Chupa de cuero y neón: por qué ‘Grease: Rise of the Pink Ladies’ no logró encender el motor de la nostalgia

El problema de las precuelas innecesarias es que, a menudo, intentan explicar la magia mediante la lógica. Grease: Rise of the Pink Ladies aterrizó en Paramount+ en 2023 con la misión de contarnos cómo nació la pandilla de las chaquetas rosas, pero acabó convirtiéndose en un experimento anacrónico que confundió el homenaje con la sobreexplicación. La serie, cancelada y fulminada del catálogo apenas semanas después de su emisión, es el ejemplo perfecto de cómo una marca legendaria no siempre garantiza el éxito si el envoltorio está demasiado hinchado.

Situada en 1954, cuatro años antes de que Danny y Sandy se juraran amor eterno en la feria, la serie nos presenta a un Rydell High que se siente más como una convención de la Generación Z en un set de los años 50 que como la época que pretende retratar. Seguimos a Jane, Olivia, Nancy y Cynthia —cuatro marginadas unidas por el rechazo social— en su cruzada por desafiar las normas morales del instituto. El punto de partida es honesto: reivindicar a las mujeres que no encajaban en el molde de «chica buena», pero el desarrollo se pierde en una marea de metraje excesivo y subtramas que diluyen el conflicto central.

Un musical que suena a pop actual

Si algo definía a la Grease original era su capacidad para crear himnos que trascendían la pantalla. Aquí, la apuesta por Justin Tranter (compositor de éxitos para Ariana Grande) nos deja una colección de unos 30 temas originales que, aunque están producidos con un brillo técnico impecable, suenan demasiado a la lista de éxitos de Spotify de 2024. No hay un «You’re the One That I Want»; hay melodías pegadizas pero volátiles que, gracias a un autotune evidente y una mezcla de sonido demasiado pulcra, rompen la ilusión de estar en la era del rock and roll naciente.

A nivel visual, la serie es un despliegue de color saturado y coreografías vibrantes. Jamal Sims logra que Rydell se mueva con una energía envidiable, pero esa misma energía subraya la sensación de «bloat» o hinchazón narrativa. Con episodios que superan los 50 minutos, la serie estira situaciones que en una película de dos horas habrían tenido un impacto mucho más certero. Es el vicio del streaming moderno: dilatar la historia para rellenar horas de contenido, sacrificando por el camino el ritmo que un musical necesita para no agotar al espectador.

El carisma de las nuevas damas

Lo que realmente mantiene la serie a flote es su reparto. Marisa Davila dota a Jane de una vulnerabilidad inteligente, mientras que Cheyenne Isabel Wells aporta el carisma necesario para entender la rebeldía de Olivia. Sin embargo, es Ari Notartomaso como Cynthia quien se roba cada plano, ofreciendo la interpretación más orgánica de alguien que simplemente no sabe dónde encajar en una sociedad rígidamente binaria. La química entre las cuatro protagonistas es el corazón de la serie y lo que hace que, pese a sus fallos, los momentos de intimidad funcionen mejor que los grandes despliegues escénicos.

Mención especial merece la veteranía de Jackie Hoffman como la subdirectora McGee. Su interpretación es un puente necesario con la película original, aportando el humor seco y la humanidad que el personaje de Eve Arden ya esbozaba. Hoffman inyecta una dosis de realidad y oficio que equilibra el tono a veces demasiado didáctico de las tramas sociales.

Una identidad en conflicto

El mayor obstáculo de Rise of the Pink Ladies es su lucha interna de identidad. Por un lado, quiere ser una comedia adolescente moderna con una agenda de valores progresistas —racismo, sexismo y homofobia en los 50— y, por otro, busca ser un viaje nostálgico de algodón de azúcar. Al intentar contentar a ambos frentes, acaba en un terreno intermedio donde los diálogos a veces suenan demasiado contemporáneos para la ambientación, restándole peso a la crítica social que pretende lanzar.

En última instancia, la serie es una curiosidad colorida que demuestra que no todo lo que brilla en el catálogo es oro de archivo. Tuvo ambición, tuvo talento y tuvo un presupuesto generoso, pero le faltó esa chispa incontrolable y eléctrica que hacía que la película de 1978 fuera, precisamente, «automática, sistemática e hidromática». Para muchos, las Pink Ladies seguirán siendo aquellas que vimos caminar por el patio de Rydell con Rizzo a la cabeza, sin necesidad de que nadie nos explicara cómo consiguieron sus chaquetas.