El regreso de los Backstreet Boys: nuevo disco en el horizonte y gira mundial a la vista
La maquinaria de la boyband más icónica de los noventa vuelve a carburar a pleno rendimiento, demostrando que la nostalgia millennial es un motor financiero incombustible. Tras sacudir la actualidad musical con «Bottle Up», su más reciente sencillo inédito que forma parte de la banda sonora de La Patrulla Canina: La dino película, los Backstreet Boys se encuentran actualmente en el estudio ultimando los detalles del que será su undécimo álbum de estudio. Este esperado trabajo discográfico romperá un silencio editorial de siete años desde la publicación de DNA (2019) —su último larga duración oficial— y servirá como el perfecto catalizador para la mastodóntica gira internacional que preparan. Todo ello mientras la banda exprime el éxito de su millonaria y aclamada residencia de conciertos en Las Vegas, donde cuelgan el cartel de no hay billetes con un espectáculo que entrelaza sus grandes himnos con texturas retrofuturistas y entradas que alcanzan los 600 dólares en el mercado de reventa.
Sin embargo, el dulce momento profesional de la banda contrasta de forma dramática con el turbulento presente personal de uno de sus miembros más carismáticos, Brian Littrell, quien se encuentra inmerso en una agria y peligrosa batalla legal en Florida. El cantante de 51 años ha denunciado públicamente en una angustiosa entrevista para Fox News el infierno de acoso, intimidación y amenazas de muerte que sufre junto a su esposa, Leighanne Wallace, en su mansión de 4 millones de euros en Santa Rosa Beach. Lo que comenzó el año pasado como una demanda civil por allanamiento de morada continuado contra varios vecinos que invadían de forma regular su playa privada, ha escalado hasta convertirse en una pesadilla policial con tintes delictivos. Según Littrell, el conflicto vecinal se ha ido por completo de las manos, registrándose robos con agresión dentro de su propiedad y graves amenazas virtuales en las que se habla explícitamente de utilizar armas de fuego, rociarles con gas pimienta o «quemar su casa».
Este alarmante bache anímico llega en un punto especialmente delicado para el artista, quien arrastra una grave afección cardíaca congénita que en los últimos tiempos ha empezado a comprometer la nitidez de su voz en las distancias cortas. A pesar de que los tribunales desestimaron recientemente una de sus denuncias por daños económicos y angustia emocional y de la supuesta negligencia de la oficina del sheriff local —a la que el matrimonio acusa de ignorar sus llamadas de auxilio—, Littrell insiste en que llegará hasta el final para proteger la seguridad constitucional de su familia. Es la cruda y bizarra cara B de las estrellas del pop; un recordatorio de que mientras la marca Backstreet Boys sigue cotizando al alza en los despachos de la industria cinematográfica y musical, abajo, en la arena de la realidad, ni siquiera los millones de dólares invertidos en un refugio exclusivo te garantizan vivir a salvo del odio vecinal.





