Anne Hathaway, tres películas en cartelera y una cuenta pendiente con Hollywood
Este fin de semana estrena El final de la calle Oak, de David Robert Mitchell. La Odisea de Christopher Nolan lleva semanas en pantalla. Mother Mary, el thriller psicodélico de David Lowery para A24, sigue en cartelera. Las tres son de la misma actriz. Que una actriz tenga tres producciones activas simultáneamente en salas ya sería noticia en cualquier momento; que la actriz sea Anne Hathaway —a quien la industria trató durante una década como si hubiera dejado de existir— convierte el dato en algo parecido a un ajuste de cuentas. No lo es, claro. La industria no hace ajustes de cuentas. La industria simplemente decide, cuando ya no le queda más remedio, que siempre lo supo.

El crimen, el castigo y lo que en realidad se juzgaba
En febrero de 2013, Anne Hathaway ganó el Oscar a mejor actriz de reparto por Los Miserables. Había adelgazado quince kilos para el papel. Había cantado I Dreamed A Dream en directo, sin playback, con la cara destruida y el pelo rapado. Subió al escenario con el entusiasmo de alguien que ha querido ese momento durante veinte años y que no está dispuesta a fingir que no lo quería. El internet anglosajón lo procesó todo y decidió que eso último era imperdonable.

El inventario de cargos del Hathahate —el neologismo ya lo dice todo— resulta, con distancia, casi cómico en su especificidad: que si el vestido de Prada le marcaba los pechos, que si el discurso sonaba ensayado, que si en la gala de los SAG hizo un chiste sobre el seguro dental que nadie consideró gracioso, que si su cara de sorpresa al ganar resultaba hipócrita cuando era la gran favorita de la temporada. Lo que todos estos cargos comparten no es ningún comportamiento objetivamente reprochable: comparten el retrato de una mujer que quería las cosas con una intensidad que la cultura de ese momento no sabía gestionar en una mujer. Sus contemporáneos masculinos —los que lloraban en el escenario, los que prometían que era el mejor día de sus vidas— no tenían equivalente en la demonología de la época. El Hathahate era el mecanismo colectivo con el que se disciplina a las mujeres que parecen querer demasiado. Funcionó. La propia Hathaway contó años después que hubo directores que se negaron explícitamente a contratarla porque consideraban que su imagen online era demasiado tóxica. Una actriz con un Oscar, con El diablo viste de Prada en el currículum y con El caballero oscuro detrás, fuera del mercado por los comentarios de un foro de internet.

El purgatorio y sus reglas
Lo que vino después no fue una estrategia de rehabilitación: fue la negociación forzada con el territorio disponible. Christopher Nolan la sacó del agujero primero: la llevó a Interstellar en 2014 y con eso mandó la señal de que la expulsión no era permanente. Pero Nolan no puede ser la solución de nadie de forma indefinida, y lo que siguió fue una década de territorio irregular. The Intern en 2015 fue la comedia amable que su carrera necesitaba para resultar inofensiva. Colossal, de Nacho Vigalondo en 2016, fue probablemente lo mejor que hizo en todo el periodo —una rareza indie de ciencia ficción en la que una mujer descubre que su comportamiento autodestructivo está destruyendo literalmente Seúl— y nadie fue a verla. Ocean’s 8 en 2018 arrastraba el peso de un plan más ambicioso: la idea era hacer Ocean’s 8, Ocean’s 9 y Ocean’s 10, un spin-off femenino que empalmaría con el universo de Clooney y los suyos. La primera entrega no llegó a lo que se le presuponía, el plan de trilogía quedó en nada y la franquicia murió con la misma discreción con la que había nacido. Serenity en 2019 fue directamente una catástrofe —el tipo de película que la crítica despacha con saña y el público evita con eficiencia— y representa el punto más bajo de esos años: el momento en que el margen disponible se estrecha tanto que lo que queda no es elección sino supervivencia.

El giro llegó en 2022 con dos proyectos en registros opuestos. WeCrashed, la miniserie de Apple TV+ sobre la caída de WeWork, la puso en el papel de Rebekah Neumann, la esposa del fundador, una figura que exige un equilibrio interpretativo muy específico: hacer que el espectador entienda a alguien cuyas aspiraciones son con frecuencia ridículas sin convertirla en objeto de burla. La actuación fue calificada de magnífica. Ese mismo año, Armageddon Time, de James Gray, la llevó a Cannes en un registro completamente distinto —madre judía en el Queens de 1980, película autobiográfica de alta exigencia, junto a Anthony Hopkins y Jeremy Strong—. Las dos cosas juntas, en el mismo año, sin esperar que una funcionara antes de aceptar la otra, dibujaron el perfil de alguien que había dejado de pedir permiso. The Idea of You en 2024, comedia romántica con Nicholas Galitzine para Prime Video, confirmó la temperatura: mayor estreno de una comedia romántica en la historia de Amazon MGM Studios. El público que había estado ahí durante todo el purgatorio solo necesitaba que el material estuviera a la altura.

Agosto de 2026 y el sistema que prefiere no acordarse
El diablo viste de Prada 2 se estrenó en mayo con Meryl Streep, Emily Blunt, Lady Gaga y Lucy Liu, y recaudó más de seiscientos millones de dólares en todo el mundo. Ahora está en plataformas. La secuela que nadie esperaba que necesitara se convirtió en uno de los mayores éxitos del año, y ella la aceptó cuando ya no la necesitaba como lifeline sino como decisión propia —que es un estado de ánimo completamente diferente.

Lo que queda en cartelera este agosto es otra cosa. La Odisea de Nolan, en la que Hathaway interpreta a Penélope —la mujer que se queda, que espera, que el poema define por la ausencia del protagonista— es la película más cara y ambiciosa de la temporada, con Matt Damon como Odiseo, Tom Holland, Zendaya y Robert Pattinson. Que la actriz a quien la industria puso en cuarentena por ser demasiado visible interprete ahora al personaje femenino más célebre de la épica por su resistencia a ser vista tiene la lógica retorcida de las cosas que no estaban planeadas. Mother Mary, el film de David Lowery, es el experimento más arriesgado: un thriller psicodélico sobre una estrella del pop en crisis de regreso, con Michaela Coel y FKA Twigs, que no encontró al gran público pero que existe exactamente porque ella quiso hacerlo. Y este fin de semana llega El final de la calle Oak, la película de terror y ciencia ficción con la que David Robert Mitchell —el director de It Follows y Under the Silver Lake— traslada a una familia de los años ochenta a un territorio inhóspito de criaturas prehistóricas, junto a Ewan McGregor y producida por J.J. Abrams: el tipo de apuesta de género que en otra etapa de su carrera le habrían desaconsejado que hiciera.
Tres películas. Una misma actriz. El sistema que en 2013 determinó que era demasiado intensa ahora escribe sobre ella con el tono del que siempre lo supo. No lo supo. Ella aguantó.





