‘Veneno’, lo que la televisión española le debe a Cristina Ortiz… y lo que ella le devolvió
La bola negra, la película con la que Javier Calvo y Javier Ambrossi se presentaron a Cannes este año —y se fueron con el premio a mejor dirección— se estrena este fin de semana en España. Es la ocasión de volver a la obra con la que Los Javis establecieron, hace cuatro años, que podían hacer algo más que televisión con buenas canciones. Veneno llegó a Atresplayer Premium el 29 de marzo de 2020, en los días más cerrados del primer confinamiento, y su lanzamiento escalonado —el COVID obligó a que los ocho episodios se estiraran hasta octubre— convirtió cada entrega en un acontecimiento aparte. La serie que Javier Calvo y Javier Ambrossi dedicaron a Cristina Ortiz Rodríguez es el caso más limpio que ha producido la televisión española reciente de cómo un medio puede reparar el daño que el mismo medio causó.

El reparto como declaración de intenciones
La decisión que define todo lo demás es el casting: tres actrices trans para interpretar a una mujer trans en tres momentos de su vida. Jedet encarna a la Cristina joven, en el periodo de transición y descubrimiento; Daniela Santiago lleva el peso de los años de gloria televisiva y el vértigo que los acompañó; Isabel Torres interpreta los últimos años, los que la serie construye como los más devastadores y los más dignos al mismo tiempo. Las tres actrices nunca comparten escena entre sí —el montaje las mantiene separadas en sus respectivas cronologías— y sin embargo construyen un personaje continuo con una coherencia emocional que habría resultado imposible con un solo intérprete. Torres en particular hace un trabajo que tarda en irse: hay secuencias en sus episodios que alcanzan esa temperatura que el cine llama devastador y que la televisión raramente se permite.

El marco narrativo es la relación entre Cristina y Valeria Vegas, la estudiante de periodismo que acabó escribiendo su biografía —¡Digo! Ni puta, ni santa— y que la serie convierte en co-protagonista a través de la actriz Lola Rodríguez. Esa elección tiene una lógica doble: Vegas funciona como punto de entrada para el espectador que no conoce la historia, pero también ancla la serie en la idea de que lo que se está contando es una historia que alguien necesitó recuperar activamente porque nadie más la había contado bien. El hecho de que Paca La Piraña aparezca interpretándose a sí misma añade una capa de realidad documental que otros biopics no tendrían el coraje de intentar.

Los Javis entre el pop y el abismo
La firma de Javier Calvo y Javier Ambrossi tiene siempre el mismo riesgo: que el amor genuino por la cultura popular española los lleve a celebrar lo que merecería ser juzgado. El material de Veneno hace esa tensión imposible de evitar. Cristina Ortiz llegó a la televisión española de los noventa a través de Pepe Navarro y el programa Esta noche cruzamos el Mississippi: la descubrió una reportera ejerciendo la prostitución en el Parque del Oeste de Madrid, y lo que siguió fue una presencia televisiva que la industria del entretenimiento de aquella década trató como una atracción de feria sin que nadie tuviera que decirlo en voz alta. La misma pantalla que la hizo famosa la utilizó sin nombrar lo que hacía. Los Javis no esconden eso: hay episodios donde la violencia sistémica que Cristina recibió está filmada con una frialdad que duele precisamente porque no busca el efecto dramático sino el reconocimiento.

Lo que distingue a la serie de un biopic convencional es la disposición a no ordenar la historia en una moraleja. Los episodios tienen ritmos distintos —algunos más cercanos a la comedia popular, otros a un drama sin concesiones— y esa irregularidad no es un defecto de producción sino una decisión que refleja la irregularidad de la vida que se está contando. La debilidad que se puede señalar con más justicia es el episodio final, que cede a un registro de fantasía sentimental que los episodios anteriores habían evitado con esfuerzo. Es el momento en que Los Javis confunden el homenaje con el consuelo, y son cosas distintas.

La televisión reparando lo que la televisión rompió
Veneno se estrenó en Atresplayer Premium y llegó después a Antena 3 y a HBO Max. El dato que mejor resume su impacto es que las suscripciones de la plataforma de Atresmedia crecieron un cuarenta y dos por ciento en las semanas de su lanzamiento y que la serie fue diez veces más vista que cualquier otro contenido de la plataforma hasta entonces. Una serie sobre una mujer trans que fue víctima de la televisión española de los noventa se convirtió en el mayor éxito comercial que esa misma industria había producido hasta el momento: hay ahí una ironía que los propios Javis habrán celebrado.

El impacto no fue solo de audiencia. Veneno entró en la conversación política sobre la Ley Trans que España tardó años en aprobar, fue reconocida por el Ministerio de Igualdad con el Premio Rainbow y ganó el Premio Ondas con la peculiaridad de que el jurado reconoció a las tres actrices protagonistas de forma conjunta —un gesto que ningún reglamento pedía y que el jurado decidió que la historia exigía—. Lo que la serie demostró es que la televisión española era capaz de hacer exactamente lo que no había sido capaz de hacer cuando Cristina Ortiz estaba viva: mirarla a los ojos.





