Brad Pitt quería hacer una película de guerra. Eric Bana quería hacer una tragedia: Troya

La Odisea de Christopher Nolan está en los cines ahora mismo, con Matt Damon como Odiseo intentando volver a casa después de la guerra de Troya, con Zendaya como Atenea y con los dioses completamente restaurados en el relato. Es el mejor momento posible para volver a ver —o ver por primera vez con los ojos de ahora— la película que Wolfgang Petersen dirigió en 2004 sobre la guerra que precede exactamente a esa historia. En Troya, el personaje que Damon interpreta en la película de Nolan se llama Ulises y lo encarna Sean Bean, y aparece como la voz más inteligente de un ejército que no siempre escucha a sus voces inteligentes. El arco narrativo que conecta ambas obras es el mismo que conecta la Ilíada con la Odisea: termina la guerra, empieza el viaje, y lo que Homero entendía es que los dos poemas son, en realidad, uno solo. Petersen eligió contar la primera mitad. Y eligió contarla sin los dioses.

La decisión que cambia todo: Homero sin dioses

Cuando Petersen empezó a desarrollar el proyecto, Terry Gilliam rechazó dirigirlo con una sola frase: no entendía cómo se podía hacer una película basada en la Ilíada sin la participación de los dioses griegos. La observación no era una queja estética sino una advertencia estructural. En Homero, los dioses no son decorado mitológico ni refuerzo espectacular: son el motor de la trama, la explicación de por qué los hombres toman las decisiones que toman, la capa moral que convierte una historia de guerra en una reflexión sobre el destino y la voluntad. Retirarlos no simplifica la Ilíada; la vacía de su arquitectura. Lo que queda es una película de guerra muy cara con personajes que actúan por razones estrictamente humanas, y eso puede ser una historia perfectamente válida, pero no es la historia que Homero contó. David Benioff, guionista de Troya, lo admitió con una honestidad que se agradece: «Creo que hay dos o tres líneas en el guion que citan a Homero.» El resto es suyo. El problema no es que Benioff inventara: es que sin los dioses, las motivaciones de Aquiles —su cólera, su retirada, su regreso— pierden la dimensión cósmica que las hacía legibles. Lo que en Homero era una disputa entre hombres y fuerzas más grandes que ellos se convierte, en la película, en una pelea de egos. Espectacular. Pero una pelea de egos.

Dos actores, dos películas dentro de la misma

Brad Pitt y Eric Bana comparten pantalla durante la secuencia central de Troya —el duelo entre Aquiles y Héctor— con dos registros de actuación que no tienen nada en común y que generan, precisamente por eso, la tensión que la película necesita. El Aquiles de Pitt es deliberadamente moderno: introspectivo, físicamente imponente, con una pátina de heroísmo que el propio actor reconoció años después que nunca terminó de convencerle. El Héctor de Bana es otra cosa. Es un hombre que sabe que va a morir y que lo acepta con la dignidad de quien entiende que hay cosas más importantes que sobrevivir —su familia, su ciudad, su honor—, y Bana lo juega sin una sola concesión al épico de Hollywood. El resultado es que la película tiene dos protagonistas que no hablan el mismo idioma cinematográfico, y que eso, que podría ser un defecto, funciona como metáfora de lo que separa a los dos personajes en Homero: Aquiles elige la gloria sobre la vida, Héctor elige el deber sobre la gloria, y ninguno puede entender completamente al otro. Donde la película llega más cerca de la grandeza que promete es en la escena del pabellón, cuando el rey Príamo —Peter O’Toole en uno de los últimos grandes trabajos de su carrera— se arrodilla ante Aquiles para pedir el cuerpo de su hijo. Esa escena es casi literalmente Homero: el Canto XXIV de la Ilíada, el momento en que la épica se convierte en elegía. O’Toole la juega con una sobriedad que hace que todo lo demás en la película parezca ruidoso. Que el actor reconociera después que abandonó una proyección del film a los quince minutos dice menos sobre Troya que sobre la distancia entre sus mejores momentos y su conjunto.

Lo que el tiempo hace con las decisiones equivocadas

Veinte años después, Troya tiene la apariencia de un proyecto que no acabó siendo lo que quería. Brad Pitt expresó su decepción con el resultado. O’Toole se fue del cine. La película recaudó 497 millones de dólares en todo el mundo, fue la octava más taquillera de su año y generó el tipo de debate que solo producen las obras que tocan algo real incluso cuando no llegan hasta donde apuntan. El montaje del director, editado en 2007 con casi media hora adicional, es considerado superior al corte teatral: más violencia, más matices, un saqueo de Troya más completo. La versión de 196 minutos no arregla lo que no funcionaba en el guion, pero da espacio a los momentos que sí funcionan. Y hay varios. La carga narrativa que Benioff —que fue después cocreador de Juego de tronos, con todas las luces y sombras que esa carrera implica— no supo resolver estructuralmente, la película la compensa con escenas sueltas que valen más de lo que el conjunto promete. Nolan, al recuperar a los dioses en La Odisea, responde de alguna manera a la pregunta que Petersen dejó sin contestar en 2004: ¿qué se pierde cuando se les quita? La respuesta, vista con perspectiva de dos décadas, es que se pierde exactamente aquello que hace que la historia tenga sentido. Troya es una película impresionante sobre una guerra que no entiende del todo por qué se libra. Eso la hace imperfecta. No la hace prescindible.

Troya no es la gran película de la guerra de Troya. Pero tiene en la escena del pabellón entre O’Toole y Pitt un minuto de cine que sí lo es, y tiene en el Héctor de Bana un personaje que habría merecido una película que estuviera completamente a su altura. Con La Odisea de Nolan en cartelera y los dioses de vuelta en el relato, este es el momento de revisitarla no como la adaptación definitiva de Homero —que no lo es y no pretende serlo— sino como el documento de lo que el cine de principios de siglo XXI eligió hacer con tres mil años de mitología. Las elecciones que tomó son reveladoras. Las consecuencias de esas elecciones, más todavía.