El Hombre de Acero descalzo y furioso: Absolute Superman Vol. 3: The Neverdending Begins
Durante décadas, la industria del cómic ha vivido obsesionada con una misma encrucijada: cómo hacer relevante al héroe definitivo en un mundo que hace tiempo dejó de creer en las utopías. Quitarle los calzoncillos rojos, forrarlo de armaduras recargadas o revestirlo de un mesianismo cínico fueron solo parches temporales para una crisis de identidad corporativa. La respuesta que Jason Aaron ha consolidado en la línea más radical de DC Comics es tan desarmante como salvaje: para salvar al personaje no había que añadirle capas de épica moderna, sino arrebatarle absolutamente todo.
Absolute Superman Vol. 3: The Neverending Begins —que recopila de forma milimétrica los números 15 al 21 de la edición americana— funciona como la consagración absoluta de este experimento. Aquí no hay rastro del niño mimado de Smallville criado bajo la luz reconfortante de un granero de Kansas; este Kal-El es el hijo desahuciado de una estirpe de obreros siderúrgicos kriptonianos que pisó la Tierra con los puños cerrados y los pies llenos de barro. Tras las secuelas sísmicas de la Batalla de Kansas, este arco confirma que la cabecera no era una maniobra de marketing pasajera, sino una de las deconstrucciones políticas y mitológicas más estimulantes que ha parido el género en años.

El vagabundo que vigila las fábricas
El arranque de este arco, capitaneado artísticamente por el trazo oscuro y texturizado de Juan Ferreyra, marca un punto de inflexión brutal en la escala del personaje. Aaron aleja la lente de las invasiones alienígenas para posarla en las alcantarillas de un capitalismo desbocado, controlado por corporaciones sin escrupulos. El enfrentamiento contra el Juguetero en una fábrica textil en llamas es una declaración de intenciones rabiosa donde no hay espacio para la diplomacia pulcra ni para las ruedas de prensa en Metropolis.
Este Superman se comporta como un espectro de la venganza de la clase trabajadora: no amenaza con entregar al magnate a las autoridades, sino con quemar los cimientos de su imperio si vuelve a morir un solo menor en sus líneas de ensamblaje. El impacto visual de su capa sirviendo de dique para un vertido industrial mientras camina entre las cenizas define a la perfección la tesis del volumen: el héroe ha dejado de ser el guardián del statu quo para convertirse en el último bastión de los desamparados.

Monstruos con maza y divinidad en el fango
La irrupción de Rafa Sandoval en los lápices durante el tramo central devuelve la narración a esa escala operística y visceral de la que el dibujante español es maestro absoluto. La historia no se adormece en la crítica social y se sumerge en los restos del universo clásico, introduciendo una versión atroz del Parásito y una alianza tan tensa como física con un Hombre Halcón despojado de toda elegancia mitológica.
Sin embargo, el verdadero clímax visual llega con la profanación del mito de la magia y el despertar del sarcófago del legendario Rey Shazam. Aaron subvierte la idea del niño que se transforma en dios por un deseo de libertad para entregarnos a un monarca demente, moldeado por tres milenios de cautiverio. El choque entre ambos colosos en la superficie lunar es un despliegue cinético salvaje que aprovecha las páginas dobles como impactos de demolición, donde los cuerpos sangran y las divinidades se arrastran por el fango espacial.

La esperanza nace cuando se pierde el cielo
Lo que eleva a este tercer arco por encima de la mera espectacularidad es su absoluta honestidad intelectual. Existía el temor real de que un Superman sin la calidez de su familia adoptiva y movido por la rabia terminara convertido en otra imitación ramplona de tirano fascista. Sin embargo, Aaron esquiva la trampa utilizando el desenlace de la batalla contra Shazam para recordar cuál es la verdadera naturaleza inamovible del Último Hijo de Kriptón.
Incluso cuando se le despoja del santuario de la Fortaleza de la Soledad y de la mirada protectora de su entorno, la compasión sigue siendo su superpoder definitivo. Kal-El no busca aniquilar al esclavo enloquecido que tiene enfrente, sino obligarlo a recordar el dolor del niño que fue antes de que la corona le corrompiera el alma. Este héroe no rescata al mundo desde las alturas de un pedestal divino; lo sostiene desde abajo, empujando con la espalda rota y los dientes apretados.

El reflejo donde debe mirarse el cómic moderno
Este tercer volumen confirma que la serie se ha convertido en el espejo donde el cómic de superhéroes contemporáneo debería mirarse para recuperar la tracción cultural perdiéndose en el camino. Ya no hacían falta más reinicios de continuidad, retcones tramposos ni fuegos artificiales multiversales para salvar la relevancia de la franquicia. Bastaba con recordar la lección básica del mito arquetípico.
El trabajo de Aaron, Sandoval y Ferreyra demuestra que un hombre de acero solo es verdaderamente inspirador cuando el lector siente la vulnerabilidad de sus heridas. Teniendo la fuerza bruta necesaria para mover la luna de un golpe, este nuevo Superman prefiere usar sus manos desnudas para curar las grietas de los que no tienen absolutamente nada que perder.





