Kitsch ochentero, músculos y confusión tonal: ‘Masters del Universo’ intenta replicar la fórmula Marvel
En pleno ecuador cinematográfico de 2026, la alargada sombra del fenómeno de la Barbie de Greta Gerwig sigue distorsionando las prioridades de los despachos de Hollywood. La fiebre de Mattel por resucitar de forma masiva cada juguete de su catálogo histórico ha encontrado su primer gran laboratorio de pruebas en Masters del Universo, una superproducción de Amazon MGM Studios que, tras un tortuoso periplo de casi dos décadas de cancelaciones, cambios de guionistas y mudanzas de estudio, aterriza finalmente en las salas comerciales con un presupuesto mareante de 200 millones de dólares. El encargado de capitanear este transatlántico de la nostalgia es Travis Knight, un realizador curtido en la delicadeza de la animación stop-motion que ya demostró con Bumblebee su pericia para inyectar alma y frescura a franquicias robóticas desgastadas. Sin embargo, Eternia ha resultado ser un hueso infinitamente más errático y difícil de roer.

Un viaje de ida y vuelta entre recursos humanos y la espada de poder
La trama arranca con un prólogo que nos presenta a un Eternia asediado por las fuerzas oscuras. El príncipe Adam, siendo apenas un niño de diez años incapaz de cumplir con las severas exigencias marciales de su padre, Man-At-Arms (Idris Elba), es enviado a la Tierra por la Sorceress (Morena Baccarin) junto a la mítica Espada de Poder para protegerlo de la invasión de Skeletor. Quince años después, encontramos a un Adam adulto (Nicholas Galitzine) completamente alienado en nuestro planeta, sobreviviendo en un mundanal empleo de gestión de recursos humanos donde canaliza sus traumas mediante la resolución pacífica de conflictos corporativos. Todo salta por los aires cuando redescubre la espada y su vieja amiga Teela (Camila Mendes) acude en su busca para devolverlo a un Eternia en ruinas, forzándolo a asumir su destino como el guerrero He-Man.

El rebufo de la fórmula de Asgard y el chiste autoconsciente
El guion, perpetrado a ocho manos por un batallón de escritores que incluye a Chris Butler y a los hermanos Nee, decide fusilar sin demasiados miramientos la exitosa plantilla de Thor: Ragnarok: abrazar la estética del hair-metal ochentero y ametrallar al espectador con chistes irreverentes y comentarios autoconscientes para camuflar el ridículo inherent de la mitología original. El problema es que esta aproximación funciona como una espada de doble filo. La cinta tropieza de forma constante en una flagrante indecisión tonal: no es lo suficientemente satírica como para erigirse en una parodia brillante ni posee la genuina honestidad emocional necesaria para sostener una gran epopeya de espada y brujería.

Jared Leto salva los muebles en mitad de la dispersión digital
El apartado interpretativo sufre los mismos bandazos que el libreto. Nicholas Galitzine se esfuerza por emular el encanto naíf de un niño atrapado en un cuerpo hipermusculado, pero su química con Camila Mendes es prácticamente inexistente y el guion trata su bagaje en el pacifismo corporativo con una burla incómoda que se diluye por completo en un clímax donde, inevitablemente, todo se resuelve a puñetazo limpio. En mitad de este desierto de carisma, es un inesperado Jared Leto quien se adueña por completo de la función. Sepultado bajo un imponente cráneo digitalizado, Leto abraza el mamarrachismo y la pluma de villano de dibujos animados con una entrega encomiable, regalando un Skeletor sibilino y divertidísimo que evoca las mejores excentricidades de Tim Curry.

Entre los acordes de Brian May y las costuras del croma
Visualmente, la propuesta es un festín barroco de contrastes. Por un lado, la atronadora partitura de Daniel Pemberton —con la guitarra de Brian May de Queen haciendo sonar los acordes de Princes of the Universe— insufla una energía arrolladora a las secuencias de acción. Por el otro, el despliegue de efectos digitales luce dolorosamente irregular para una producción de semejante envergadura, alternando pasajes de un fotorrealismo vibrante con batallas aéreas lastradas por cromas deficientes dignos de la serie B de principios de siglo. Masters del Universo se queda a medio camino de la diversión que supuso Dungeons & Dragons: Honor entre ladrones; es un artefacto maximalista y aparatoso que, en su ansia por no tomarse en serio a sí mismo, termina perdiendo el poder de convencer a nadie.





