Crítica de ‘Boulevard’: Nostalgia en vena para un romance que ya nos sabemos de memoria

Hay películas que no se ven, se sobreviven. O, en el mejor de los casos, se escuchan. ‘Boulevard’, la esperada adaptación del fenómeno de Wattpad que aterriza este 10 de abril de 2026, es exactamente ese tipo de producto: un envoltorio visual impecable que encierra una historia que hemos visto mil veces, pero que, por alguna extraña razón (llamémosla nostalgia o masoquismo generacional), acaba encontrando un hueco por donde colarse.

Si vienes buscando la reinvención del drama adolescente o una profundidad psicológica a lo Bergman, estás en el lugar equivocado. Pero si lo que quieres es dejarte llevar por una banda sonora que parece sacada de tu playlist de la ESO, puede que el viaje no sea tan amargo.

El esquema del «chico roto» (otra vez)

La trama no engaña a nadie. Tenemos a Hasley (Eve Ryan), la chica nueva, luminosa y un pelín ingenua, que aterriza en una ciudad desconocida para terminar orbitando alrededor de Luke (Mikel Niso). Luke es, cómo no, el epítome del chico problemático: aura peligrosa, pasado traumático y una mirada perdida que grita «necesito terapia» a los cuatro vientos.

Sonia Méndez dirige este tinglado siguiendo un manual de instrucciones muy claro. El universo es el de siempre: taquillas de instituto, fiestas donde nadie parece estudiar y esa extraña manía de ambientar una producción española con códigos absolutamente norteamericanos. Nombres extranjeros, casas de ensueño y una «neutralización cultural» que busca el éxito global pero que, por el camino, le quita cualquier ápice de autenticidad local.

La música como tabla de salvación

Lo confieso: lo que me ha salvado el visionado no han sido los diálogos —que a veces rozan lo impostado— ni la química entre los protagonistas, que se siente algo forzada. Ha sido la música. Escuchar temas de Green Day o Hoobastank mientras los personajes intentan gestionar sus dramas existenciales me ha devuelto a una etapa donde todo parecía desproporcionado.

Es curioso cómo la película utiliza estas canciones como un escudo. Cuando la narrativa flaquea o el guion se vuelve previsible hasta decir basta, entra un acorde de guitarra y, de repente, la escena se vuelve digerible. Es una trampa, sí, pero una muy efectiva para los que ya peinamos alguna cana y recordamos cuando esas canciones eran nuestro único refugio.

¿Romance o bandera roja?

A nivel ético, la cinta intenta actualizarse. Se agradece ver una mayor diversidad en pantalla, una condena clara al acoso escolar y una normalización de la salud mental que no existía en los dramas de hace veinte años. Sin embargo, en el fondo, ‘Boulevard’ sigue tropezando con la piedra de siempre: la romantización de las relaciones tóxicas.

Esa idea de que la chica «salvadora» puede cambiar al chico «destruido» mediante el amor es un cliché que empieza a oler a cerrado. Luke no necesita un boulevard secreto, necesita un buen psicólogo, y Hasley no debería cargar con los demonios de nadie. Pero claro, si quitamos eso, nos quedamos sin película. El desenlace, diseñado para provocar un nudo en la garganta a base de efectismo, sacrifica la verosimilitud en el altar de la intensidad emocional.

Veredicto final

‘Boulevard’ es una película de nicho. Los lectores de Flor M. Salvador verán sus sueños cumplidos en pantalla, reconociendo cada frase y cada gesto que les hizo llorar en el papel. Para el resto, es un videoclip de casi dos horas, estéticamente muy cuidado (la fotografía es, de largo, lo mejor del conjunto), pero con un guion que trastabilla más de lo deseable.

Es frívola, es artificiosa y es previsible. Pero, oye, si te pilla en un día tonto y te apetece recordar cómo se sentía tener diecisiete años y creer que el mundo se acababa por un desamor, dale una oportunidad. Eso sí, prepárate para una ración doble de clichés y asegúrate de tener los auriculares a mano.