El oso domesticado: siete cárceles, un mediador y ninguna respuesta: ‘Mayor of Kingstown’ (T1)

En noviembre de 2021, cuando Paramount+ estrenó Mayor of Kingstown, Taylor Sheridan llevaba tres años sentando las bases de lo que con el tiempo se convertiría en su propio universo de dramas de carácter americano: Yellowstone había arrancado en 2018, 1883 estaba a punto de llegar, y el nombre del guionista de Sicario y Hell or High Water funcionaba ya como una promesa de cierto tipo de ficción: masculina, opresivamente grave, territorialmente específica, con el peso de las instituciones como antagonista invisible. Mayor of Kingstown, coescrita con Hugh Dillon, rompe el molde geográfico: en lugar del Oeste, Michigan. En lugar de la frontera o el rancho, siete prisiones en un pueblo ficticio —Kingstown— cuya economía entera, y cuyo sentido en la medida en que tiene alguno, depende de encerrar personas. La familia McLusky lleva generaciones operando como mediadores informales entre los reclusos, los guardias, las bandas del exterior y la policía: el «alcalde» del título no es un cargo elegido sino una posición heredada que nadie, en el fondo, desearía. Jeremy Renner protagoniza los diez episodios de la primera temporada como Mike McLusky, el hermano que no quería el trabajo y que en el episodio inicial —con Kyle Chandler como Mitch, el hermano mayor que sí lo sostenía, muerto a tiros antes de que la serie tenga tiempo de explicar por qué importa— descubre que no le queda otra.

El alcalde que muere en el primer episodio

La decisión más arriesgada de la primera temporada de Mayor of Kingstown es también su problema estructural más persistente: matar al personaje más carismático en el episodio de presentación. Kyle Chandler como Mitch McLusky tiene, en los veinte minutos que la serie le concede, exactamente la clase de presencia que el formato necesita como ancla: una combinación de autoridad ganada y cansancio funcional que convierte cada interacción en una negociación y cada negociación en algo que el espectador quiere seguir mirando. Cuando Mitch muere, la serie le pasa la batuta a Mike, que es un personaje diferente: más físico, más reactivo, construido sobre la contradicción de alguien que conoce el sistema lo suficiente como para saber que no puede ganarlo pero que sigue jugando. Renner resuelve ese trabajo con eficacia genuina —es su primer papel protagonista en televisión y lo afronta con una contención que convierte su presencia en algo más que dureza de leading man— pero los episodios iniciales cargan sobre él el peso de convencer al espectador de que la serie sobre Mitch que no vimos habría merecido la pena. La primera temporada tarda tres episodios en arrancar de verdad, y ese arranque lento no es falta de ritmo sino el precio de una elección narrativa que la serie paga sin disculparse: necesitamos entender qué era Mitch para poder apreciar lo que Mike hereda y lo que, inevitablemente, no puede ser.

Siete cárceles y cero argumentos

El mayor activo de Mayor of Kingstown es su premisa. Una ciudad de Michigan construida enteramente alrededor del negocio de encerrar personas —siete prisiones en radio reducido, toda la economía local dependiente de guardianes, transportes, comedores, visitas, papeleo— es una imagen del capitalismo penitenciario americano tan perfectamente condensada que basta con describirla para que el argumento empiece solo. Sheridan y Dillon tienen esa imagen y saben que es poderosa. Lo que no terminan de tener en la primera temporada es la valentía narrativa de seguirla hasta donde conduce. El motín carcelario que cierra la temporada —consecuencia directa de un acuerdo que Mike firma con los guardias: los reclusos eliminan a un preso condenado por abusos a menores y los guardias los dejan tranquilos; los guardias no cumplen su parte, el acuerdo se rompe, la rabia acumulada estalla— debería ser el momento en que la serie dice algo sobre la naturaleza de ese sistema, sobre lo que significa mantener el orden en una estructura cuya violencia es constitutiva. En su lugar, el motín funciona como catástrofe a resolver y como demostración de que Mike calculó mal, no como juicio sobre si sus cálculos eran moralmente legítimos desde el principio. La serie tiene más cómodo el territorio de la tragedia individual que el de la crítica institucional, y la diferencia entre lo que insinúa y lo que articula es el espacio donde Mayor of Kingstown deja de ser lo que podría haber sido. El oso que Mike cría como mascota —símbolo de lo salvaje domesticado provisionalmente, de la ilusión de control sobre lo que no puede controlarse— dice en imagen lo que el guion debería decir en drama. Que la metáfora resulte más elocuente que la historia que la rodea es el diagnóstico más exacto de los límites de la temporada.

El reparto alrededor del vacío

Que la primera temporada funcione —con los límites señalados— es en buena parte mérito de los actores que rodean a Renner. Dianne Wiest como Mariam McLusky, la madre, opera en los márgenes de una serie que no siempre sabe qué hacer con ella, pero en sus mejores episodios la usa como el único personaje con perspectiva moral sobre lo que ocurre sin beneficiarse de ello; cuando Wiest tiene algo que hacer, lo convierte en la escena más densa del episodio. Tobi Bamtefa como Bunny Washington —el líder de la facción negra dentro de la prisión— es el personaje más sofisticado del reparto principal: un hombre que ha aceptado las reglas del sistema de poder en el que vive y que sabe exactamente cuándo ese sistema lo va a traicionar, lo que lo convierte en el interlocutor de Mike que más genuinamente podría enseñarle algo, si la serie le dejara. Aidan Gillen como Milo Sunter, el mafioso cuya relación con Mike es el hilo más lento y más deliberadamente ambiguo de la temporada, aporta una frialdad calculada que el personaje necesita para funcionar como amenaza de fondo sin resolverse en ningún episodio. Emma Laird como Iris, la joven conectada a Milo que termina en la órbita de Mike, carga con algunas de las escenas más exigentes de la temporada y las sostiene. Hugh Dillon —que además de cocreador actúa como el teniente Ferguson— construye el personaje con la economía del actor que conoce el tipo desde dentro. La maquinaria actoral de Mayor of Kingstown opera a un nivel superior al que la escritura justifica siempre; en los episodios donde el guion les entrega material real, producen algo que la recepción inicial de la temporada no terminó de ver. La primera temporada no es la mejor versión posible de esta historia, pero los actores que la habitan dejan la impresión de que esa mejor versión existía en algún lugar del material, y de que alguien debería haberla encontrado.