Los siete crossovers más disparatados del cómic, del Predator a Muhammad Ali

Cuando revisamos en estas páginas Justice League vs Godzilla vs Kong 2 —la secuela de la miniserie en la que DC decidió que poner al hombre murciélago junto a un kaiju de doscientos metros de altura era perfectamente razonable—, el texto funcionó también como puerta de entrada a un subgénero muy específico del cómic norteamericano: el crossover imposible, el producto del que la primera pregunta no es «¿es bueno?» sino «¿cómo es posible que exista?». La respuesta suele tener que ver con derechos de licencia, oportunismo editorial y la disponibilidad puntual de un editor que ese día sí estaba dispuesto a hacer una llamada. El resultado, cuando funciona, es el objeto pop más puro que la cultura de masas puede producir. Siete ejemplos, ordenados de menor a mayor nivel de imposibilidad manifiesta.

7. Batman vs Predator (DC/Dark Horse, 1991)

El primero y más coherente de la lista, porque en el fondo Batman enfrentándose a un cazador alienígena de trofeos tiene la lógica interna más sólida de cualquier crossover aquí reunido. Dos depredadores en el sentido más literal —uno que caza con tecnología y adrenalina, otro que caza con inteligencia y paranoica preparación—, un territorio compartido (Gotham como la jungla más hostil del continente), y el detalle narrativo que lo sostiene todo: Dave Gibbons resolvió el problema del desequilibrio de fuerzas regalándole a Batman un exoesqueleto de combate y dejando que Alfred disparase un arcabuz al extraterrestre. Lo bizarro aquí no es la premisa sino el desenlace: el Predator, al perder, se suicida como acto de honor y su comandante, en señal de respeto, recoge el cadáver y se va sin más. Batman no recibe agradecimiento. La factura artística la firmó Andy Kubert, que se llevó un Eisner por ella en 1992.

6. Superman vs Aliens (DC/Dark Horse, 1995)

El problema de enfrentar a Superman contra los xenomorfos del universo de Ridley Scott es el mismo que tiene cualquier historia que intente poner en peligro genuino a un ser prácticamente invencible: ¿cómo amenazas a alguien que puede mover planetas? Dan Jurgens resolvió el asunto con elegancia conceptual: llevar a Superman a un punto del espacio sin luz solar convierte al Hombre de Acero en un hombre corriente, lo que convierte a los aliens en una amenaza creíble y la historia en algo que funciona. La secuela de 2002 subió la apuesta combinando xenomorfos con Apokolips y a Darkseid como tercer elemento, que es básicamente el equivalente cómico de preguntar si puedes añadir más ingredientes a una pizza que ya era excesiva. La respuesta, en los dos casos, depende exclusivamente de si tienes estómago para ello.

5. Freddy vs Jason vs Ash (WildStorm, 2007)

Reunir a los tres grandes iconos del horror slasher norteamericano en un solo cómic requiere un MacGuffin que justifique por qué están en el mismo sitio, y los guionistas de esta miniserie de seis números eligieron el Necronomicón —el libro de los muertos del universo Evil Dead— como el objeto que los pone a todos en movimiento. Freddy Krueger necesita el libro para ganar poder en el mundo real (no solo en los sueños). Jason Voorhees lo busca porque Freddy se lo pide. Ash Williams llega a Crystal Lake a entrenar empleados de un S-Mart y se encuentra en medio de todo. La coexistencia de tres registros tonales completamente incompatibles —el humor slapstick de Ash, el terror psicológico de Freddy, el silencio letal de Jason— es exactamente lo que convierte a este cómic en el caos ordenado que promete su portada. Contiene más de treinta muertes. Más de treinta.

4. New Avengers/Transformers (Marvel/IDW, 2007)

La pregunta obvia que nadie en las oficinas de Marvel e IDW decidió hacerse al aprobar este proyecto fue: ¿qué sucede cuando Iron Man, que mide metro noventa con la armadura puesta, intenta comunicarse en términos de igualdad con Optimus Prime, que mide quince metros? La respuesta es que Stuart Moore resolvió los problemas de escala ignorándolos, que los Avengers en su versión post-Civil War (Luke Cage, Spider-Man y compañía) aparecen en Latveria por razones que involucran a Doom de manera periférica, y que la historia transcurre principalmente como un tratado de relaciones exteriores entre humanos con superpoderes y robots alienígenas sensibles. El mérito del cómic es que se toma en serio a sí mismo el tiempo suficiente para no convertirse en una parodia involuntaria. El demérito es que tampoco llega a ser una gran historia. Existe, que es lo que se le pedía.

3. Injustice vs Masters del Universo (DC, 2018)

El contraste tonal entre los universos de Injustice y He-Man es tan extremo que resulta difícil imaginar qué reunión editorial lo aprobó, y sin embargo la miniserie de seis números que firmó Tim Seeley con dibujos de Freddie Williams II funciona precisamente porque nadie fingió que era normal. Injustice es el universo donde Superman se convirtió en dictador tras la muerte de Lois Lane, donde Batman construye una resistencia desesperada y donde la violencia tiene consecuencias. Masters del Universo es technicolor eterno, optimismo de los ochenta y He-Man gritando que tiene el poder. Poner a Skeletor y al Superman tiránico en el mismo lado del tablero —los dos quieren el control absoluto, al final son la misma cosa con estética diferente— es la idea más inteligente del cómic y probablemente la única razón por la que no se disuelve en puro fan service. Batman aliado con He-Man contra Superman. En 2018. Aquí estamos.

2. Archie vs Predator (Dark Horse/Archie Comics, 2015)

Riverdale es, en la mitología del cómic norteamericano, el territorio más inviolable de la inocencia adolescente: el pueblo donde nada pasa de verdad, donde las crisis más grandes son los triángulos amorosos entre Archie, Betty y Veronica, y donde la violencia no existe como concepto. Alex de Campi y Fernando Ruiz introdujeron en ese territorio a un Predator cazador de trofeos que decapita a Jughead en el número dos. La perturbación tonal es tan radical que la única respuesta posible es rendirse y aceptar que estás leyendo el objeto pop más honesto del año: nadie finge que tiene sentido, el humor es tan negro que casi se vuelve invisible, y el final —en el que utilizan una máquina de curación alien para convertir al Predator en un clon de Archie— sugiere que de Campi estaba funcionando con la libertad creativa de quien sabe que ya no tiene nada que perder. El cómic ganó el Ghastly Award de 2015 a mejor serie limitada. Evidentemente.

1. Superman vs Muhammad Ali (DC, 1978)

La razón por la que este cómic encabeza la lista no es la absurdidad de la premisa sino su exacto opuesto: debajo de la locura aparente hay algo que el crossover raramente consigue, que es una razón genuina para existir que va más allá del oportunismo editorial. Neal Adams y Dennis O’Neil publicaron este gigante de cien páginas en 1978 con Muhammad Ali —el mayor deportista del siglo veinte, el hombre que convirtió el boxeo en política— como protagonista junto a Superman. La excusa argumental: un alien llega a la Tierra exigiendo que «el campeón» luche contra su luchador; Superman y Ali se presentan como voluntarios; el alien decide que primero tienen que pelear entre ellos para determinar cuál es el verdadero campeón terrestre. El combate se celebra en un planeta con una estrella roja que anula los poderes de Superman. Ali gana por KO técnico. Después de eso, cada uno tiene que salvar al otro, a la Tierra y al universo en general. La portada envolvente incluye a Jimmy Carter, Frank Sinatra, Los Jackson 5 y Lucille Ball como público. DC requirió la aprobación de la Nación del Islam para publicarlo. Ali, que en el momento de la publicación había perdido el título frente a Leon Spinks (y que lo recuperaría meses después), cierra el cómic abrazando a Superman con la única frase que solo él podría pronunciar con total convicción: We are the greatest. El cómic no es irónicamente bueno. Es bueno.