‘La invitación’ (Olivia Wilde, 2026): Cesc Gay en San Francisco, con Cruz, Norton y Rogen de invitados
La película que Olivia Wilde estrena en junio de 2026 —como directora y como actriz— no empezó con ella. Empezó con Cesc Gay: Sentimental, su comedia de 2020 adaptada de su obra teatral Los vecinos de arriba, tiene ya seis años confirmando que el formato de la cena de cuatro personajes en un solo apartamento puede aguantar más peso dramático del que su apariencia de teatro de salón sugiere. Wilde la vio, compró los derechos y reconstruyó la historia en San Francisco con Seth Rogen, Penélope Cruz, Edward Norton y ella misma. La película llega a cartelera con el recuerdo de la ovación en pie de Sundance y con A24 como distribuidor —los mismos que pujaron por encima de doce millones de dólares para llevársela— y es, en todos los sentidos que importan, la obra más precisa de Wilde como directora: rodada en veintitrés días en treinta y cinco milímetros, con la economía de quien ha entendido que el material no admite adorno y que la honestidad es el único lujo que la película puede permitirse.

La obra de Cesc Gay en manos de Wilde: lo que cambia cuando San Francisco hereda a los vecinos de arriba
Wilde no fue la primera directora considerada para el proyecto. Lo que la distingue de quienes la precedieron es que llegó al material sabiendo exactamente qué película quería hacer con él. Tomó a Sidney Lumet y Doce hombres sin piedad como modelo de producción: ensayo exhaustivo, debate, rodaje en orden cronológico, con la confianza de que esa arquitectura permite que el guion siga cambiando hasta el último día porque los actores ya saben quiénes son sus personajes. Will McCormack y Rashida Jones escribieron la adaptación, y Wilde añadió una línea de Oscar Wilde al montaje final, lo que dice algo sobre cómo entiende la relación entre el material heredado y la voz que lo habita. La película tiene veinticinco minutos más que el original de Gay y los usa todos: más gags físicos, escenas más largas, una disposición mayor a la incomodidad prolongada que la española resuelta con más velocidad.

Lo que no cambia es la geometría. Un apartamento, cuatro personas, una velada que empieza como una invitación educada y termina como una disección. Joe —Seth Rogen— y Angela —Wilde— llevan casados el tiempo suficiente para haber dejado de escucharse. Sus vecinos del piso de arriba, Pina —Penélope Cruz— y Hawk —Edward Norton—, son terapeuta sexual y bombero retirado respectivamente, y llevan a la cena la energía de quienes han resuelto los problemas que la otra pareja todavía no se ha atrevido a formular. Adam Newport-Berra fotografía el apartamento en treinta y cinco milímetros con la textura detenida del San Francisco de los años setenta —una elección que activa el fantasma de La conversación de Coppola sin nombrarlo—, y la música de Devonté Hynes añade un zumbido de elegía que convierte la comedia en algo con más capas de lo que la premisa anuncia. La consultora del proyecto fue Esther Perel, que sabe más sobre lo que les pasa a las parejas en una habitación que la mayoría de los guionistas.

Cuatro intérpretes y lo que cada uno deposita en el apartamento
Penélope Cruz llegó al papel con una condición: el pelucón rubio. La peluca la pidió ella, Wilde la aprobó, y la producción confirmó más tarde que el personaje de Pina no se convirtió del todo en sí mismo hasta que Cruz se la puso. Lo que eso revela sobre la actriz —que necesita el disfraz para encontrar la libertad, que la transformación no es escapatoria sino acceso— se confirma en las dos escenas más extraordinarias que tiene en la película, ambas improvisadas: un monólogo sobre la perimenopausia que Cruz construyó sin guion y que el montaje dejó intacto, y una secuencia de baile en el despacho que funciona como la única declaración directa que Pina se permite en toda la noche. Es la actuación más físicamente desinhibida de Cruz en años, y también la más precisa en términos de control: Pina es la más libre del grupo y la que más sabe lo que está haciendo.

Edward Norton escribió él mismo el monólogo central de Hawk, un discurso sobre el origen de su nombre que la película usa como punto de inflexión: el momento en que el personaje más opaco de la noche revela una profundidad que el resto de la velada se había encargado de ocultar. Rogen hace algo que requiere tanto esfuerzo como sus versiones más aparatosas pero en la dirección contraria: la contención total, la restricción de un actor al que se asocia con la energía desbordante y que aquí hace con la melancolía el mismo trabajo que en otro registro haría con el caos. Wilde dirige su propia actuación desde el interior del plano, lo que es un acto de exposición calculada: Angela es el personaje que más tiempo pasa negándose a sí mismo, y en cada escena hay la conciencia de alguien que sabe exactamente qué está revelando y en qué orden.

Olivia Wilde, acto tercero y la película dedicada a Diane Keaton
Booksmart confirmó que Wilde tenía instinto. No te preocupes, querida se convirtió en el episodio más ruidoso de su carrera, aunque el ruido fue tan ajeno a la película que terminó por hacerle daño de una manera que no tenía que ver con lo que estaba en la pantalla. La invitación es la tercera película y la que hace la pregunta más difícil de las tres: no si Wilde puede dirigir, que ya estaba respondido, sino si puede dirigirse a sí misma con la misma exigencia que a los demás. La respuesta es que sí, y que ese sí tiene consecuencias para lo que viene. La película está dedicada a Diane Keaton, que murió en octubre de 2025, y la dedicatoria es una elección que no necesita explicación: Keaton es la actriz que mejor demostró que el registro cómico y el emocional no son géneros separados sino capas del mismo trabajo, y La invitación funciona exactamente así.

La última escena —Joe tocando el piano que llevaba toda la película negándose a tocar, Angela sentándose a su lado— cierra el argumento con la lógica de la obra de teatro que la película nunca dejó de ser: el gesto que dice lo que el texto ha estado rodeando durante ciento siete minutos. No es una resolución. Es un comienzo diferido. Esa distinción es la que la película tarda la noche entera en ganarse el derecho a hacer, y es lo que la separa del tipo de comedia que La invitación podría haber sido si Wilde hubiera confiado menos en sus actores y en la obra que Cesc Gay ya había demostrado que funcionaba. El regalo fue reconocerlo. El trabajo fue saber qué hacer con él.





