‘La Bola Negra’, el primer largometraje donde Los Javis se lo juegan todo

En mayo de 2026, Javier Calvo y Javier Ambrossi subieron al escenario de Cannes a recoger el Premio a Mejor Dirección por La Bola Negra ante una sala que no terminaba de creerse del todo que los directores de Paquita Salas acabaran de ganar en la competición oficial del festival más importante del mundo. Eso es exactamente lo que ocurrió, y la película que lo hizo posible llega ahora a los cines españoles con la carga de demostrar que lo de Cannes no fue un accidente de recepción sino el veredicto correcto. Con ciento cincuenta y nueve minutos, tres líneas temporales, la sombra de Federico García Lorca, Penélope Cruz, Glenn Close y el debut actoral de Guitarricadelafuente, La Bola Negra es el salto que Los Javis llevaban una carrera construyendo y la película más ambiciosa que ha producido la industria española en mucho tiempo. Lo que viene después de decir eso es la parte complicada.

Tres tiempos para el mismo deseo

La premisa arranca de una obra inacabada de García Lorca —un texto titulado igual, sobre el rechazo de un joven gay que intenta entrar en un club social de Granada— y de la pieza teatral La piedra oscura de Alberto Conejero, coguionista aquí junto a Los Javis, que ficcionalizaba la relación entre Lorca y Rafael Rodríguez Rapún en los meses previos al asesinato del poeta. Lo que el guion construye a partir de ese material son tres arcos paralelos situados en 1932, 1937 y 2017: tres hombres cuya historia de deseo y represión se cruza a través del tiempo con la lógica de las genealogías invisibles, la herencia del daño que nadie nombró y la identidad que cada época obliga a esconder de una manera distinta.

El arco de 1932, protagonizado por Guitarricadelafuente en su debut interpretativo, es el más puramente lírico: el músico, que no sabe actuar en el sentido convencional del término y precisamente por eso tiene ante la cámara una presencia que los actores formados a veces tardan años en conseguir, construye a Sebastián como alguien cuya inocencia no es ingenuidad sino falta de lenguaje para lo que le está ocurriendo. El arco de 1937 —la guerra, Miguel Bernardeau como Rafael Rodríguez Rapún, el soldado que amó a Lorca y sobrevivió a él— es el más formalmente elaborado y el que mejor soporta el peso que el guion le pide. En estos dos primeros tercios, La Bola Negra es la película que Cannes premió: densa, emocionalmente exigente, construida con la convicción de quien sabe que el material merece exactamente la seriedad con que lo está tratando.

Lo que Los Javis trajeron de la tele

La decisión de trabajar de nuevo con Gris Jordana y Raül Refree —los mismos colaboradores de La Mesías— dice algo sobre cómo Los Javis entienden la continuidad del lenguaje. Jordana filmó La Mesías con 16 milímetros y código de color para separar los planos temporales; aquí trabaja en 35 milímetros y usa el grano no como nostalgia sino como textura, como la capa física que hace que la historia de los muertos pese de manera diferente a la de los vivos. Hay imágenes en La Bola Negra —Granada de noche, los campos de la guerra, los interiores del miedo— que pertenecen a la categoría de las que no se olvidan, y el mérito es tanto de la fotografía como de la dirección de arte de Roger Bellés y el vestuario de Ana López Cobos, que sitúan cada período con la precisión de alguien que no confunde la época con el espectáculo de época.

Refree compone desde la misma filosofía de La Mesías: la música como estado, no como subrayado. El resultado es una banda sonora que en los momentos en que la imagen habla con más fuerza puede resultar excesiva —un énfasis añadido sobre lo que ya se está diciendo— pero que en los momentos de quietud encuentra el registro exacto. Penélope Cruz tiene dos números musicales y los habita con la clase de entrega total que solo es posible cuando una actriz de ese calibre decide que el personaje lo necesita: Nené no es la figura central del relato, pero es la que más se queda. Glenn Close aparece en el arco contemporáneo con una mesura que contrasta con la temperatura del resto del film. Lola Dueñas, en un papel de menor calado que el que le dio La Mesías, cumple con el oficio que la conocemos pero sin el espacio para hacer lo que sabemos que puede.

El precio de la ambición

El tercer arco —el de 2017, el más cercano al presente— es donde La Bola Negra pierde pie. No porque la historia de Carlos, el hombre contemporáneo cuya identidad conecta con las dos anteriores, no esté bien resuelta: el guion cierra los hilos con oficio. El problema es que el arco de 2017 confía menos en la imagen y más en la explicación, que los personajes contemporáneos tienen menos espacio para respirar antes de convertirse en la función que la tesis les asigna, y que la película, que en los dos primeros tercios trataba el deseo como algo que ocurre en los cuerpos y en las miradas, lo trata en el tercero como algo que ocurre en los diálogos. Es la paradoja de un film sobre la herencia del pasado que resulta más cómodo en ese pasado que en el presente que lo hereda.

Ciento cincuenta y nueve minutos son mucho tiempo y la película lo sabe: hay secuencias en el tramo final que duran lo que necesitan y otras que duran lo que la convicción del autor quiere que duren, que no siempre es lo mismo. La diferencia entre ambas se nota en el ritmo, y el tercer acto paga el precio de esa diferencia con una cierta pesadez que La Bola Negra no merecía terminar cargando. Pero lo que Los Javis han construido aquí —la escala, la precisión formal, la voluntad de decir algo sobre España que el cine español lleva décadas eludiendo— es lo suficientemente extraordinario como para que el coste merezca la pena. La película que ganó Cannes es también la película con defectos. Los dos juicios son correctos y no se anulan.