Un Centinela supera su programación para hacer el bien: ‘Ultimate Wolverine vol. 2: Logan’

El primer volumen de Ultimate Wolverine estableció una premisa que hacía una sola cosa bien y la hacía con suficiente convicción como para justificar todo lo demás: convertir a Logan en el Soldado de Invierno de la Tierra Ultimate, el arma sin memoria de una República Euroasiática que lleva años usándolo como instrumento de control político y eliminación selectiva, con Colossus, Magik y Omega Red como sus carceleros. El segundo volumen —que recoge los números siete al doce de la serie escrita por Christopher Condon con dibujo de Alessandro Cappuccio— hereda esa premisa en el momento en que Logan empieza a recuperar lo que le han quitado: la memoria, el nombre, la capacidad de decidir si el siguiente hombre al que tiene enfrente merece lo que el Soldado de Invierno va a hacerle. Los seis números del volumen son la historia de esa recuperación y de lo que Colossus y Magik —que llevan el mismo tiempo que Logan siendo las armas de alguien que tampoco los merece— están dispuestos a hacer para que no llegue a completarse. Hay dos o tres momentos que justifican el conjunto y un pacing que el conjunto no siempre sabe gestionar, y esa tensión entre los momentos brillantes y el tempo irregular define lo que este volumen es.

El Soldado y el Centinela

Los tres primeros números del volumen son los que más trabajan la parte interior de la historia: Logan recuperando fragmentos de sí mismo mientras la Oposición —el grupo mutante que lo ha sacado del control euroasiático— intenta convencerlo de que puede ser más que lo que le han hecho. El séptimo número es donde ese arco emocional empieza a cobrar velocidad, el octavo lo acelera con la aparición del Ángel Ultimate —diseñado como algo que el cuerpo no puede procesar antes de que la mente decida si tiene miedo, pesadilla pura convertida en viñeta— y en conjunto los dos establecen el registro de amenaza que el volumen necesita para que la recuperación de Logan tenga algo real contra lo que medirse. El noveno número es, por distancia, el más inteligente de los seis: la Oposición ataca una fábrica de Master Mold donde los Centinelas están siendo ensamblados con partes de mutantes —el horror corporal como política de exterminio, la imagen más oscura que la Tierra Ultimate ha producido sobre qué significa ser mutante en este mundo—, y Logan se encuentra en esa fábrica con un Centinela que ha superado su propia programación para hacer el bien. Condon no lo dice en voz alta. No tiene que decirlo: un Centinela que supera lo que le han inscrito en el código para decidir quién quiere ser es exactamente la pregunta que Logan lleva nueve números haciéndose sobre sí mismo, y el hecho de que esa respuesta llegue dentro de un número que es, estructuralmente, una historia de acción de un solo episodio, dice mucho sobre la clase de escritor que Condon está siendo en esta serie.

Lo que Cappuccio hace con el cuerpo

Alessandro Cappuccio es el argumento más constante e ininterrumpido a favor de esta serie. Su línea —densa, expresiva, capaz de sostener la escala de un Centinela demoliendo una instalación industrial y el primer plano de Logan procesando un recuerdo que acaba de volver sin haberlo pedido— define el tono de Ultimate Wolverine con más precisión que cualquier elección narrativa del guion. Matthew Valenza al color entiende que una serie que transcurre entre la República Euroasiática, el Hollow Earth y las instalaciones militares de la Oposición necesita que cada espacio tenga su propia temperatura: la paleta fría de los interiores gubernamentales, la saturación casi tóxica de las secuencias de berserker, la oscuridad específica de los números donde Logan no ha terminado de decidir quién es. El octavo número es el que muestra con más claridad lo que este equipo puede hacer cuando el material les da espacio: la acción no está ahí para verse bien, está ahí para decir dónde está Logan en ese momento, y Cappuccio lo codifica en la postura, en el ángulo de cámara, en la cantidad de página que ocupa el cuerpo del personaje según si está siendo el Soldado o está siendo Logan. Cory Petit al lettering tiene un momento en el número nueve —el aullido de berserker en rojo sangre dentado— que es la decisión tipográfica más eficiente de todo el volumen.

Los Rasputin, el final y lo que queda sin resolver

Los tres últimos números llevan el peso de dos arcos simultáneos que no siempre tienen espacio suficiente para los dos: Logan ejecutando su venganza contra los que lo han tenido encadenado, y Colossus y Magik respondiendo a la muerte de Omega Red con la lógica de gente que lleva demasiado tiempo en una guerra para permitirse el lujo del duelo antes de terminar lo que tienen entre manos. El número once es el emocionalmente más denso del conjunto: Mikhail Rasputin dando un discurso revolucionario a su pueblo sobre ganarse la confianza de los que mandan, Wolverine pilotando un Centinela reprogramado para defender la base de la Oposición, la última página llegando como un golpe que el volumen lleva cinco números construyendo. El doce cierra el arco con el asalto de Logan a la capital euroasiática —brutal, directo, visualmente espectacular— y la aparición de Jean Grey como señal de que lo que viene en The Ultimates ya está empezando a tomar forma. El final puede leerse de dos maneras igual de honestas: como una resolución contenida que es la respuesta correcta para un personaje cuya historia sigue sin terminar, o como un desenlace que no está a la altura de lo que seis números de acumulación habrían podido pagar. Que esa ambigüedad exista es el síntoma más preciso de un problema que el volumen no resuelve: el pacing irregular que impide que ciertos momentos respiren el tiempo que merecen. Es la nota discordante de una serie que en todo lo demás sabe exactamente lo que es.