‘Mamma Mia!’: Absurda, descarada y absolutamente irresistible (y regresa a los cines)

Mamma Mia! llegó a los cines en julio de 2008 con la gramática entera del teatro intacta —los gestos grandes, el espacio como escenario, la lógica del número antes que la de la escena— porque Phyllida Lloyd llevaba años al frente del musical en el West End y llegó al cine sin renunciar a una sola de sus herramientas. La crítica lo anotó en el debe. El público la ignoró con la misma alegría con que la película ignora su propia trama, y Mamma Mia! recaudó setecientos millones de dólares sobre un presupuesto de cincuenta y dos y se convirtió, de paso, en el musical más taquillero de la historia del cine hasta que una bestia y su bella la superaron nueve años después. Que este fin de semana regrese a las salas de los Cinesa de España no requiere más justificación que esa: vuelve porque hay un público que la quiere, y ese público sabe muy bien por qué.

Donna, Sophie y los tres hombres que llegaron en barco

La premisa tiene la elegancia despojada de los musicales más honestos: Sophie, una joven a punto de casarse en una isla griega, descubre en el diario de su madre que cualquiera de tres hombres podría ser su padre biológico. Los invita a los tres a la boda sin decírselo a su madre. Todo lo que ocurre a partir de ahí es el pretexto para que suenen veintidós canciones de ABBA. El guion de Catherine Johnson —la misma que escribió el libro del musical original de 1999— no ofrece profundidad argumental porque sabe que no la necesita: la trama es el andamio sobre el que cuelgan Dancing Queen y The Winner Takes It All y Voulez-Vous, y pedirle consistencia lógica sería como pedirle a un andamio que tenga carácter. Lo que el guion sí hace bien es distribuir las canciones de modo que cada número tenga una función dramática, por mínima que sea. Chiquitita es la conversación entre madre e hija que no pueden tener de otra manera. Slipping Through My Fingers es la melancolía de Donna al ver a su hija convertida en adulta. The Winner Takes It All es la conversación diferida durante veinte años que Sophie no entiende pero que el espectador entiende perfectamente. Benny Andersson supervisó personalmente los arreglos de la banda sonora, y aunque las canciones de ABBA no necesitaban supervisión de nadie para funcionar, el resultado es una partitura que respeta los originales sin momificarlos. La isla de Skopelos —rodada en las islas griegas de Skopelos y Skiathos, con las escenas de interior en los estudios Pinewood— tiene todo el aspecto de postal que el material requiere, aunque hay momentos en que los fondos oceánicos recuerdan que el CGI de 2007 tenía sus límites y que Lloyd no siempre encontró la manera de disimularlos.

Streep, Brosnan y el problema de cantar en serio cuando no deberías

Meryl Streep hace en Mamma Mia! lo que hace siempre: exactamente lo que el material necesita, con una convicción que convierte en el centro de atención cualquier cosa en la que trabaja. Donna Sheridan podría haber sido una caricatura exuberante —el tono lo permite, el material lo invita— y Streep la convierte en una mujer real con un pasado real y una hija real a punto de dejarla sola en una isla, y lo hace sin abandonar en ningún momento la energía del musical. Su The Winner Takes It All, cantada frente a Sam mientras los dos procesan lo que dejaron sin resolver hace dos décadas, es la mejor escena de la película y uno de los mejores momentos de su carrera: llega un punto en que la canción deja de ser un número musical y se convierte en algo que avergüenza un poco escuchar porque parece demasiado íntimo. Amanda Seyfried tiene una voz genuinamente hermosa —el tipo de voz que hace que I Have a Dream en la apertura y Thank You for the Music en los créditos suenen como si el musical se hubiera escrito para ella— y encuentra la ingenuidad que Sophie necesita sin que resulte insoportable. Julie Walters y Christine Baranski como las amigas de Donna, Rosie y Tanya, roban cada escena en que aparecen con una precisión cómica que no requiere esfuerzo aparente. Y después está Pierce Brosnan. Pierce Brosnan canta en Mamma Mia! con el esfuerzo total de alguien que sabe que no debería estar haciendo lo que está haciendo pero ha decidido, en algún momento antes de que empezara el rodaje, que eso no va a detenerlo. El resultado es legendario en el mal sentido más entrañable posible: SOS y When All Is Said and Done son actuaciones que trascienden la valoración convencional y entran directamente en el territorio del fenómeno cultural. Que el personaje de Sam sea el que menos canta de los tres pretendientes potenciales es, presumiblemente, una decisión de guion con fundamento empírico. Colin Firth y Stellan Skarsgård tienen el criterio de quedarse en los márgenes y dejar que sus presencias hagan el trabajo, lo cual resulta ser, en las circunstancias, la estrategia más inteligente disponible.

Camp, comunidad y lo que pasa en la sala cuando suena Dancing Queen

Hay una diferencia entre ver Mamma Mia! y experimentarla, y esa diferencia es el volumen y la oscuridad y las doscientas personas que conocen cada canción y que en algún momento de Dancing Queen van a dejar de contener lo que están sintiendo. El reestreno de este fin de semana en los Cinesa no es una función de repertorio: es una convocatoria. La película lleva dieciocho años acumulando un tipo de fidelidad que el cine de autor rara vez genera —la fidelidad de quien la ha visto docenas de veces y la ve de nuevo no para descubrir algo nuevo sino para sentir algo conocido con más intensidad— y esa fidelidad es, a estas alturas, parte de lo que la película es. Lloyd no hizo una obra maestra del cine musical. La dirección tiene esa calidad de teatro filmado que los puristas de la gramática cinematográfica encontrarán objecionable, y hay razones para que la encuentren así. Pero sí hizo algo más difícil y más raro: una película que a los dieciocho años de su estreno conserva intacta la capacidad de hacer que las personas que la ven quieran estar en ese bar griego en esa noche de verano cantando Waterloo sin que a nadie le importe lo que piensan los demás. Los cuatro miembros de ABBA —que no habían posado juntos para una foto desde 1986— se reunieron en el estreno sueco de la película. Era la primera vez en veintidós años. Lo hicieron para una película sobre la que la crítica tenía reservas. El público que llenó los cines en 2008 y el que llenará las salas este fin de semana son la respuesta a por qué.