Prime Video quería una ‘Stranger Things’. La encontró. Y… la dejó escapar: ‘Paper Girls’

Paper Girls aterrizó en Prime Video el 29 de julio de 2022 con ocho episodios que adaptan el cómic de Brian K. Vaughan y Cliff Chiang: cuatro chicas de doce años que salen a repartir periódicos en la madrugada del 1 de noviembre de 1988 —el día después de Halloween, en Stony Stream, Ohio— y acaban atrapadas en una guerra entre facciones de viajeros del tiempo que ninguna de ellas entiende del todo y que el espectador tampoco va a entender del todo hasta el último episodio. La premisa tiene lo que cualquier productora habría querido en 2022: nostalgia ochentera, adolescentes en apuros, ciencia ficción accesible y una propiedad intelectual con veinte millones de ejemplares vendidos y una base de lectores que llevaba tres años esperando que alguien la convirtiera en serie. Lo que ninguna productora puede fabricar es lo que el cómic de Vaughan y Chiang tenía de verdad: una forma de usar los años ochenta que no era el escaparate de objetos queridos que todos los demás habían convertido en el manual de instrucciones del subgénero, sino un espejo crítico, incómodo, donde la nostalgia y la violencia de la época coexisten sin que nadie las separe para que sean más fáciles de digerir. La adaptación televisiva soltó eso primero, y con ello soltó su única razón real para existir.

El cómic que la serie no supo ser

Vaughan construyó Paper Girls como la negación deliberada de todo lo que la cultura pop estaba haciendo con los años ochenta en ese momento. Sus cuatro protagonistas —Mac, Tiffany, KJ y Erin— no son chicas de los ochenta en el sentido de la nostalgia empaquetada: son chicas de 1988 con la dureza, los prejuicios y la fragilidad de quien tiene doce años en 1988, sin que el relato las suavice para hacer más cómoda la identificación. Mac fuma. Las cuatro usan el lenguaje de su época de un modo que el lector contemporáneo reconoce como problemático sin que la narración lo señale con banderín rojo. La homofobia que KJ lleva interiorizada no es una tara de villano sino el agua en la que nada sin saber que es agua. La grandeza del cómic —con el color de Matt Wilson como cuarto miembro del equipo creativo, manipulando la paleta de cada arco temporal hasta convertirla en una herramienta narrativa autónoma— es que viaja desde el año 11.706 a. C. hasta el 2171 d. C. y en ningún momento pierde de vista que la pregunta que importa es la misma en todos los tiempos: qué se hace con el tiempo que se tiene, cuando lo que se tiene incluye encontrarte con la persona que serás y tener que decidir si esa persona te gusta. La serie televisiva tomó esa pregunta, la conservó como titular de presentación y luego construyó ocho episodios que visitan 1999 y 2019 con unos efectos visuales que no pueden disimular lo que cuestan. La distancia entre la ambición del material original y los recursos de la producción es, episodio a episodio, el problema más visible de la temporada: una historia que en el papel recorre siglos de civilización humana y en pantalla se conforma con dos décadas porque con más no hay presupuesto suficiente para que parezca real. Los robots gigantes —uno de los golpes visuales más memorables del cómic, reservados hasta el número quince como recompensa narrativa, con Tiffany al mando de uno— aparecen en el episodio tres, sin preparación y sin función, como una promesa de espectáculo que la producción no puede cumplir. El Gran Padre, antagonista construido en el cómic con paciencia casi brechtiana —un personaje cuya historia no lineal lo convierte en alguien tan comprensible como peligroso—, llega a la pantalla en la versión frenética y cómica que el actor elegido para interpretarlo ofrece de manera natural, y que la serie no tiene la convicción de encauzar hacia otra cosa.

Las cuatro actrices y lo que salvan

Lo que la temporada no puede desmontar es el reparto central. Sofia Rosinsky como Mac, Camryn Jones como Tiffany, Fina Strazza como KJ y Riley Lai Nelet como Erin son cuatro actrices jóvenes que llegan a un material estructuralmente dañado y le dan una consistencia emocional que los guiones no siempre merecen. Las escenas en las que la serie las deja detenerse —hablar entre ellas, procesar lo imposible de su situación, negociar sus miedos con el vocabulario de cuatro chicas de doce años que no tienen vocabulario para nada de lo que les está pasando— son los momentos en los que Paper Girls recuerda por qué el cómic funcionaba: porque la ciencia ficción era el contexto y la amistad era el asunto. Ali Wong como la versión adulta de Erin lleva el peso específico de la desilusión con una precisión que ninguno de los episodios donde aparece desperdicia del todo, y el diálogo entre Erin niña y Erin adulta —la chica que no sabe qué va a ser de ella y la mujer que sabe que no fue suficiente— es la escena que la temporada necesitaba y que, cuando llega, demuestra que el material tenía la temperatura correcta. El arco de KJ —su proceso de reconocerse en una época que no le daba nombre para lo que era, su relación con Mac como el núcleo emocional que el cómic protegía y que la serie tiene la inteligencia de no tocar— funciona. No funciona tan bien la decisión de convertir a Mac en una chica cuya rudeza ochentera escala hasta la agresividad gratuita sin que el relato le dé a esa agresividad el peso narrativo que en el cómic tenía: allí era síntoma de algo, aquí es ruido.

La cancelación que llegó en un mes y lo que dejó sin contar

Amazon Prime Video canceló Paper Girls el 9 de septiembre de 2022, cuarenta y dos días después del estreno. La serie nunca entró en las clasificaciones semanales de audiencia de Nielsen, lo que en la economía de las plataformas de streaming equivale a no haber existido estadísticamente. El contexto del fracaso no absuelve a la producción de sus problemas, pero los matiza: Stranger Things terminó su cuarta temporada en mayo de 2022 con cifras históricas para Netflix, The Sandman llegó a la misma plataforma en agosto con el viento a favor de décadas de expectativa acumulada, y Amazon dedicó la mayor parte de su presupuesto de marketing del año al estreno de Los anillos de poder en septiembre. Paper Girls salió al mundo sin campaña suficiente y con la mala fortuna de llegar exactamente cuando el subgénero —nostalgia ochentera, jóvenes, fantástico— estaba más saturado y más competido. Legendary Television, productora de la serie, la llevó a otras plataformas después de la cancelación. No encontró segunda casa. El cómic de Vaughan y Chiang tiene seis arcos narrativos de una riqueza suficiente para seis temporadas de televisión, y la primera temporada de la adaptación no llegó a terminar el primero. El cliffhanger con el que cierran los ocho episodios no tiene resolución, y probablemente no la tendrá. Eso es lo que queda: una serie que no era tan mala como sus números de audiencia sugerían ni tan buena como su material fuente merecía, cancelada antes de haber podido ser ninguna de las dos cosas con claridad.