Epting dibuja la conspiración, Bendis la teje y tiene el buen gusto de no resolverla: Action Comics vol. 2: Leviathan Rising

El primer arco de Brian Michael Bendis en Action Comics —la saga de la Mafia Invisible, recogida en el volumen anterior— era un thriller criminal que usaba Metrópolis como ciudad con el crimen organizado cosido a sus entrañas. Leviathan Rising gira ciento ochenta grados y decide que, si el primer volumen jugaba a la novela negra urbana, este jugará al espionaje internacional: alguien está desmantelando sistemáticamente todas las organizaciones de inteligencia del universo DC. ARGUS, la DEO, Checkmate, Spyral —la arquitectura entera del ecosistema de seguridad del universo compartido— cae una tras otra ante una fuerza llamada Leviathan cuya identidad, sus métodos y, sobre todo, sus razones permanecen deliberadamente opacos durante los cinco números que componen el volumen. La decisión de tono es tan radical que podría haber roto el ritmo de la etapa. Lo que la sostiene son dos dibujantes elegidos con precisión quirúrgica y un guionista que, cuando se lo propone, sabe construir un misterio sin la urgencia de desvelarlo antes de tiempo.

El giro de registro y lo que Epting aporta que el arco necesitaba

Steve Epting dibuja espionaje como si hubiera nacido para ello, que en cierta forma es lo que su carrera sugiere. Su aproximación al material es fotorrealista y oscura, con una composición que favorece los encuadres que insinúan antes que mostrar: sombras que llegan antes que los personajes, fondos completamente realizados que sitúan las escenas con una geografía física concreta, y una capacidad para la transición entre lo espectacular y lo íntimo que resulta decisiva en un arco que combina la destrucción de organizaciones enteras con conversaciones en un despacho que importan tanto como cualquier batalla. El intercambio entre Lois Lane y su padre, el general Sam Lane, es el mejor argumento posible a favor de esa segunda capacidad: una escena sin acción, construida puramente sobre el peso de lo que dos personas se dicen cuando llevan años sin decirse la verdad, y Epting le da una textura visual —encuadres de espionaje clásico, iluminación que subraya sin subrayar— que la eleva por encima de lo que el diálogo solo podría sostener. El colorista Brad Anderson completa el trabajo con una paleta que oscila entre el azul frío de las operaciones encubiertas y el rojo cálido de los momentos que el personaje de Superman reconoce como suyos. El resultado es que los cuatro primeros números del volumen tienen un aspecto coherente y deliberado que no es el de Action Comics en ninguna otra etapa reciente.

Cómo Bendis construye el misterio de Leviathan

La mecánica narrativa central del arco es la de la pregunta que multiplica sus respuestas posibles sin resolverse. Bendis alimenta la incertidumbre del lector no a través de revelaciones sino a través de la acumulación de sospechosos plausibles: Adam Strange funciona como el candidato más visible y, por esa razón, como el señuelo más efectivo; Amanda Waller tiene el perfil; incluso Jimmy Olsen —cuyo tratamiento es uno de los aciertos más notables del volumen, rescatado como periodista de investigación competente con algo de Tintín en la manera en que persigue la historia— aparece en el tablero. Bendis usa técnicas de resumen que podrían parecer perezosas pero resultan elegantes: páginas de apertura que presentan mensajes de teléfono, escritorios desordenados, tablones de notas con hilos que conectan puntos —el lenguaje visual de la conspiración procesada como diseño gráfico—, y esa formalidad visual hace explícita la lógica del misterio sin necesidad de explicarla con texto. Superman y Lois Lane, reunidos como pareja y como equipo de trabajo, funcionan como unidad narrativa en lugar de dos personajes cuyas vidas se intersectan: ella investiga desde el periodismo, él desde la capacidad de entrar donde los demás no pueden, y la complementariedad es real en lugar de cosmética. Que Bendis haya decidido tratar a Lois Lane como co-protagonista activa y no como personaje de apoyo emocional es, en contexto de lo que los guionistas anteriores habían hecho con ella, una decisión política disfrazada de elección narrativa.

Paquette al cierre, la descompresión y lo que el cliffhanger decide hacer

Yanick Paquette llega al número final del arco y cierra con un acabado que no rompe el registro establecido por Epting —lo que en un volumen con dos artistas no es un logro menor— y que añade su propia precisión en la composición de página. Su trabajo con los personajes tiene el mismo compromiso con las ubicaciones físicamente realizadas que Epting, y la transición entre los dos no genera la fricción que un cambio de mano a mitad de arco podría producir. La queja más legítima que el volumen genera es la del ritmo: Leviathan Rising está construido para la relectura en trade y el lector que lo siguió número a número sabe que hubo semanas en que la historia avanzaba dos páginas. La descompresión bendisiana es un rasgo conocido y documentado, y aquí aparece con más evidencia de lo habitual en los números centrales, donde la densidad de la trama espía debería generar urgencia pero produce en cambio una elaboración que necesita el conjunto para respirar. El cliffhanger —la cara de Leviathan revelada, su nombre guardado— es una decisión que puede leerse como frustración manufacturada o como elegancia narrativa dependiendo de tu disposición hacia la ficción serializada. Lo que no es es accidental: Bendis sabe exactamente qué preguntas deja sin responder y cuáles responde antes de que el crossover de Event Leviathan tome el relevo. El volumen es un tráiler extraordinariamente bien construido para algo más grande, y tiene suficiente sustancia propia para que esa función no sea su única razón de existir.