‘Watchmen’, la miniserie que recordó a América su propia masacre y enseño a HBO a adaptar cómics
Damon Lindelof, cuyo nombre vuelve a estar en circulación con Lanterns actualmente en antena, firmó en 2019 para HBO lo que él mismo llamó un remix: nueve episodios que no adaptan el cómic de Alan Moore y Dave Gibbons sino que lo utilizan como el suelo sobre el que construir algo completamente distinto. Watchmen arranca el uno de junio de 1921 en Tulsa, Oklahoma, con la masacre del barrio de Greenwood —el episodio de violencia racial más devastador de la historia estadounidense moderna, en el que paramilitares blancos destruyeron la comunidad afroamericana más próspera del país, conocida como el Wall Street Negro— y no abandona ese punto de partida nunca. La detective Angela Abar —Sister Night, voz y cuerpo de Regina King— trabaja en 2019 en una Tulsa alternativa donde la policía opera enmascarada por razones de seguridad, donde el Séptimo de Caballería —supremacistas blancos con máscaras de Rorschach— representa la amenaza armada más seria en décadas, y donde la historia que nadie ha querido contar todavía está a punto de encontrar a alguien dispuesto a contarla. La serie ganó once Emmy en 2020, incluidos los de Mejor Miniserie, Mejor Actriz Protagonista y Mejor Actor de Reparto. Los premios son la parte menos interesante de lo que ocurrió.

El uno de junio de 1921
La decisión de abrir con la masacre de Tulsa no es de contexto: es estructural. Will Reeves —Louis Gossett Jr.—, el anciano que Angela encuentra al lado del cadáver de su jefe en el primer episodio, es un superviviente de aquella noche de 1921, y lo que la serie va construyendo episodio a episodio es la línea directa entre ese incendio y todos los incendios posteriores. Lindelof llegó al hecho histórico a través de un artículo sobre reparaciones y entendió que tenía el equivalente exacto a lo que el reloj del Apocalipsis era en el cómic original: una cuenta atrás que nadie mira de frente. El Séptimo de Caballería lleva máscaras de Rorschach porque el personaje del cómic —el justiciero que veía el mundo en blancos y negros absolutos y que Moore concibió explícitamente como un retrato de la locura fascista— se ha convertido en símbolo de pureza racial para gente que no leyó la ironía. La serie no explica esto. Lo presenta y confía en que el espectador entienda que la apropiación del lenguaje de la justicia por parte de quienes históricamente han ejercido la injusticia es la historia de América resumida en una máscara.

Lo que los comprimidos de Nostalgia guardan dentro
El episodio seis —»This Extraordinary Being»— es donde la serie demuestra para qué ha estado guardando munición. Angela, intoxicada con pastillas de Nostalgia —fármacos que contienen recuerdos ajenos—, vive la memoria de su abuelo en primera persona: la historia de Will Reeves en los años treinta y cuarenta, el primer superhéroe enmascarado de América, un hombre negro que construyó la identidad de Hooded Justice porque la única manera que tenía de ejercer justicia era esconder quién era. El episodio está rodado en blanco y negro con un código visual que reproduce la gramática del cine negro de la época y la de las tiras de cómic de los orígenes, y lo que cuenta —que el primer vigilante de la ficción de Lindelof era un hombre que pasaba por blanco porque no le quedaba otra alternativa— es el reencuadre de todo lo anterior. La historia que el cómic original dejó en la penumbra resulta ser la historia principal. Stephen Williams dirigió el episodio; Lindelof y Cord Jefferson lo escribieron. El Emmy que obtuvo ese texto es el más merecido de la temporada.

Lo que el reparto hace con lo que tiene
Regina King construye a Angela Abar desde el cuerpo hacia adentro: hay una economía emocional en su forma de operar —como detective, como Sister Night, como nieta de alguien cuya historia no conoce todavía— que hace que los momentos en que la armadura se rompe valgan el doble de lo que valdría en cualquier otro actor. Jeremy Irons lleva toda la temporada en un castillo de los años noventa donde los cadáveres de sus sirvientes clonados se acumulan con la misma tranquilidad con que él escribe obras de teatro sobre Doctor Manhattan: es el arco más absurdo de la serie y también el que mejor aguanta el peso cuando la trama lo requiere en el noveno episodio. Yahya Abdul-Mateen II tiene la tarea más ingrata —existir como personaje durante siete episodios sin poder revelar quién es en realidad— y la resuelve con una discreción que hace que la revelación funcione. Trent Reznor y Atticus Ross compusieron la banda sonora: el resultado es lo que ocurre cuando dos personas que conocen el sonido de la ansiedad americana deciden musicar su representación televisiva más ambiciosa. Watchmen termina con Angela caminando hacia una piscina para comprobar si heredó los poderes de alguien que ya no está. El plano dura lo suficiente para que el espectador decida por sí mismo qué ocurre a continuación, que era exactamente lo que el cómic de Moore hacía en su última viñeta y que Lindelof, a pesar de todo, aprendió.





