Catorce formas de no olvidarse de dónde vienes: El Baifo — Quevedo

Hay un momento en la carrera de los artistas que irrumpen demasiado rápido en el que tienen que decidir qué hacer con lo que son después de haber sido famosos. Quevedo tomó esa decisión con El Baifo, su tercer disco, publicado en abril de 2026: volver a Gran Canaria —físicamente, no solo en las letras— y construir desde ahí un álbum que suene exactamente al lugar del que viene. No es la primera vez que alguien en la música urbana en castellano intenta rescatar las raíces del folclore local para convertirlas en pop de alcance global. Pero entre el número dos más escuchado en la historia de Spotify y este disco hay una evolución que no es solo de volumen sino de dirección: El Baifo no quiere conquistar ningún nuevo territorio. Quiere habitar el suyo.

El título es un término canario para referirse a una cría de cabra, lo que en la jerga de las islas tiene connotaciones de alguien joven, torpe, todavía sin pulir. El disco trabaja con esa imagen desde la apertura: «Está en casa» funciona como declaración de intenciones antes de que empiece la música propiamente dicha, un rechazo del escaparate de la fama a favor de mirarse hacia dentro. Lo que viene después son catorce canciones que usan el reggaetón como estructura de base pero lo abren en todas las direcciones posibles: merengue en «Gáldar» —con Tonny Tun Tun, y con ese algo de plaza encendida que tienen las fiestas del norte de Gran Canaria—, vallenato bailable en «Al golpito» con la Orquesta Nueva Línea, y el timple canario de Hirahi Afonso como hilo conductor que reaparece a lo largo del disco y que en la canción titular se mezcla con timbales y trompetas para evocar las verbenas de principios de siglo con una nostalgia que, por una vez, no suena a decorado.

Las dos canciones que definen lo que el álbum puede llegar a ser están en los extremos del tracklist. «La Graciosa», con Elvis Crespo, es el momento más ambicioso del disco: Quevedo no imita el merengue sino que lo adapta a su universo, y la referencia a la isla más pequeña del archipiélago funciona tanto como imagen geográfica como declaración de pertenencia. «Hijo de volcán», el cierre, es otra cosa: Los Gofiones —agrupación de música popular canaria con décadas de trayectoria— aportan una textura que no tiene nada que ver con el reggaetón y que convierte el final del álbum en su momento más honesto y más descarnado. Es la canción que certifica que la identidad canaria en El Baifo no es un concepto de marketing sino algo que el artista ha ido a buscar de verdad y que, cuando lo encuentra, sabe reconocerlo. Entre medias, «Ni borracho» —el sencillo que llegó con más de treinta millones de reproducciones antes de la publicación del álbum— es lo que asegura que el disco también funcione en las listas; pero el corazón del proyecto no está ahí, sino en «Mi balcón», una balada con timple que contempla el archipiélago desde la costa y que es el único momento en que el disco se queda completamente quieto.

Si hay un reparo que hacerle a El Baifo es el que se le puede hacer a la mayoría de los discos de artistas que han alcanzado el nivel de Quevedo: hay momentos en que la letra asoma la cabeza hacia el territorio del artista que lamenta su propio éxito, y ese territorio, por mucho que se habite con sinceridad, genera un tipo de cansancio específico en quien escucha. La comparación con lo que Bad Bunny hizo con la música de Puerto Rico es inevitable —los críticos la hacen con razón— pero Quevedo no la replica: la usa como referencia y luego hace otra cosa, que es hablar de Canarias con la especificidad de quien no está construyendo una marca sino recordando una geografía. El Baifo es el disco en el que Quevedo se convierte en algo más que el chico de la sesión de Bizarrap. Es el disco en el que decide, de una vez, quién es.