20 años después, sigue siendo la película que Anne Rice quería olvidar: La reina de los condenados

La reina de los condenados se estrenó el 22 de febrero de 2002 y fue, durante su primer fin de semana, la película más vista de Estados Unidos. Lo que ese dato esconde es todo lo demás: el 17% en Rotten Tomatoes, los treinta puntos sobre cien en Metacritic, la reacción de Anne Rice pidiendo a sus fans que se olvidaran de ella, y la dedicatoria en los títulos de crédito a Aaliyah, que había terminado de rodar sus escenas, voló a las Bahamas para unas vacaciones y murió en un accidente de avión el 25 de agosto de 2001, seis meses antes de que nadie viera la película en la que actuaba. La cuarta temporada de Entrevista con el vampiro, la serie de AMC que en 2024 empezó a hacer bien todo lo que esta película hizo mal, lleva por título La reina de los condenados y esa coincidencia funciona como invitación inevitable: volver a 2002 para entender qué falló, cómo falló y por qué la única persona que sale indemne de ese naufragio es la única persona que no llegó a verlo.

De dos novelas a ningún guion

El problema más honesto de La reina de los condenados es que intenta ser dos adaptaciones al mismo tiempo. Anne Rice publicó El vampiro Lestat en 1985 y La reina de los condenados en 1988, y Warner Bros. —que tenía los derechos de toda la saga— decidió en 1998 que lo más eficiente era comprimir ambas novelas en un solo largo metraje. El resultado es lo que los guionistas Scott Abbott y Michael Petroni entregaron: una película que empieza donde debería empezar la segunda película y que se inventa el primer acto en vez de adaptarlo, lo que significa que el despertar de Lestat, su proyecto de convertirse en estrella del rock y la cosmología vampírica que Rice construyó con paciencia de novelista quedan reducidos a una serie de cartas al pie de página. La historia de los Gemelos —el núcleo mitológico de la novela, la explicación de por qué Akasha es lo que es— desaparece. Lo que queda no es exactamente la novela ni exactamente otra cosa: es un producto de estudio que toma prestado el vocabulario de Rice y prescinde de su gramática. Rice lo dijo, primero en 1998 cuando el proyecto empezaba y Warner rechazó su oferta de escribir el guion, y lo repitió años después con más distancia y más amargura: la película mutilaba su trabajo. En julio de 2001 había suavizado su posición —había conocido al reparto, se había dejado convencer de que al menos Townsend entendía a Lestat—, pero la buena voluntad duró poco. Cuando la película llegó a los cines, Rice pidió a sus fans que simplemente se olvidaran de ella. Pocos consejos tan precisos ha dado una escritora sobre una adaptación de su propia obra.

El casting que lo explica todo

Tom Cruise había interpretado a Lestat en Entrevista con el vampiro en 1994 bajo la dirección de Neil Jordan y con un resultado que el tiempo ha tratado razonablemente bien: una película que tomaba a Rice en serio, que entendía que la tragedia vampírica es también una meditación sobre la inmortalidad y el amor y el peso de los siglos. Cuando Warner le propuso volver para la secuela, Cruise declinó. En su lugar llegó Stuart Townsend, actor irlandés que había estado entre los candidatos con Wes Bentley, Josh Hartnett y Heath Ledger, y que hace lo que puede con un personaje al que el guion no le ha concedido el tiempo necesario para convertirse en nada. El problema no es Townsend —o no solo Townsend—: es que la película no ha decidido qué clase de Lestat quiere ser. El Lestat de esta película es un rockero de videoclip, y el videoclip de esta película dura noventa y uno minutos. En ese contexto, Aaliyah es la anomalía que no encaja con el resto porque es mejor que el resto. La cantante, en su segunda aparición cinematográfica después de Romeo Must Die, construye una Akasha que tiene algo que el guion no le ha dado: presencia. Una forma de ocupar la pantalla que no depende del diálogo ni de la dirección ni de la lógica interna de la trama, sino de una cualidad más difícil de fabricar y más fácil de reconocer. Roger Ebert escribió que su personaje tenía un rango emocional demasiado estrecho. Tenía razón sobre el personaje. Se equivocaba sobre la actriz. Ver a Aaliyah en esta película sabiendo lo que sabemos —que murió antes de ver un solo fotograma del resultado— es una experiencia que ninguna crítica contemporánea pudo anticipar y que ninguna retrocrítica puede ignorar del todo.

Las canciones que Jonathan Davis grabó y que Jonathan Davis no puede vender

El apartado más insólito de La reina de los condenados no está en la pantalla sino en el historial de una disputa contractual que resulta, con perspectiva de dos décadas, casi más interesante que la película misma. Jonathan Davis, vocalista de Korn y antiguo trabajador de morgue con una afición documentada por la memorabilia de asesinos en serie, escribió y grabó cinco canciones para el filme como si él mismo fuera Lestat: letras sobre ser un vampiro de cuatrocientos años, sobre el peso de los siglos, sobre la oscuridad como forma de vida. Las canciones están en la película. Davis canta en la película. El problema es que su discográfica, Sony BMG, cedió los derechos para el uso en el metraje pero no para el álbum de banda sonora, lo que significó que alguien tuvo que volver al estudio a grabar las mismas canciones con voces distintas. El resultado es uno de los artefactos más extraños del nu-metal de principios de siglo: una banda sonora en la que Chester Bennington, David Draiman, Wayne Static, Marilyn Manson y Jay Gordon cantan canciones que Davis compuso y que Davis interpretó y que Davis, hoy, sigue sin poder vender. «Me cabreé muchísimo», dijo el propio Davis sobre la decisión. La historia de esta película está llena de ese tipo de victorias a medias: Aaliyah completa su trabajo y no llega al estreno, Davis escribe las mejores canciones del proyecto y no puede ponerlas en el disco, Rice ve adaptada su novela y pide que nadie la vea. La reina de los condenados es, en ese sentido, una película sobre el desajuste entre la intención y el resultado. No metafóricamente. Literalmente.

La reina de los condenados no es redimible en los términos en que se redimen las películas injustamente olvidadas: tiene problemas reales, estructurales, que ninguna revisión nostálgica puede disolver. Pero tiene a Aaliyah, y eso es suficiente para que la película siga siendo algo más que un documento de lo que Warner Bros. hacía con las sagas literarias en los primeros años del siglo. La AMC de 2024 tardó veintidós años en demostrar que las Crónicas vampíricas podían ser gran televisión. La temporada cuatro, La reina de los condenados, llegará con la distancia suficiente para ser otra cosa. Esta película es lo que hubo antes: la versión en la que todo salió mal excepto la persona que no llegó a ver que había salido mal.