El placer culpable que sigue reinando en el Outworld – ‘Mortal Kombat’ (1995)

Con el inminente estreno de la nueva secuela que expande el universo de los luchadores de NetherRealm, es el momento ideal para mirar atrás hacia 1995. En aquel entonces, las adaptaciones de videojuegos eran sinónimo de desastre (todavía sentíamos el escozor de la película de Super Mario Bros.), pero Paul W.S. Anderson logró lo imposible: una película que, pese a sus limitaciones, capturó la esencia de lo que nos hacía gastar monedas en las recreativas. Mortal Kombat no buscaba el Oscar, buscaba que sintiéramos la adrenalina del «Choose your fighter», y lo consiguió con una mezcla de misticismo de serie B, una banda sonora convertida en himno generacional y una atmósfera que aún hoy se siente única.

Estilo sobre sustancia: La fórmula Anderson

La trama es tan directa como un fatality: un grupo de luchadores —Liu Kang, Johnny Cage y Sonya Blade— es convocado a una isla remota para participar en un torneo ancestral que decidirá el destino de la Tierra. Aunque el guion es parco y los diálogos rozan lo ridículo, la película brilla en su diseño de producción. El uso de localizaciones en Tailandia, combinado con decorados que evocan una «grandiosidad bárbara», logra transportar al espectador a un mundo de fantasía tangible, algo que muchas producciones actuales pierden por el exceso de CGI.

El reparto cumple con su cometido de «tipos con mallas», destacando a un Cary-Hiroyuki Tagawa que nació para ser Shang Tsung (su «Your soul is mine» es historia del cine) y un Christopher Lambert que aporta una versión de Raiden tan extraña como magnética. Mención especial para Robin Shou, quien no solo lidera el reparto como Liu Kang, sino que supervisó unas coreografías de lucha que, para la época, fueron una revelación por su dinamismo y estilo de cine de Hong Kong.

El eterno debate: ¿PG-13 o sangre a borbotones?

Si algo se le sigue reprochando a esta cinta es su calificación por edades. En 1995, New Line Cinema decidió rebajar la violencia extrema que hizo famoso al juego para atraer al público adolescente, lo que resultó en combates espectaculares pero notablemente limpios de gore. Sin embargo, lo que perdió en sangre lo ganó en alma; la película se siente como una aventura de artes marciales honesta que entiende su material de origen, algo que su secuela de 1997, Annihilation, olvidó por completo al hundirse en un mar de efectos digitales mediocres.

Treinta años de un clásico de culto: Por qué sigue funcionando

A tres décadas de su estreno, Mortal Kombat se mantiene como el «mejor de los peores» ejemplos de cine basado en videojuegos. Es una pieza de comida basura mitológica que se disfruta más con el cerebro en pausa y el volumen al máximo. Logró capturar la emoción y las sustancias químicas cerebrales que los fans sentían al jugar, convirtiéndose en una experiencia visual y sonora que, pese a su falta de profundidad narrativa, sigue siendo la vara de medir para cualquier adaptación que intente equilibrar la fantasía, el ridículo y la acción más palomitera.