Amy Winehouse: se cumplen 15 años del adiós más doloroso y prematuro del soul

Esta semana se cumplen quince años de la muerte de Amy Winehouse. Murió en su casa de Camden el 23 de julio de 2011 a los veintisiete años, por intoxicación alcohólica accidental, y se convirtió —con toda la brutalidad que tiene esa expresión cuando se aplica a alguien real— en un nuevo nombre en el Club de los 27. Los tributos han vuelto a acumularse en Camden Square, su madre Janis habló esta semana en varios medios con una frase que lo resume todo con más precisión que cualquier obituario: «Fue víctima de su propio éxito». La Fundación Amy Winehouse organizó un concierto homenaje gratuito en Camden Market días antes del aniversario. El mundo de la música recordó. Y Back to Black volvió a sonar en todas partes como si no hubieran pasado tres lustros, porque la música de verdad no envejece: se asienta.

Amy Jade Winehouse nació en Southgate, norte de Londres, en 1983, y desde muy joven convirtió el jazz, el soul y el rhythm and blues en algo que no sonaba a revivalismo sino a urgencia contemporánea. Su primer álbum, Frank (2003), mostró una voz y un criterio literario fuera de lo corriente. Back to Black (2006) fue directamente otra cosa: un disco sobre la autodestrucción, el amor tóxico y el duelo que ganó cinco Grammys en 2008 y que produjo canciones —Rehab, You Know I’m No Good, Back to Black, Tears Dry on Their Own— capaces de sostener la escucha hoy con la misma densidad emocional que el primer día. La ironía oscura de Rehab —una canción en la que canta que no irá a rehabilitación— llegaría a ser insoportable con los años. Su matrimonio con Blake Fielder-Civil, sus apariciones públicas en estados alarmantes, las actuaciones canceladas o directamente incoherentes, la prensa convertida en testigo constante de su deterioro: todo eso formó parte de un espectáculo que el mundo consumió con voracidad y que a nadie le sirvió para nada cuando importaba.

El legado tiene dos capas y las dos son reales. La artística es indiscutible: sin Amy Winehouse no se entiende la carrera de Adele, ni la de Sam Smith, ni la de una generación entera de voces británicas que aprendieron de ella que el soul no era un género muerto sino un idioma vivo. La capa incómoda es la que el documental Amy (2015) de Asif Kapadia expuso sin anestesia: las personas que la rodearon, la industria que la sostuvo mientras podía, la manera en que el entretenimiento puede convertir el sufrimiento de alguien en producto sin que nadie levante la mano. Quince años después, ese debate no ha perdido un ápice de vigencia. Lo que sí permanece intacto, por encima de cualquier análisis, es la voz. Ese contralto imposible, esa dicción perfecta, esa capacidad para hacer que una canción de cuatro minutos sonara como si llevara toda la vida esperando ser escrita. Ahí no hay controversia posible.