La primera temporada era el misterio. La segunda es el horror. Stranger Things, segunda temporada
Enola Holmes 3 lleva nueve días en Netflix y confirma lo que las dos anteriores ya sugerían: Millie Bobby Brown ha convertido en especialidad el papel de la chica extraordinaria atrapada en un mundo que no sabe qué hacer con ella. No es un accidente que su otro gran personaje sea exactamente el mismo arquetipo con el apellido cambiado. Lo que Enola hace con la deducción, Eleven lo hace con la telekinesia, y lo que las une no es la ficción sino la actriz: esa capacidad para transmitir que su personaje lleva más peso del que debería a la edad que tiene, sin que se note el esfuerzo. Stranger Things la necesitó desde el primer fotograma de la primera temporada. Pero fue en la segunda, estrenada en octubre de 2017, donde la serie tuvo que decidir qué iba a hacer con ella cuando ya no era la pieza que resolvía el rompecabezas sino una persona con una historia propia. Lo que los Duffer Brothers descubrieron al intentarlo es que tenían más personajes de los que pensaban, que al menos uno de ellos iba a sorprenderlos a ellos antes que al espectador, y que la ambición de la segunda temporada iba a superar en ocasiones la capacidad de la serie de gestionarla. No todos esos excesos son un problema. Uno de ellos lo es bastante.

El año que Hawkins aprendió a tener miedo de verdad
Si la primera temporada de Stranger Things era un misterio de desaparición con monstruo integrado —la estructura del thriller se imponía sobre la del horror—, la segunda temporada es directamente horror de invasión. El paso de 1983 a 1984 trae consigo el Halloween de rigor —disfraces de Cazafantasmas, calabazas en los porches, el contexto estético de la época trabajado con la misma dedicación que en la primera entrega— y, más importante, un villano con ambiciones geopolíticas: el Mind Flayer no es una criatura que caza, sino una entidad que coloniza, y su estrategia de invadir el mundo a través de Will Byers —el chico que regresó del Upside Down y que en la primera temporada apenas había tenido tiempo de hacer nada más que desaparecer— convierte a Noah Schnapp en el centro de gravedad dramático de la temporada de una manera que resulta tan sorprendente como efectiva. Will poseído, Will disociado, Will intentando comunicar desde dentro de algo que lo aplasta: es la actuación más exigente que la serie le había pedido a un miembro del elenco joven, y Schnapp la sostiene. La temporada también amplía el mapa con los nuevos personajes: Max Mayfield —Sadie Sink, que entra con la naturalidad de quien lleva en la serie desde el principio— y su hermano Billy —Dacre Montgomery, cuya función en esta temporada es la de amenaza vaga con potencial a desarrollar—, más Bob Newby, el novio de Joyce interpretado por Sean Astin con una dulzura que la serie sabe desde el primer momento que va a usar en su contra. El personaje de Bob existe para quererse, lo cual en Stranger Things es siempre una señal de aviso.

Steve Harrington, el personaje que la serie no sabía que tenía
Hay decisiones creativas que los espectadores celebran durante años y que en el guion de origen debieron de parecer casi accidentales. El giro completo del arco de Steve Harrington en la segunda temporada es una de ellas. En la primera, Steve era el chico popular con instintos decentes pero un perfil de antagonista funcional. En la segunda, la serie lo convierte en el mejor personaje de su elenco adulto-adolescente sin que nadie lo hubiera anticipado: Steve limpia vómito, cuida niños en el cine, bate palomitas con demasiado entusiasmo, y en el momento en que la trama lo necesita actúa con el mismo palo de béisbol clavado en clavos con el que la primera temporada intentó hacernos temer algo de él. Joe Keery hace todo eso con una comicidad que no interrumpe el drama sino que lo hace más tolerable, y la relación que construye con Dustin Henderson —el más gracioso y el más inteligente de los chicos, en la interpretación de Gaten Matarazzo— es el corazón afectivo de una temporada que en sus momentos de mayor tensión puede ser bastante oscura. Por otro lado, Eleven y Hopper comparten su primera temporada de convivencia forzada: David Harbour convierte su papel de sheriff desencantado en algo más cercano al padre que no sabe serlo, y la dinámica de los dos funcionaría bien en cualquier drama familiar sin necesidad de ningún monstruo en el sótano. La investigación paralela de Nancy y Jonathan —con Murray Bauman como catalizador extraño y útil— es el hilo más adulto de la temporada y probablemente el que más envejece bien: la historia de Barb queda al fin con el cierre que se merecía.

El capítulo de Chicago y el precio de las ambiciones
La segunda temporada de Stranger Things tiene nueve episodios y ocho de ellos son televisión de alta calidad dentro de su género. El noveno —en realidad el séptimo, «The Lost Sister»— es el episodio que todo el mundo recuerda por las razones equivocadas: un capítulo autoconclusivo que saca a Eleven de Hawkins, la lleva a Chicago a encontrar a su hermana Kali —una telekinética con una banda de inadaptados que ejecuta venganzas contra los responsables del laboratorio—, y que en teoría existe para explorar la identidad de Eleven fuera del contexto que la define. El problema no es la intención sino la ejecución: el episodio tiene la estética de un spin-off de los años ochenta que nadie pidió y una lógica narrativa que interrumpe la temporada en el peor momento posible —justo cuando Hawkins está al borde del colapso— para detenerse en un contexto que la propia temporada trata luego como si no hubiera ocurrido. Kali desaparece del arco sin mayor consecuencia. La crítica fue unánime en su momento, los Duffer Brothers lo han reconocido como el error más evidente de la serie, y la propia estructura de la temporada lo confirma: todo lo anterior y lo posterior funciona con una coherencia que el episodio siete interrumpe como una nota disonante en mitad de una canción que de otro modo sería bastante memorable. La segunda temporada de Stranger Things es una serie más grande que la primera —en personajes, en villano, en ambición, en scope— y eso la hace también más irregular. Los mejores momentos de la temporada uno tienen una precisión que aquí a veces se pierde en el tamaño de lo que la temporada intenta abarcar. Pero la muerte de Bob Newby, Eleven cerrando la puerta y Steve Harrington convirtiéndose en el mejor personaje de la serie son suficientes para que el regreso valga la pena. Casi todo.





