El órdago de James Cameron: Pandora sobrevive a los recortes de Disney
El pinchazo relativo de Avatar: Fuego y ceniza, que con 1.400 millones se ha quedado a años luz de los 2.300 de su predecesora, ha encendido las alarmas en un Disney obsesionado con el riesgo mínimo. La respuesta de la compañía es una política de austeridad que exige secuelas «más baratas y cortas», un escenario inédito para el director que más dinero ha hecho gastar (y ganar) a la industria. Sin embargo, lejos de soltar el timón o delegar la dirección de las entregas finales como se especuló, Cameron se ha tomado este bache como un reto personal: completará la saga él mismo, reescribiendo el ADN de Avatar 4 (21 de diciembre de 2029) y Avatar 5 (19 de diciembre de 2031) para que sean «radicalmente distintas».
Esta obstinación por terminar la pentalogía por todo lo alto convive con una agenda post-Pandora que ya tiene tres frentes abiertos. El más inminente es The Last Train from Hiroshima, el drama humano sobre Tsutomu Yamaguchi que Cameron planea rodar tras el grueso de la cuarta entrega. Es su proyecto más personal, una «obligación moral» que marcará su regreso al cine histórico desde Titanic. Pero no es el único; el director ya ha blindado los derechos de Los Diablos, la incursión en la fantasía oscura de Joe Abercrombie, y sigue tutelando como productor el eterno remake de Viaje alucinante, cuyo guion de David S. Goyer espera el nombre de un director definitivo.
El futuro de James Cameron es un juego de equilibrios entre la supervivencia de su imperio azul y su hambre por nuevos lenguajes. Mientras lidia con los recortes que ya asfixian a Marvel y Star Wars, el cineasta prepara una transición que lo llevará de los 350 millones de presupuesto por película a historias más crudas, directas e irónicas. Cameron no se va a retirar con una derrota financiera; va a cerrar el ciclo de Pandora para poder, por fin, dedicarse a la sangre, la magia grimdark y la reconstrucción del horror nuclear que lleva una década persiguiendo.




