‘Green Lantern Corps: New World Rising’, el universo es demasiado grande para un solo héroe
La franquicia del Linterna Verde lleva décadas oscilando entre el cómic de autor con pretensiones —la etapa de Geoff Johns que construyó el espectro emocional completo, los Guardians of the Galaxy del cómic de superhéroes del mainstream antes de que Marvel lo trasladara al cine— y el título de relleno que DC mantiene activo porque el personaje vende figuras. Green Lantern Corps (2025), parte del relanzamiento DC All In, propone algo distinto: ser la novela de conjunto que le faltaba al universo de los anillos. Jeremy Adams —que lleva simultáneamente el título de Hal Jordan— y Morgan Hampton se reparten el trabajo con una lógica de specialización que la entrevista que acompaña el lanzamiento hace explícita: Adams aporta la arquitectura narrativa, el ritmo, el sentido de cuándo girar la página y cuándo detenerse; Hampton aporta el peso emocional y filosófico, los rincones del personaje que la velocidad del blockbuster cósmico suele dejar sin visitar. Los cinco números que recoge este TPB —con Fernando Pasarín como dibujante principal— son exactamente lo que esa descripción promete y también, en algunos momentos, exactamente lo que esa descripción hace temer.

La sala de máquinas del espectro
El primer movimiento que hace New World Rising es un cambio de perspectiva que tiene más peso narrativo del que parece a primera vista: John Stewart, no Hal Jordan, es el eje alrededor del que el volumen organiza su centro de gravedad. En el contexto de la franquicia, eso importa. Jordan ha sido el linterna de referencia durante demasiado tiempo, con los demás operando como secundarios de lujo en su propia mitología. Adams y Hampton colocan a Stewart como líder de facto —un héroe experimentado que ha aprendido a mirar el universo con la ecuanimidad que solo da haber sobrevivido a suficientes catástrofes cósmicas— y a Jessica Cruz como capitana del cuerpo, la arquitecta organizacional de una institución que está reconstruyéndose desde los cimientos. Kyle Rayner, Guy Gardner y Jo Mullein circulan por el arco con el sistema de faros rotatorios que los escritores han descrito como su método de trabajo: no todos los números le pertenecen a todos, sino que el A-plot de cada entrega alumbra a un personaje mientras los demás sostienen las subtramas.

El conflicto central del arco —las Baterías de Energía Centrales del Espectro Emocional han sido destruidas, y una nueva amenaza llamada Sorrow ha emergido blandiendo una luz gris alimentada por la pena y el dolor— tiene una lógica conceptual atractiva. Que el espectro de emociones que ya incluía voluntad (verde), miedo (amarillo), amor (violeta), rabia (rojo), esperanza (azul), compasión (índigo) y avaricia (naranja) encuentre ahora una grieta en la forma de una emoción que lo corroe —el duelo, la tristeza sin fondo, la emoción que no genera acción sino parálisis— es una idea con potencial. Lo que el primer arco no termina de resolver es si ese potencial necesitaba cinco números de preparación o si la preparación podía ser más concisa.

Pasarín y la escala del espacio
Fernando Pasarín es el dibujante adecuado para este material y hay momentos en los que eso resulta evidente con la claridad de las páginas que no necesitan que nadie las explique. Las ruinas de Thanagar, las batallas contra los piratas Linternas Rojas, la reconstrucción de Oa como proceso visible en segundo plano de viñetas que prioritariamente están ocurriendo otra cosa: Pasarín trabaja con el espacio como escenario de la misma manera en que los mejores dibujantes de ciencia ficción trabajan con él, como un entorno con dimensiones reales en el que los personajes ocupan posiciones relativas que informan la acción. Hay una secuencia de comedia visual silenciosa en el fondo de una de las páginas iniciales que es exactamente lo que el cómic de conjunto bien hecho puede hacer y el cine de superhéroes casi nunca logra: dos personajes secundarios teniendo un intercambio propio mientras la historia principal avanza en primer término, sin que ninguna de las dos líneas interrumpa a la otra.

La debilidad visual del volumen llega cuando Marion y Nahuelpan asumen números intercalados. El cambio es perceptible no porque sean malos dibujantes sino porque Pasarín ha establecido un estándar de detalle y de densidad espacial que la alternancia interrumpe, y el ojo entrenado en la escala que propone el artista principal encuentra los números de sustitución más contenidos de lo que el material requeriría.

Lo que cinco números no terminan de resolver
La crítica más honesta que se le puede hacer a New World Rising es que es un volumen de establecimiento que no siempre siente que ha ganado ese estatus. Adams y Hampton tienen razón al dedicar tiempo a posicionar a sus personajes —a demostrar que John Stewart como figura central tiene sentido, que Jessica Cruz como líder organizacional funciona, que la dinámica del equipo tiene textura antes de ser puesta a prueba— pero hay momentos en los que la maquinaria de la construcción de mundo chirría. La dependencia de continuidad derivada de series animadas sin suficiente contextualización en el cómic mismo genera fricciones para lectores que no llegan con ese archivo previo. Algún momento de humor —hay una referencia que no termina de aterrizar en su registro— sugiere que la tonal no está perfectamente calibrada todavía entre los dos escritores. Y la amenaza central, el Sorrow y los Fractal Lanterns, ocupa el espacio del misterio prometedor más que el del antagonista con presencia real: está, pero cede protagonismo a la presentación de elenco con más frecuencia de lo que un primer arco debería permitir.

Lo que el volumen deja en pie es suficiente para justificar continuar. Adams y Hampton han demostrado que saben escribir este espacio —Hampton aportando la profundidad emocional que el personaje de linterna verde necesita para no ser solo pirotecnia cósmica, Adams asegurando que las páginas tienen ritmo y que el lector quiere saber qué viene después—, Pasarín ha dejado claro que el universo de este cómic tiene una dimensión visual que merece habitarse, y la premisa del espectro emocional fracturado tiene potencial para varios arcos. New World Rising es el primer capítulo de algo que podría ser interesante. Funciona mejor como promesa que como entrega.





