Mark Ruffalo contra Paramount y Warner. ¡Hollywood explota!

El 21 de agosto de 2026, Mark Ruffalo publicó en Instagram un vídeo de Safra Catz, directora ejecutiva de Oracle y miembro del consejo de administración de Paramount Skydance, pronunciándose ante el Consejo Nacional Israelí-Estadounidense. Catz declaró que Oracle había desarrollado para el ejército israelí, después del 7 de octubre de 2023, «una tecnología realmente profundamente aterradora» de la que no podía hablar en detalle. Ruffalo añadió que la empresa que financia esa tecnología es la misma que respalda económicamente la fusión de 111.000 millones de dólares con la que Paramount Skydance pretende absorber Warner Bros. Discovery, y que esa tecnología, junto con los activos del mayor conglomerado mediático creado en décadas, quedaría bajo el mismo techo corporativo. Cuarenta y ocho horas después, Paramount emitió un comunicado oficial acusando al actor de utilizar «tropos antisemitas». Así se inició uno de los conflictos más reveladores de la industria del entretenimiento en lo que va de siglo: no por lo que cada parte dijo, sino por lo que cada parte tenía interés en que se olvidara.

El mecanismo: cómo funciona acusar de antisemitismo a quien critica una fusión

Ruffalo no inventó la conexión entre Oracle e Israel. La estableció Safra Catz en un foro público, con micrófono y cámara, orgullosa de ella. Lo que hizo el actor fue reproducir ese vídeo y señalar que Larry Ellison —fundador y presidente ejecutivo de Oracle, cuya fortuna supera los 350.000 millones de dólares y que ha donado al menos 26,6 millones a la organización Friends of the Israel Defense Forces— es quien financia la expansión mediática de su hijo David Ellison a través de Skydance. Llamó «genocidio» a lo que ocurre en Gaza, usó la palabra «apartheid», y advirtió de que la fusión destruiría 4.500 empleos directos en la industria cinematográfica de Los Ángeles, según un estudio encargado para la ocasión, más otros 10.000 en sectores auxiliares.

La respuesta de Paramount no discutió ninguno de estos datos. Los calificó de antisemitas.

Esta maniobra tiene una mecánica precisa que conviene nombrar: trasladar la conversación del objeto criticado —una transacción corporativa y las consecuencias políticas de quienes la protagonizan— a la identidad del crítico. Si la crítica a ejecutivos de una empresa determinada equivale automáticamente a odio hacia el pueblo judío, entonces toda corporación cuyos máximos dirigentes sean judíos dispone de un escudo que la pone fuera del alcance del escrutinio público. El argumento se sostiene sobre una confusión deliberada: la que existe entre criticar las decisiones de un individuo con poder y atacar a una comunidad por su identidad.

Quien refutó ese argumento con mayor precisión fue, paradójicamente, la carta que más de 170 figuras judías de la industria firmaron en defensa de Ruffalo. El documento —que incluye las firmas de Joel Coen, Todd Haynes, Tony Kushner, Hannah Einbinder, Ilana Glazer, Wallace Shawn o Joaquin Phoenix— dice textualmente: «Enough! Enough with the false and dangerous weaponization of charges of antisemitism.» Y para ilustrar el absurdo de la acusación lanzada contra Ruffalo, la carta cita una encuesta del Washington Post según la cual el 61% de los judíos estadounidenses considera que Israel está cometiendo crímenes de guerra en Gaza. Si esa mayoría dijera lo mismo que dijo Ruffalo, ¿serían también antisemitas?

Del otro lado, la carta de condena —firmada por el productor Haim Saban, el cineasta Lawrence Bender, el productor Teddy Schwarzman y cerca de un millar de nombres del sector— sostiene que Ruffalo retrató a «ejecutivos judíos como una élite secreta y poderosa que acumula riqueza», y que eso «pone a nuestra comunidad en grave peligro». Haim Saban es pertinente aquí no solo como firmante sino como personaje. Es un magnate israelí-estadounidense que vendió Fox Family a Disney en 2001 por 5.300 millones de dólares y que ha declarado en repetidas ocasiones que es «un tipo de un solo tema», y que ese tema es Israel. Ha donado entre 5 y 10 millones de dólares en cada ciclo electoral al Partido Demócrata, siempre condicionados a posiciones favorables hacia Israel, y financió el Saban Center for Middle East Policy en la Brookings Institution con 13 millones iniciales. Cuando Saban firma una carta diciendo que la crítica a un ejecutivo es antisemitismo, conviene saber quién es Saban.

El objeto: lo que la fusión construye en realidad

Para entender por qué esta acusación llegó donde llegó y desde donde llegó, es necesario entender qué está en juego en la fusión que desencadenó todo.

La entidad resultante de absorber Warner Bros. Discovery en Paramount Skydance controlaría, bajo un mismo paraguas corporativo, los siguientes activos: los estudios Paramount Pictures, Warner Bros. y DC Studios, las plataformas de streaming HBO Max y Paramount+, las cadenas de televisión CBS y CNN, y una cartera de propiedad intelectual que incluye Game of Thrones, Harry Potter, Mission: Impossible, Star Trek, Looney Tunes, SpongeBob SquarePants y la totalidad del universo DC Comics. La compañía combinada alcanza más de 200 millones de suscriptores y proyecta 18.000 millones de dólares en EBITDA anual. Controlería aproximadamente el 25% de la taquilla doméstica estadounidense. Nada comparable en alcance ha existido desde que los Decretos Paramount de 1948 obligaron a los estudios clásicos de Hollywood a separar producción de exhibición.

Pero la escala no es el único argumento. El perfil de quien va a controlarlo todo es el que convierte la fusión en algo cualitativamente diferente a, por ejemplo, la compra de MGM por Amazon en 2022 por 8.500 millones —transacción orientada a reforzar la oferta de contenido de Prime Video— o la adquisición de los activos de entretenimiento de Fox por Disney en 2019 por 71.300 millones, movimiento defensivo ante el ascenso del streaming que al menos partía de una empresa cuyo negocio central era el entretenimiento.

Los Ellison son otra cosa. Larry Ellison es el ejecutivo que donó 45 millones de dólares a grupos de apoyo a Trump en 2024 sin obligación de declararlo públicamente. Es el hombre que apareció junto a Trump, Sam Altman y Masayoshi Son el primer día de la segunda administración para anunciar Stargate, un proyecto de 500.000 millones de dólares para construir infraestructura de inteligencia artificial en Estados Unidos, con Oracle como piedra angular. Es el inversor con participación estimada en el 15% de TikTok USA y responsable de supervisar su algoritmo bajo mandato del Ejecutivo federal, después de que la Casa Blanca presionara para que Netflix —otro postor para Warner— se retirara de la competencia después de una reunión privada en el Despacho Oval. Un asesor de Trump describió a Larry Ellison como un «presidente en la sombra». No es una hipérbole demagógica; es la descripción de una red de intereses.

Lo que queda al combinar todo esto es un cuadro que va más allá del entretenimiento: un individuo que controla parte de la infraestructura de IA de Estados Unidos, el algoritmo de la red social más usada por jóvenes americanos, y el conglomerado que produce las películas, las series, y las noticias que consume buena parte del planeta occidental. El Departamento de Justicia de la administración Trump aprobó la fusión sin exigir ninguna desinversión, incluyendo CNN. Doce fiscales generales estatales, liderados por el de California, presentaron una demanda para bloquearlo. El congresista Jamie Raskin, miembro de la minoría del Comité Judicial, habló de «toma de control corrupta». El Parlamento del Reino Unido aprobó la operación, pero con condiciones que, según los grupos opositores al merger en Estados Unidos, otorgan «poderosa credibilidad» a la demanda de los fiscales.

El antecedente: lo que los mergers anteriores hicieron al cine

La historia reciente de las grandes fusiones mediáticas de Hollywood no es una historia de creación. Es, casi sin excepciones, una historia de destrucción de empleo, eliminación de catálogos y estrechamiento del tipo de material que se financia.

La fusión entre Discovery y WarnerMedia que creó Warner Bros. Discovery en 2022 fue presentada como sinergias y escala. Lo que produjo fue la eliminación de películas y series ya terminadas del catálogo de HBO Max —obras con presupuesto pagado que simplemente desaparecieron para usarlas como deducción fiscal—, y una reducción de la fuerza laboral del sector que entre 2022 y 2024 alcanzó los 42.000 empleos perdidos solo en Hollywood. La fusión Disney-Fox, también prometedora sobre el papel, generó despidos masivos en la estructura creativa de Fox y un conservadurismo en la aprobación de proyectos que favoreció las grandes franquicias por encima de las apuestas arriesgadas. La lógica de la deuda —la fusión Paramount-WBD cargaría a la entidad resultante con 79.000 millones en obligaciones financieras— impone prioridades que no tienen que ver con el tipo de películas que se hacen sino con el tipo de flujo de caja que se necesita para pagar intereses.

Ruffalo lo sabe de primera mano. En su cuenta de X escribió: «HBO fue el único servicio de streaming dispuesto a producir I Know This Much Is True. Material muy difícil. Ganamos un Emmy y un Globo de Oro por ello. Eliminar incluso un servicio de streaming, o combinar solo dos, habría hecho imposible I Know This Much Is True.» I Know This Much Is True fue la miniserie de HBO de 2020 dirigida por Derek Cianfrance en la que Ruffalo interpretó en solitario a dos hermanos gemelos durante seis episodios, ganando el Emmy y el Globo de Oro al mejor actor. Task, la serie criminal para HBO Max en la que participa y que ya tiene segunda temporada confirmada, amplía esa relación con el estudio. La adaptación televisiva americana de Parásito para HBO, en la que Ruffalo está confirmado, estaba en desarrollo antes de que la fusión redibujara quién manda en esa plataforma. Mickey 17, la película de Bong Joon-ho estrenada en 2025 en la que interpreta al villain, es una producción de Warner Bros. Ruffalo no es un actor al que le resulte indiferente quién controla Warner. Es, en sentido literal, uno de sus trabajadores.

El retrato: lo que este episodio dice sobre 2026

Hay un momento revelador en la arquitectura de este conflicto que conviene no perder de vista. Cuando Paramount acusó a Ruffalo de antisemitismo, no contestó ninguno de sus argumentos. No dijo que Safra Catz no había pronunciado las palabras que pronunció. No discutió el análisis sobre pérdidas de empleo. No argumentó que Larry Ellison no tiene los vínculos políticos que tiene. Cambió el tema. Y al cambiarlo, al lograr que el debate se convirtiera en «¿es Ruffalo antisemita?», consiguió que la pregunta que Ruffalo había formulado —¿qué ocurre cuando el mismo hombre que suministra tecnología militar a un ejército en una guerra que la Corte Internacional de Justicia ha examinado como posible genocidio adquiere el control de CNN, CBS, HBO y los estudios Warner?— desapareciera temporalmente del debate público.

Solo temporalmente. La demanda de los fiscales generales sigue activa. El proceso en el Reino Unido dejó constancia de que la operación requiere concesiones. El Congreso ha celebrado audiencias. Y la carta de 170 figuras judías ha convertido la acusación de antisemitismo en el argumento que más daño le hace a quien la formuló: porque demostró que el consenso en la propia comunidad judía rechaza que criticar las acciones de un ejecutivo sea equivalente a odiar a un pueblo.

Lo que queda cuando se retira el ruido es la pregunta original, que sigue sin respuesta institucional satisfactoria: ¿puede ser sano para la democracia de cualquier país que la misma familia controle la infraestructura de inteligencia artificial, el algoritmo de la red social más usada por sus jóvenes, la principal cadena de noticias de cobertura global, las dos plataformas de streaming con mayor catálogo de ficción de calidad, y la relación de trabajo más estrecha con el gobierno en ejercicio? Los Decretos Paramount de 1948 existieron precisamente porque la respuesta a esa pregunta, en el contexto del cine clásico, fue no. Lo que se debate ahora es si esa respuesta sigue siendo la misma cuando la escala es incomparablemente mayor y los mecanismos de control son incomparablemente más sofisticados.

Ruffalo lo dijo en Instagram con palabras más directas. Paramount respondió llamándolo antisemita. Y aquí estamos.