La cara oculta del Jefe: ‘Springsteen: Deliver Me from Nowhere’ y el peaje de la prudencia industrial
El actual e incontestable fenómeno de masas que se vive en las salas de cine con el biopic sobre Michael Jackson —que ya camina con paso firme hacia los 700 millones de dólares en la taquilla global— demuestra que el público mantiene un apetito voraz por las traslaciones cinematográficas de los grandes iconos de la música moderna. Esta fiebre por el escenario justifica por completo recuperar una de las propuestas más singulares y controvertidas de la pasada temporada: Springsteen: Deliver Me from Nowhere. Dirigida por el austero Scott Cooper y basada en la crónica de Warren Zanes, la cinta esquiva deliberadamente la pirotecnia de los estadios llenos y el rock sudoroso para encerrarse en la penumbra de una habitación de Colts Neck, Nueva Jersey. Su objetivo no es celebrar el mito, sino radiografiar el doloroso alumbramiento de Nebraska (1982), el álbum más crudo, acústico y deprimente de la carrera de Bruce Springsteen. Sin embargo, el resultado final se debate constantemente entre la honestidad de su propuesta psicológica y las cadenas invisibles de las convenciones de Hollywood.

Un arranque titubeante entre el trauma infantil y el karaoke de estudio
La película arranca pisando terreno pantanoso. Scott Cooper decide abrir fuego en el Freehold de 1957 con una pátina de blanco y negro un tanto artificial, destinada a subrayar el entorno hostil de un Bruce de ocho años atrapado en un hogar marcado por la violencia y el alcoholismo de su padre, encarnado por un soberbio Stephen Graham. Sin embargo, antes de que este conflicto familiar respire, la edición nos proyecta bruscamente hacia la gira de 1981, donde un adulto interpretado por Jeremy Allen White ejecuta una réplica musical que por momentos roza el peligroso territorio del karaoke de imitadores. Afortunadamente, este tropiezo inicial da paso al verdadero núcleo del largometraje: el retrato de un artista inundado por las mieles del éxito comercial tras «Hungry Heart» que, abrumado por las expectativas de su discográfica y devorado por una severa depresión clínica, decide aislarse del mundo. Es en la recreación de ese reclusorio voluntario, donde el músico mata las horas devorando relatos de Flannery O’Connor o registrando sus fantasmas interiores en una rudimentaria grabadora de cuatro pistas, donde la atmósfera de Cooper encuentra su textura más magnética y nocturna.

La implosión de Jeremy Allen White y el bálsamo de los secundarios
Superado el peaje del primer tercio, condicionado por algunos clichés de manual como canciones escritas en una sola sentada o ráfagas innecesarias de analepsis explicativas, la producción experimenta una agradecida metamorfosis hacia el estudio de personajes. Cuando el guion despoja al protagonista de la necesidad de emular al «Jefe» de los estadios, Jeremy Allen White brilla con una energía interior demoledora. Su trabajo ya no se percibe como una caricatura áspera de un chico de Jersey, sino como una encarnación dolorosa, tartamuda y fracturada de un creador que le teme a sus propios pensamientos. A su lado, la cinta halla su mayor triunfo dramático en la figura de Jeremy Strong, quien da vida a Jon Landau, mánager y productor del cantante. Strong huye con maestría de la estridencia corporativa habitual de este tipo de roles para componer a un aliado que ejerce más como terapeuta y amigo que como comercial, sosteniendo la mirada de White con una ternura gestual y una ligereza de sonrisas que ensancha el corazón de la película.

El susurro de la cinta frente al rugido de las exigencias comerciales
El tratamiento musical de la cinta regala momentos de una belleza plástica incuestionable. Cooper, que ya demostró su pulso para la melancolía sonora en Crazy Heart, sabe cómo filmar la soledad; el juego de sombras que cae sobre el rostro del protagonista mientras desgrana las notas de «Nebraska» o las secuencias de las discusiones técnicas en el estudio poseen una verdad desgarradora. Desgraciadamente, la película se autoimpone ciertos frenos de mano creativos. En su tramo final, como si el estudio temiera que una propuesta tan ascética e íntima expulsara al público masivo, el director introduce de forma un tanto tosca y complaciente la grabación de «Born in the U.S.A.», funcionando casi como un recordatorio industrial que le dice a la audiencia que la leyenda comercial sigue ahí. Esta concesión empaña un tercio definitivo que, por lo demás, tiene la valentía de explorar la salud mental y el ostracismo creativo sin cerrarlo todo con un lazo melodramático de superación barata, permitiendo que el protagonista se mantenga imperfecto y dañado.

Boceto de una obra mayor atada por la rigidez del gran estudio
Springsteen: Deliver Me from Nowhere termina consolidándose como una obra notable pero innegablemente amarrada a la media de la industria. Su gran problema no radica en ningún error flagrante de dirección o puesta en escena, sino en una persistente falta de osadía estilística para romper el molde del género. Scott Cooper se revela como un cineasta sumamente solvente pero demasiado alineado con las inquietudes de los despachos corporativos, transformando un material de partida eminentemente revolucionario y oscuro en un viaje que resulta más entretenido que verdaderamente estimulante. Es una película que funciona con la precisión de una correctísima canción de radio que nunca saltarías si suena de fondo, pero que rara vez se atreve a arriesgar su estructura en pos de la genialidad. Queda como un documento humano estimulante, pequeño y digno, cuyo mayor valor reside en el absoluto respeto hacia el hombre que habita detrás del mito y en la inmensa interpretación de un reparto que merecía un libreto bastante más indómito.





