podían apreciarlo correctamente. Los demás tendrán que decidir si el tiempo que se rompe en sus páginas les parece un espejo o un desastre.