‘Resident Evil’ (2002), la película que prefirió la acción al terror y, contra pronóstico… funcionó
La versión de Resident Evil que Zach Cregger estrenó en septiembre de 2026 abrió con ciento ocho millones de dólares en su primer fin de semana mundial, batiendo todos los récords de la franquicia y confirmando que la IP tiene suficiente gasolina para seguir funcionando veinticuatro años después de que Paul W.S. Anderson la pusiera en marcha. Anderson estrenó su película el 15 de marzo de 2002, con un presupuesto de treinta y tres millones de dólares y la certeza de que lo que iba a hacer con el videojuego de Capcom no era exactamente lo que los fans del videojuego de Capcom habían imaginado. Tenía razón, y eso fue exactamente la película: el resultado correcto de una decisión incorrecta para los puristas, y la base de una saga que recaudó mil trescientos millones de dólares a lo largo de seis entregas.

La decisión de no ser Romero
La historia de Resident Evil empieza antes de Anderson. George A. Romero —el padre del cine de zombis moderno, el hombre que en 1968 inventó las reglas del género que la franquicia de Capcom codificó en forma de videojuego en 1996— fue el guionista original del proyecto. Escribió entre cinco y seis borradores que respetaban los personajes del juego: Chris Redfield, Jill Valentine, la mansión Spencer, la estructura de survival horror donde el aislamiento y los recursos limitados son tan letales como los no-muertos. Constantin Film lo despidió. Los ejecutivos querían otra cosa: más acción, menos terror, un personaje nuevo que no cargara con el equipaje de la historia de los juegos. Anderson desarrolló un guion con el título provisional de «Undead» y construyó desde cero a Alice, una protagonista sin contrapartida en el material fuente cuyo nombre —como el de la Reina Roja que la enfrenta— es un guiño explícito a Lewis Carroll. La operación no es sutil, pero la película tampoco pretende serlo: Resident Evil sabe desde el principio que es una película de acción con estética de terror, y dedica todos sus recursos a ser esa cosa en lugar de intentar ser también otra. La Colmena —el laboratorio subterráneo de Umbrella Corporation bajo Raccoon City— es el escenario perfecto para esa decisión: un espacio cerrado, progresivo, con reglas propias y una cuenta atrás que organiza la tensión sin necesitar el ritmo de exploración que caracterizaba los juegos. Anderson no filmó Raccoon City. Filmó un entorno de acción con ropa de Raccoon City, y esa honestidad de propósito es lo que explica que la película funcione en sus propios términos incluso cuando falla en los términos que sus detractores le aplican.

El corredor láser y el diseño de producción
La secuencia más memorable de la película —la que convirtió Resident Evil en referencia de diseño de acción de principios de los dos mil— no la protagoniza Alice. La protagoniza el comandante One, interpretado por Colin Salmon, y lo que le ocurre en el corredor de seguridad de la Colmena es la versión más limpia de lo que Anderson hace bien: geometría mortal con lógica de videojuego. Los láseres del sistema de defensa cortan en patrones cada vez más complejos, la trampa se cierra con una precisión casi elegante, y el resultado es una muerte por sección que la película filma sin mirar hacia otro lado y sin tampoco regodearse. Es el tipo de secuencia donde el diseño de producción y el montaje trabajan juntos a la misma velocidad, y Alexander Berner —editor de la película— le da el ritmo exacto que necesita antes de que la sala pueda respirar.

El rodaje se realizó íntegramente en Berlín: los Adlershof Studios, el U-Bahnhof Bundestag, una kaserma desafectada en Krampnitz. El presupuesto de treinta y tres millones tenía que rendir en espacios que parecieran una instalación científica futurista, y la decisión de trabajar en locaciones reales en lugar de decorados puros le da al film una solidez visual que las producciones más caras del mismo período a veces no conseguían. La fotografía de David Johnson tiene la frialdad fluorescente que pide el interior de un laboratorio y la oscuridad justa para que los Lickers —las criaturas del tercer acto, más ágiles y más difíciles de matar que los zombis estándar— parezcan amenazas y no efectos especiales mirándose a sí mismos. La banda sonora que Marco Beltrami compuso junto a Marilyn Manson —electrónica, industrial, construida sobre capas de distorsión— es la otra decisión que define el tono: no es la música de una película de terror. Es la música de una película que quiere que el espectador se mueva en el asiento.

Jovovich, Rodríguez y lo que la película pide de sus actores
Resident Evil no le pide a sus actores que construyan personajes complejos. Le pide que construyan presencias físicas creíbles en un entorno de acción y que lo hagan con la convicción suficiente para que el espectador no pregunte demasiado por el porqué de nada. Milla Jovovich, que entrenó artes marciales específicamente para el papel con el actor Robin Shou, entrega exactamente lo que la película necesita: una Alice que funciona primero como cuerpo —alguien que se mueve a través del peligro con la eficiencia de quien ha recuperado el instinto antes que la memoria— y después como punto de identificación emocional en los pocos momentos en que Anderson le pide eso al personaje. La amnesia del arranque es un recurso narrativo que en manos de un guionista más ambicioso habría producido algo más rico, pero Anderson la usa con honestidad: no para explorar la identidad de Alice sino para gestionar la información que el espectador recibe al mismo tiempo que el personaje.

Michelle Rodriguez hace lo que Michelle Rodriguez siempre hace, y en 2002 ese template todavía era relativamente nuevo: la soldado dura, competente, leal, que encaja mejor en el caos que en la cadena de mando normal. Rain Ocampo es un personaje escrito en dos dimensiones que Rodriguez habita con la intensidad suficiente para que su arco —mordedura, transformación contenida, final— tenga un peso que el guion solo le presta a medias. El resto del elenco funciona como ensemble de género: James Purefoy entrega la traición con la economía que el papel exige, Colin Salmon construye autoridad en sus minutos de pantalla antes de que el corredor láser lo parta en trozos. La película tiene la inteligencia de saber cuánto tiempo necesita cada personaje para que su desaparición importe lo que tiene que importar, y ese calibrado —más de producción que de escritura— es probablemente la mejor decisión que Anderson tomó en la sala de montaje.





