‘Brave New World’, el Capitán América que vale más que su película

El sábado, en la Comic Con de Málaga, Anthony Mackie apareció para presentar la próxima entrega de los Vengadores y el público que llenaba la sala entendió que el relevo no es simbólico: Sam Wilson es el Capitán América, no el hombre que lleva el escudo de otro. Brave New World (Captain America: Brave New World, Julius Onah, 2025) lleva desde febrero en las plataformas construyendo ese argumento, con resultados desiguales que no anulan lo más importante: Mackie es el mejor Capitán América posible para la película que el UCM necesitaba y no del todo la que recibió.

El escudo más pesado del universo no es el de vibranium

Sam Wilson carga con algo que Steve Rogers nunca tuvo que cargar: la pregunta de si el país cuya bandera lleva en el pecho merece que la lleve. The Falcon and the Winter Soldier, la serie de Disney+ que preparó este terreno, lo planteaba con el personaje de Isaiah Bradley —el supersoldado negro al que el gobierno torturó durante décadas mientras borraba su existencia de los libros de historia— y Brave New World lo continúa con inteligencia en el único aspecto en que la película no titubea. La diferencia entre lo que Steve Rogers representaba y lo que Sam Wilson representa no es de poderes ni de habilidades. Es de posición. Rogers era la promesa. Wilson es la evidencia de que la promesa nunca fue universal, y tiene que decidir si sigue portando esa promesa o la redefine.

Mackie construye ese peso sin subrayarlo. No hace un Capitán América de discurso; hace uno de presencia, de mirada, de la forma en que sus hombros procesan la información moral antes de que su boca tenga que articularla. La escena central de la película —cuando convence al Red Hulk de que se detenga apelando no a la fuerza sino a la posibilidad de que todavía puede elegir quién ser— es la que mejor resume por qué el relevo funciona donde la película no siempre acompaña: Wilson no gana porque sea más fuerte. Gana porque sabe que la capacidad de redención existe aunque nadie se la deba dar.

El thriller político que se enreda en sus propias siglas

Brave New World quiere ser un thriller de paranoia política —el presidente manipulado, la conspiración que llega desde dentro, el héroe que no puede fiarse ni de sus aliados— y hay momentos en que esa ambición asoma y se ve bien. El problema es que la película intenta ser eso y también un espectáculo de origen para cuatro personajes, y también un capítulo de transición del UCM, y también una película de acción convencional, y al final ninguna de estas aspiraciones tiene el espacio que necesita para respirar.

El Leader lleva en el calabozo diecisiete años. Tim Blake Nelson lo interpretó por primera vez en El Increíble Hulk en 2008 —año en que el universo cinematográfico era todavía un experimento sin garantías— y la película le devuelve el personaje ya completamente transformado en el villano de inteligencia fría que el cómic siempre fue. Nelson lo juega con el placer de quien ha esperado lo suficiente para no tener que apresurar nada. El problema es que el guión lo usa como motor de trama más que como personaje: el Leader diseña la conspiración, la conspiración mueve las piezas, las piezas producen espectáculo, y en ningún momento la película se detiene a dejar que Nelson haga lo que sabe hacer.

Lo mismo ocurre con Isaiah Bradley —Carl Lumbly en el rol más emocionalmente cargado de la película, reducido a herramienta argumental cuando el control mental lo convierte en asesino involuntario— y con Ruth Bat-Seraph, el personaje interpretado por Shira Haas que llegó al rodaje con el nombre de Sabra y lo abandonó antes del estreno por las sensibilidades que ese nombre implica en el contexto actual. El cambio no salvó ni hundió nada. Simplificó un personaje que ya era plano en el guión original.

Ford, el muerto y el tiempo que el MCU deja pasar

Harrison Ford llega a este proyecto porque William Hurt murió en marzo de 2022 con tres películas del UCM en su haber y el personaje de Thaddeus Ross en el centro de varias de ellas. El estudio tenía opciones —jubilar al personaje, reemplazarlo con otro actor sin explicación, construir una transición narrativa— y eligió a Harrison Ford con la lógica de que si tienes que sustituir a alguien, que sea con alguien que nadie pueda ignorar. Es una lógica válida. Lo que Ford hace con ella es más interesante que la lógica misma: su Ross no intenta ser el de Hurt. Es un hombre distinto que comparte nombre y cargo, y Ford lo trae con la energía específica de quien lleva décadas en el oficio y ya no necesita ganarse ninguna sala. Cuando se transforma en el Red Hulk —la transformación digital que convierte a un octogenario en una montaña carmesí de furia gamma— la escena funciona porque Ford había pasado suficiente metraje construyendo un presidente con peso real. El monstruo no sale de la nada; sale de un hombre al que ya conocíamos.

Brave New World terminó costando más de lo presupuestado, pasó por reshoots significativos tras los primeros pases de prueba, y llegó a los cines en un Valentine’s Day poco apropiado para un thriller político sobre control mental y adamantio. Recaudó cuatrocientos quince millones de dólares —rentable pero no estruendosa— y se quedó en el lugar que el UCM reserva para las películas de transición: necesarias, parcialmente logradas, incapaces de ser todo lo que prometían. Lo que no cambia con ninguno de esos asteriscos es que Anthony Mackie es el Capitán América que esta etapa merece. Que la película no esté a su altura es el único problema real que Brave New World no puede resolver con ningún reshoot.